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domingo , 22 octubre 2017
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Violencia y crimen

José M. Tojeira

José M. Tojeira

José M. Tojeira

El tema de la violencia y los asesinatos que se cometen en el país continúa siendo noticia. Recientemente contrastaba la noticia de un caso salvadoreño tipificado como terrorismo y ampliamente divulgado, sovaldi for sale y el silencio informativo sobre la calificación en España del crimen de los jesuitas como asesinato terrorista. Un individuo, nurse probablemente trastornado temporalmente, cialis detuvo armado a una congregación evangélica en su templo para terminar pocas horas después entregando pacíficamente sus armas. Su caso fue tipificado como terrorismo. Pero el terrorismo de estado del pasado no se reconoce. El encubrimiento del mismo por parte de las más altas autoridades de nuestro país en el pasado, y el miedo de las actuales a tipificar con esa palabra las masacres, contrasta con la facilidad con la que se le aplica el término a un pobre hombre.

Y es precisamente ese miedo a reconocer nuestra historia uno de los frenos más importantes a la violencia y el crimen. Hace más de cincuenta años que la violencia es habitual entre nosotros. En medio siglo jamás hemos bajado de la tasa de homicidios que la Organización Mundial de la Salud tipifica como epidemia. Si en la actualidad murieran cinco personas diarias de alguna variación de la gripe aviar, andaríamos todos con mascarilla en la calle, nos apartaríamos de cualquiera que pensáramos que estuviera enfermo, movilizaríamos recursos para frenar el contagio, buscaríamos vacunas como locos y justificaríamos cualquier cambio presupuestario para enfrentar la epidemia. Si muere el doble de personas asesinadas, nos quedamos no tan tranquilos, pero sí un poco más indiferentes, al menos mientras la muerte no toque a alguno de nuestros amigos cercanos. La indiferencia, al menos en comparación a cómo nos movilizan las epidemias que nacen de enfermedades, tiene probablemente su origen en esa especie de silencio inducido frente a crímenes terribles del pasado a los que tratamos con el perdón y olvido, o simplemente con utilizaciones políticas según el bando al que pertenezcamos, y más con palabrería que con esfuerzo real de escucha de las víctimas y establecimiento de responsabilidades. La reacción violenta que se tuvo respecto al informe de la Comisión de la Verdad, el silencio al que ha sido condenado dicho informe, la falta de decisiones al respecto, incluso en partidos políticos que han sido gobierno y que debían, según  ese informe, haber prescindido del culto casi idolátrico dado a su líder, nos muestra un panorama de indiferencia clara ante la brutalidad y el crimen.

Reconocer el problema de la violencia en su dimensión histórica es el primer paso para comenzar a superarlo. No es el único paso, pero sí el primero. Porque en el caso nuestro no se trata de superar un fenómeno reciente, sino algo enraizado en nuestra cultura. Y los problemas derivados de la cultura sólo se vencen desde la cultura y desde el mismo largo plazo que la cultura implica. Hemos estado empeñados en pensar que reaccionando rápido superaremos el problema. Y pensamos en más leyes, en más mano dura, creyendo que la reacción inmediata soluciona los problemas. No es así. La violencia sólo la venceremos si elaboramos un proyecto de largo plazo en el que se inviertan esfuerzos serios y multidimensionales. No se puede pensar en el fin de la violencia sin la extensión de los niveles educativos. Si los jóvenes no tienen preparación adecuada para trabajar y se mantienen como oferta aleatoria de mano de obra barata, rodeados de una oferta y una propaganda consumista obsesiva, con salarios o ingresos mínimos de hambre, sin cobertura de seguridad social, no deberíamos asombrarnos de que haya violencia. La violencia estructural produce siempre otros géneros de violencia, desde la revolucionaria a la delincuencial. Y en este contexto hay que ser creativos para salir de la espiral de violencia. La famosa tregua de las maras sigue siendo una oportunidad, si se enmarca dentro de una política de más amplio espectro, orientada hacia nuestros jóvenes y sin olvidar a las víctimas de la violencia.

Es muy probable que salir de los niveles epidémicos de violencia nos cueste, en el mejor de los casos, unos diez años. El desarrollo de una cultura de paz, el mejoramiento educativo, de empleo y de salario digno, no se organiza de un día para otro. Mejorar la formación, la capacidad de investigación, los salarios, la moral y la dignificación del trabajo policial no es cuestión de una semana. Conseguir los recursos para un plan amplio de pacificación requiere acuerdos políticos y sociales, no siempre fáciles de establecer. Pero si queremos un país que trate bien a sus hijos tenemos que navegar por ese rumbo. Con cierta paciencia pero con decisión firme y persistencia sistemática. La planificación de largo plazo, seguida, evaluada y mejorada sistemáticamente, siempre ofrece mejores resultados que la reacción inmediata. Y el problema es lo suficientemente grave como para tomarlo en serio. El ambiente de diálogo político que parece irse estableciendo será un aliado para el avance hacia un proyecto de realización común: el destierro de la violencia de nuestro país, que nos permitirá a todos tener más esperanza.

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