Omar Salinas
Ingeniero en Energía y Analista en Política Pública
Hubo un tiempo en que el cine no hablaba, pero lograba decirlo todo. Bastaba un gesto exagerado, una mirada intensa, un sombrero arrojado al suelo o una persecución acelerada para transmitir emociones y conflictos humanos. El espectador no necesitaba escuchar una palabra para comprender quién era el héroe, quién el villano y quién fingía ser algo distinto. En aquellos años del cine mudo, la exageración no era un defecto: era parte de su lenguaje.
Curiosamente, algunas formas actuales de gobernar parecen haber recuperado algo de aquella estética. En El Salvador, esa forma de hacer política tampoco es nueva; desde hace décadas, la imagen, el gesto y la puesta en escena han acompañado el ejercicio del poder. No porque falten discursos. Al contrario: nunca se ha hablado tanto. Las redes sociales, las cadenas nacionales, los videos cortos y las entrevistas han multiplicado el ruido. Sin embargo, hablar en abundancia no necesariamente significa comunicar. En ocasiones, el verdadero mensaje ya no está en las palabras, sino en el gesto, el encuadre, la imagen y la actuación.
Como en aquellas películas antiguas, el gobernante puede terminar interpretando un personaje antes que explicando una política pública. Aparecen héroes construidos para la cámara, adversarios convertidos en villanos, escenas de indignación, silencios calculados y frases destinadas más a circular por las redes sociales que a explicar decisiones complejas.
Pero aquí existe una diferencia fundamental. En el cine mudo, el actor exageraba sus expresiones porque ese era su lenguaje. Sin voces, el rostro, las manos, los movimientos y la escenografía tenían que contar la historia. La actuación no sustituía la obra: era parte de ella.
Al gobernar ocurre algo distinto. Un gobierno necesita comunicar mediante discursos, símbolos, imágenes y cierta teatralidad. Pero supone una responsabilidad concreta: producir y mostrar resultados tangibles. La obra pública concluida, el hospital abastecido, la escuela digna, la calle reparada, el empleo real, el servicio público eficiente o la seguridad palpable son realidades que ninguna puesta en escena puede fabricar indefinidamente.
En el cine mudo, actuar era la obra; al gobernar, la actuación comienza a ser un problema cuando pretende sustituir los resultados. La distorsión comienza cuando la comunicación deja de acompañarlos y ocupa su lugar. Es entonces cuando gobernar corre el riesgo de convertirse en una representación permanente ante los ciudadanos. La imagen comienza a valer más que la realidad y la percepción pública termina convirtiéndose en el principal escenario de gobierno. Y cuando esa percepción se vuelve el objetivo principal, la gestión corre el riesgo de convertirse en escenografía. Lo importante ya no parece ser únicamente hacer, sino conseguir que cada escena proyecte la sensación de que se está haciendo.
Entonces el gesto sustituye la explicación, la pose reemplaza el argumento y la actuación intenta llenar el espacio que deberían ocupar las obras y los resultados. Gobernar empieza a confundirse con dominar la conversación, generar emociones y controlar la percepción pública, mientras las preguntas importantes quedan relegadas: ¿qué se hizo?, ¿cuánto costó?, ¿realmente funcionó y a quién benefició?
En el cine mudo existían personajes fácilmente reconocibles. El bueno debía parecer muy bueno y el malo inequívocamente malo. Los matices complicaban una historia que debía entenderse mediante imágenes. Algo parecido ocurre cuando desde el poder cualquier discusión termina convertida en una batalla entre héroes y villanos. El ciudadano deja de evaluar decisiones y comienza a identificarse emocionalmente con personajes.
Y allí aparece quizá el mayor peligro: que el ciudadano se convierta en espectador. Un espectador puede aplaudir una escena; un ciudadano debe exigir resultados. El primero puede conformarse con una buena actuación; el segundo necesita comprobar si aquello que observa corresponde con su vida cotidiana.
En aquellas películas aparecían pequeños carteles entre escenas para explicar aquello que las imágenes no podían decir. Quizás nuestra política necesite recuperar simbólicamente uno de aquellos carteles y colocarlo frente a cada gran puesta en escena: ¿dónde están los resultados?
Comunicar es parte de gobernar, pero jamás sustituye al acto de gobernar. Un gobierno puede utilizar cámaras, discursos, símbolos, redes sociales y escenografías. Todo eso forma parte de la disputa por la opinión pública. Pero ningún relato, por convincente que parezca, puede sustituir indefinidamente aquello que finalmente habla por cualquier gobierno: sus resultados tangibles.
El cine mudo podía vivir de gestos porque esa era su esencia. Un gobierno no. Porque cuando termina la función, se apagan las cámaras y desaparecen los aplausos, queda una pregunta menos cinematográfica, pero bastante más importante: ¿qué quedó realmente para la gente?
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