Por: Luis Rafael Moreira Flores
En los últimos años, el paisaje urbano del Área Metropolitana de San Salvador ha experimentado una transformación radical impulsada por los desalojos masivos de comerciantes informales. Desde el corazón del Centro Histórico de San Salvador hasta las arterias más transitadas del municipio de Soyapango, miles de personas dedicadas a la venta por cuenta propia han visto desaparecer sus espacios de subsistencia de la noche a la mañana. La narrativa oficial ha priorizado un modelo de ordenamiento enfocado únicamente en la limpieza visual y el despeje de vías, pero lo ha hecho dejando una profunda interrogante en el aire: ¿dónde queda el derecho fundamental al trabajo decente para quienes dinamizan la economía popular?
La problemática no radica en negar la necesidad de ordenar las ciudades. Un espacio público accesible, limpio y seguro beneficia a la colectividad. Sin embargo, el fallo ético y estructural de las políticas municipales y nacionales recientes consiste en la ausencia casi total de planes integrales de reubicación. Se ha expulsado al vendedor sin ofrecerle una alternativa real para seguir llevando el sustento a su familia. Esta desconexión entre la norma urbana y la realidad socioeconómica plantea una pregunta inevitable: ¿por qué los gobiernos locales y el gobierno central no coordinan la creación de espacios alternativos donde el comercio popular no solo sobreviva, sino que se formalice y dinamice en condiciones dignas?
Para encontrar una solución no es necesario inventar la rueda ni realizar inversiones millonarias e inviables en infraestructura nueva. La respuesta puede estar frente a nuestros ojos, sepultada bajo el polvo del abandono político y administrativo: el proyecto del Sistema Integrado de Transporte del Área Metropolitana de San Salvador (SITRAMSS).
El SITRAMSS surgió en su momento como una apuesta de movilidad urbana masiva pensada para agilizar el traslado de miles de trabajadores desde el oriente del área metropolitana —principalmente Soyapango e Ilopango— hacia el centro de la capital. Se fundamentaba en el uso de un carril exclusivo que garantizaba que el transporte público masivo tuviera prioridad sobre el vehículo particular, priorizando así el tiempo de la mayoría trabajadora.
Sin embargo, el destino del proyecto quedó sellado por dinámicas jurídicas y políticas. Tras disputas legales sobre la concesión del bien público, la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia declaró inconstitucional el uso exclusivo del carril segregado sin la debida aprobación legislativa. Ese argumento legal, sumado a un posterior desinterés institucional por reestructurar o salvar el sistema bajo un nuevo marco legal, derivó en el cierre definitivo y el desmantelamiento progresivo de la obra. En un afán por minimizar o borrar los proyectos de administraciones anteriores, la infraestructura fue abandonada a su suerte.
Hoy en día, la estampa a lo largo de la Alameda Juan Pablo II y el Bulevar del Ejército es desoladora. Lo que costó millones de dólares en fondos públicos se convirtió durante años en refugio nocturno para personas en situación de calle, parqueo improvisado o simplemente un monumento a la desidia urbana. Recientemente, el panorama ha pasado del abandono a la destrucción física, con el desmantelamiento de las estaciones en Soyapango y el cerramiento perimetral de las estructuras en San Salvador.
Es justamente en este punto donde la visión urbanística debe sobreponerse al revanchismo o a la apatía política. ¿Por qué no transformar las estaciones del SITRAMSS en mercados populares modernos y funcionales?
La infraestructura básica ya existe y fue pagada con los impuestos de la ciudadanía. Dichas estaciones fueron diseñadas con materiales resistentes y cuentan con las condiciones estructurales idóneas para albergar pequeños núcleos comerciales: iluminación adecuada, conexiones de agua y saneamiento, semaforización en los entornos para el cruce peatonal y criterios de accesibilidad universal. Además, su ubicación estratégica no podría ser mejor: están asentadas en los puntos de mayor densidad poblacional y flujo peatonal de la metrópoli, exactamente donde miles de personas transitan a diario y necesitan consumir bienes y servicios que ya no encuentran en las aceras despejadas.
Reconvertir estos espacios resolvería dos problemas cruciales de un solo golpe. Por un lado, se rescataría y pondría en valor infraestructura pública actualmente echada a perder, evitando el despilfarro de los recursos del Estado. Por otro lado, se otorgaría a los comerciantes por cuenta propia un lugar seguro, techado, delimitado y con servicios básicos, garantizándoles condiciones de trabajo decente e integrándolos a la economía formal de manera ordenada.
Para maximizar la capacidad de estas estructuras sin generar hacinamiento ni caos vial, la gestión de estos nuevos mercados alternativos podría organizarse mediante un sistema de horarios rotativos en dos turnos: diurno y nocturno. La viabilidad de este esquema no es una mera teoría; encuentra un antecedente sumamente exitoso en iniciativas como el Comercio Nocturno Los Ilustres, ubicado en las cercanías del Cementerio General de San Salvador. Esta experiencia demostró que el comercio popular puede operar eficientemente durante la noche sin obstruir el tráfico diurno, abriendo oportunidades económicas para vendedores que arman y desarman sus estructuras a diario de forma limpia y coordinada.
Aplicar este modelo nocturno y de doble turno en las estaciones reconvertidas del SITRAMSS permitiría duplicar la cantidad de familias beneficiadas, adaptándose a las dinámicas de los trabajadores que regresan a sus hogares al final de la jornada y necesitan abastecerse.
El verdadero urbanismo es aquel que diseña y gestiona la ciudad para que quepa toda la sociedad, sin excluir a los sectores más vulnerables. No se trata de aferrarse con nostalgia a lo que el SITRAMSS fue en términos de transporte, ni tampoco de desecharlo ciegamente por un capricho político de turno. Se trata de actuar con pragmatismo social: evaluar los recursos materiales con los que ya cuenta la metrópoli y ponerlos al servicio de las necesidades más urgentes de la población.
La reconversión de las estaciones del SITRAMSS en mercados populares no es una utopía, es una decisión de voluntad política y planificación urbana inteligente. Ante la crisis del empleo informal y el reclamo justo por el derecho al trabajo, las alternativas existen y están construidas sobre el asfalto. Solo falta la visión y la empatía institucional para transformar el abandono en una oportunidad de desarrollo digno para miles de familias salvadoreñas.
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