Por: Luis Rafael Moreira Flores
Bajo el destello de las luces led que adornan los edificios del Centro Histórico y el eco constante de la música de marimba, la vida urbana transcurre con normalidad aparente. Cientos de peatones avanzan por la plaza, custodiada por un despliegue policial de “seguridad” que contrasta con la fragilidad de un grupo reunido frente a la Catedral Metropolitana. Donde la prisa cotidiana suele invisibilizar el dolor, Eneyda Abarca y una docena de activistas se congregaron para conmemorar el cumpleaños número 27 de su hijo, Carlos Abarca, un joven cuya ausencia se ha convertido en uno de los símbolos más visibles de la lucha por los desaparecidos en El Salvador.
La jornada no fue una celebración convencional, sino una vigilia de resistencia. La actividad, programada para extenderse desde la tarde del 20 hasta las primeras horas de la madrugada del 21, transformó un rincón de la urbe capitalina en un altar de memoria viva. Bajo la luz tenue de una media luna, el espacio se llenó de velas dispuestas en forma de corazón, pancartas con exigencias de justicia y un tendedero de fotografías que retratan la infancia, adolescencia y juventud de Carlos.
El caso de Carlos Abarca ha calado profundamente en la conciencia de la sociedad salvadoreña contemporánea. La persistencia de su madre ha sido el motor fundamental para mantener el nombre de su hijo en la agenda pública. A través de la iniciativa impulsada como «Alerta Carlos», Eneyda ha articulado una campaña permanente de difusión ante la población y las autoridades estatales. Pegar fotografías en los postes del alumbrado eléctrico, pintar murales en calles estratégicas y sostener una presencia constante en plantones y vigilias han sido las herramientas con las que ha enfrentado el olvido institucional.

Durante la actividad, el cansancio acumulado tras meses y años de búsqueda incansable se hizo evidente en las palabras de la madre. Sin embargo, su firmeza permaneció intacta al momento de dirigirse a los presentes y a los transeúntes que se detenían a observar.
“Tenemos un desgaste físico y emocional, no hay respuesta del Estado… estamos asumiendo un rol de investigación desde nuestra humildad. Yo nunca pensé estar aquí, estar sin mi hijo”, expresó Eneyda Abarca, reflejando el drama de cientos de familias que, ante la falta de avances en las investigaciones oficiales, se ven obligadas a convertirse en rastreadoras y detectives de sus propios seres queridos.
La vigilia contó con una nutrida presencia de jóvenes universitarios, cuyas edades van desde los 22 hasta los 27 años que Carlos cumplía esa noche. Integrantes de la Fuerza Estudiantil Salvadoreña, de la Universidad de El Salvador (UES), se sumaron de manera organizada al clamor materno, aportando la energía y la indignación de una generación que se niega a naturalizar las desapariciones. Para estos estudiantes, acompañar a Eneyda representa tanto un acto de empatía generacional como una postura política en defensa del derecho a la vida y la memoria.
A la conmemoración se unieron también representantes del Bloque de Resistencia y Rebeldía Popular, COFAPPES, Colectivo Herbert Anaya Sanabria, Madres por la Libertad, ASITAC, entre otras. Con guitarras en mano, entonaron canciones que en otro contexto habrían evocado festividad, pero que en la plaza pública se transformaron en acordes de solidaridad y consuelo. Las notas musicales sirvieron como un abrazo colectivo para la familia Abarca y para los activistas de diversas organizaciones sociales que acudieron a respaldar la causa.
Uno de los momentos más emotivos de la noche ocurrió cuando se compartió un pastel preparado con los frutos favoritos de Carlos. Alrededor de las velas, los asistentes entonaron el tradicional «Cumpleaños Feliz», una melodía agridulce que resonó entre las paredes de los edificios históricos. El acto cerró con un abrazo multitudinario hacia Eneyda, reconociendo la transformación de su sufrimiento personal en una bandera de lucha colectiva.
A lo largo de las horas, el flujo de peatones por el Centro Histórico ofreció distintas reacciones. Mientras algunos caminaban a paso veloz viendo de reojo las pancartas, otros se acercaban con curiosidad a observar el rostro del joven impreso en los carteles. Varios transeúntes se detuvieron a leer las breves biografías expuestas y aceptaron la invitación de escribir mensajes en notas adhesivas. «No estás solo», «Justicia para Carlos» y «Fuerza Eneyda» fueron algunas de las frases que quedaron plasmadas junto a las fotografías de la persona cuya imagen sigue pegada en los postes de la urbe salvadoreña como un recordatorio permanente de una deuda pendiente con la justicia.

La vigilia por los 27 años de Carlos Abarca concluyó en las primeras horas de la madrugada, dejando tras de sí las huellas de una exigencia que no se apaga. En un entorno donde la propaganda oficial prioriza la percepción de seguridad, la persistencia de las familias de los desaparecidos continúa marcando la pauta de una realidad que busca ser escuchada.
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