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sábado , 21 octubre 2017
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Violencia contra la lógica (II)

Luis Armando González

Del mismo tenor es un planteamiento que circuló como parte de una publicación digital en la cual supuestamente se “demuestran” las contradicciones existentes entre el discurso del vicepresidente de la República, Óscar Ortiz –en el marco de una reciente reunión realizada en Miami en la que participó el funcionario— y la realidad. Una de esas “contradicciones”, a juicio de quien redactó el texto, consiste en que mientras el Vicepresidente habló de la amistad entre los pueblos y gobiernos de El Salvador y Estados Unidos, aquí hay quienes critican, desde el FMLN, al gobierno estadounidense. Ni modo: el redactor de ese artículo se equivoca en ese punto (y quizás en los demás, pero no hay espacio para examinarlos): no hay contradicción entre afirmar la amistad de dos gobiernos y las críticas que pueden ir de un lado a otro, o en ambas direcciones. Las relaciones amistosas entre gobiernos (y entre personas) no excluyen los desacuerdos y las discrepancias, especialmente si ambas naciones se rigen por principios democráticos. Lo contrario de la amistad es la enemistad, que en el caso de las naciones se traduce en conflictos, tensiones y amenazas recíprocas.

A propósito de Estados Unidos en días recientes circuló en Internet una noticia según la cual la embajadora Jean Manes sostuvo que El Salvador es un “nido de corrupción”.

Alguien anotó, a partir de esa afirmación, que “quienes dicen que en El Salvador no hay corrupción, son corruptos”. Se trata, obviamente, de un exabrupto que violenta la lógica básica; aparte de que, de haber alguien que niegue que en el país hay corrupción, ha de estar oculto quién sabe dónde, pues si hay algo sobre lo que aquí hay “consenso” es sobre el problema de la corrupción.

Pero bien, volvamos a la afirmación “quienes dicen que en El Salvador no hay corrupción, son corruptos”. O sea, “A es B”. Pero, ¿cuál es la condición para que A sea B? Simple: “decir que en El Salvador no hay corrupción”. ¿Es esa una condición necesaria? ¿Es una condición suficiente? ¿Y dónde quedan quienes afirman que en El Salvador hay corrupción? ¿Quiere decir que no son corruptos? Se trata de preguntas retóricas, porque de afirmar la existencia (o inexistencia) de algo no se sigue su existencia (o inexistencia). Lógica y ontológicamente se trata de realidades distintas. Es decir, nadie es o se convierte en corrupto por afirmar que no hay corrupción. Lo mismo que nadie se moja o esta mojado por afirmar que llueve (o que no llueve). Aunque pudiera ser: depende de las condiciones.

En fin, para que A sea B se requiere especificar las condiciones que lo permiten. No hacerlo es violar la lógica argumentativa básica.

Cerremos esta reflexión con algo ajeno a la lógica, pero no a la realidad histórica. Se trata de la afirmación de la embajadora de Estados Unidos según la cual nuestro país “es un nido de corrupción”.

Digamos lo siguiente: las prácticas corruptas fueron la regla de oro en nuestro país en 20 años de ARENA y las redes de corrupción (públicas y privadas) que se crearon entonces, junto con los hábitos y un hacer estatal corrupto y corruptor, han erosionado al Estado y a la sociedad, y su combate debe ser permanente. En nuestro país se ha avanzado en el combate de la corrupción, pero queda mucho por hacer.

Es un grave problema para nosotros los salvadoreños, y tenemos que hacerle frente con las instituciones adecuadas y con voluntad política. Quien esto escribe, no sostiene que en “El Salvador no hay corrupción”: la ha habido y en distintas esferas del Estado tiene una presencia perniciosa en la actualidad. Sí se sostiene aquí, en contra de la opinión de la embajadora, que El Salvador en su conjunto no es un “nido de corrupción”, pues hay quienes en la esfera pública y privada ejercen su trabajo con transparencia y honestidad.

El juicio de la embajadora es demasiado general y, claro, el problema de los juicios generales es que se caen cuando aparece al menos un caso que los contradice.

Dicho lo anterior, es inevitable no hacer referencia a su país, Estados Unidos, del cual sería absurdo decir que es un “nido de corrupción”, pero no que en él la corrupción es extraordinaria, involucrando a grupos políticos y empresariales, en unas redes de trasiego de dinero de muchos millones de dólares.

Financiamiento de partidos, empleos bien remunerados para figuras políticas que se mueven como peces en el agua en el mundo empresarial y político, otorgamiento de prebendas a las grandes corporaciones que se enriquecen con la complicidad del sistema político… y la lista de prácticas ilícitas en ese país puede seguir hasta dar lugar a libros como los que escribe Joseph Stiglitz o documentales como los que hace Michael Moore.

Algo bueno que la embajadora de Estados Unidos podría hacer por nosotros es, quizás, explicarnos cómo funciona la corrupción en su país, indicándonos por qué ellos no han logrado erradicarla; también nos puede informar de los avances que han tenido en la materia… y también cómo es que en un país, Estados Unidos, en el cual la corrupción es parte del sistema político ha logrado salir adelante como potencia mundial (aunque cada vez con más dificultades, como lo demuestra el premio nobel Stiglitz en su libro El precio de la desigualdad). Mal hace la embajadora en hablar de la corrupción como si fuera un mal exclusivamente salvadoreño (y ella no tuviera noticias del asunto en su país).

Es igual de chocante que cuando otros funcionarios del gobierno de Estados Unidos se rasgan las vestiduras por las drogas, las armas o el terrorismo: sus políticos y empresarios conocen mejor que nadie de esas cosas.

Por último, en estas páginas no hay ningún ánimo de enemistad con el pueblo y gobierno de Estados Unidos.

Sí, en cambio, una genuina preocupación por la suerte de esos miles de estadounidenses que desde la crisis de 2007-2008 han sido condenados a la marginalidad y la pobreza a causa de la voracidad de los ricos de esa nación –el 1% de la población al decir de Stiglitz— que, con la complicidad del sistema político, no tiene otro objetivo más que el de acrecentar sus fortunas a expensas de la mayoría.

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