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Comercios del país cerraron sus puertas por la pandemia de COVID-19, muchos no han vuelto a retomar sus labores, pese a la reapertura económica. Hoy tienen la oportunidad de retomar con el apoyo de créditos por BANDESAL. Foto Diario Co Latino/Archivo

10 Y FINAL: – LAS DOCE PUERTAS

 

EL PORTAL DE LA ACADEMIA SALVADOREÑA DE LA LENGUA

 

 

Aquel inmenso remolino envolvió por completo a la caravana, y viajando casi a la velocidad de la luz, en cosa del tiempo de Planck la transportó hasta un enorme agujero negro situado en la galaxia M87, a más de cuatrocientos millones de megaparsec. Llegando a su horizonte de sucesos, fue tragada irremediablemente y transportada desde el cono de luz de su pasado hasta el cono de luz de su futuro. Ya en este, se encontraron mágicamente en otro universo, un enorme universo de gusano de dimensiones infinitas, y en el cual se habían superado todas las singularidades que en el momento habían sido encontradas, con lo que el tiempo y el espacio no existían, y las masas eran infinitamente minúsculas.

 

El universo este estaba flanqueado por las doce puertas. Era ahora, sí, el preciado y anhelado rincón de los ocho caminos. Allí les esperaban, y a medida que fueron depositados en tan fantástico lugar, fueron encontrándose con aquellos con quienes precisamente habían viajado, cada uno en su propio camino. Salomón era el rey sabio, y Aristóteles el filósofo de la prudencia; Diógenes la sencillez, y el extraño Epicuro el exponente de la templanza; Ulises, el de los mil trucos, el ejemplo de la lealtad; Tepeu y Gutumatz y su maíz revelado, la constancia; el monje filósofo del mar, Ramón Llull, era la libertad, y finalmente, Kun-Fu-Tzé, el gran maestro de la armonía. Los ocho dueños de las virtudes se sintieron inmensamente agradados, se preciaron del resultado de su labor, y abrazaron fraternalmente el ingreso de tan regia caravana al rincón, abriéndose simultáneamente las doce puertas, ante lo cual, traspasado el ámbito de lo mundano, y ya adentro del mundo de la fantasía, el príncipe y la comitiva fueron convertidos en elementales y vivieron eternamente.

 

En el rincón de los ocho caminos, la tierra, el aire, el agua y el fuego tomaron forma corporal un día, antes de la infinitud y de la eternidad, y antes también de la extensión y de la duración, de gnogmos, de ninfas, de sílfides y de salamandras. Sus formadores etéreos, Neptuno y Lunara, Elios y Vestales, Thor y Aries, y Pelleur y Virgo, decidieron hacer corpóreas sus formas divinas, y así lo hicieron, materializando su historia, para lo cual fueron derramando ondinas y nereidas, salamandras y salamandrinas, sílfides y silcos, gnomos y gnominas. Estos se dedicaron a jugar desenfrenadamente, inicialmente asombrados y asustados por la belleza y los placeres que les ofrecía la naturaleza; y lo hicieron sin control, sin recato, sin prever el futuro, hasta que fueron acercándose en los juegos, y sintieron los hálitos de los unos y de los otros, y se agradaron, y se palparon, y entonces se mezclaron materialmente, confundiéndose así entre ellos sin que fuera posible ya distinguirlos. Desaparecieron los ojos en los unos, las orejas en los otros, y las colas, las garras….. Y todos fueron uno y entonces igual se mezclaron los elementos, la tierra, el aire, el agua y el fuego, y de allí surgió ese pueblo inextenso, eterno y por lo tanto infinito, en el que ahora se encuentra el príncipe y sus servidores.

 

Sé que te interrogan por la carga de calabazas y sus carretas. Pues bien, joven enjundioso, cuando los habitantes de tan fantástico mundo vieron las enormes carretas cargadas con tan dulces frutos, no ocultaron su alegría, pues lo único que faltaba en ese mundo eran precisamente ellas. Tomándolas raudas y precisas, las regaron por todos los ámbitos y los rincones para que se reprodujeran y nunca más volvieran a faltar, pues vendrían otras búsquedas. Sin embargo, a algunas les estaba destinada otra misión: Una fuerza interior las tomó por sus lianas, y emitiendo un soplido fenomenal, formó un enorme coche alado, cuya larga cola era precisamente aquel enorme entramado de frutos, y cada fruto, un carruaje. Se dirigió al cielo, formando una fila fenomenal, que alcanzaba al centro del rincón por un lado y al centro del universo por el otro, y en un instante-luz, los ocho genios de las virtudes se fueron trasladando cada quién en su carruaje, y cada quien a su respectiva estrella.

 

El genio bueno que había fraguado todo esto, y que vivía tanto en el aire como en el fuego, tanto en la tierra como en el agua, se sentó, terminada la obra, descansó largamente, y se dispuso a la espera del próximo príncipe.

 

¡Y así fue!

 

 

 

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