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UNAMUNO Y EL SENTIMIENTO TRÁGICO DE LA VIDA

Eduardo Badía Serra,

Director de la Academia Salvadoreña de la Lengua.

“La tristeza es el precio de la vida consciente”, ha apuntado Unamuno. Y allí está todo. Si el hombre, por ser consciente, es hombre, su precio es la tristeza. Revulsivo fatal fue la tristeza para este hombre solo, complejo, amado tanto como odiado, confuso en sus actitudes. Y sin embargo, su pensamiento iluminó  la España de comienzos del siglo XX, fue el grande de la generación del 98, según muchos han dicho. ¿Cómo puede el hombre liberarse de la consciencia? ¡Imposible! Y si la tristeza es el precio de la vida consciente, pues triste el hombre, no este, no aquél, todos los hombres, el hombre todo. Triste. Es “la niebla”, decía el vasco reclamante de todo, la tristeza es “la niebla”; allí medio escondida, medio difuminada, medio oculta, allí, en “la niebla” anida la tristeza, en “la niebla” se esconde la tristeza. “La niebla” es la tristeza, la soledad, la burla, la humillación, la duda de la existencia. “Ahora que vivo es cuando siento lo que es morir…..la ley es siempre triste….y es más triste un amor que nace…..”

Este particular filósofo español, cuya vida fue un constante peregrinar entre la indefinición y el sufrimiento interior, ha dicho que “nadie ha probado que el hombre tenga que ser naturalmente alegre”. ¡Qué juicio más tremendo! La consciencia misma del hombre, continúa, es ya una enfermedad. Por eso, el hombre siempre posee un “sentimiento trágico de la vida”. Abatido Unamuno por una profunda crisis personal, se refugia fuertemente en su doctrina del hombre de carne y hueso, en la búsqueda de una inmortalidad muy especial y propia pues no sólo es del cuerpo sino del cuerpo y del alma; y también se refugia en el poder de la palabra, del verbo. Para él, el hombre es un haz de contradicciones, y el fundamento de su vida es la inseguridad.

Unamuno rechaza la idea de un hombre abstracto, sea este el bípedo implume de la leyenda de Aristóteles, el contratante social de Rousseau, el hombre económico manchesteriano, el homo sapiens de Linneo, o en todo caso, el mamífero vertical. El hombre es el hombre de carne y hueso, el hombre concreto, no una “vaga humanidad” sino aquél que nace, sufre y muere, el que come y bebe, juega, duerme, piensa, quiere, el de carne y hueso. Y ese hombre de carne y hueso está signado por un “sentimiento trágico de la vida”, enfermo por su misma naturaleza, nunca alegre.

¿Qué otra cosa no es lo anterior sino el exacto reflejo de la tristeza?, ¿No es, acaso, el hombre de Unamuno, él mismo incluso, un hombre triste? “El hombre – dice el gran filósofo vasco – por ser hombre, – y esto es aquí lo esencial – por ser hombre, por tener consciencia, es ya, respecto al burro o al cangrejo, un animal enfermo. La consciencia es una enfermedad”. Borges, en una primera instancia, llamó loco a Unamuno por su doctrina de la inmortalidad; después, hubo de rectificar: “Unamuno – dijo – es el primer escritor de nuestro idioma”.

 

Hay en Unamuno la certera convicción de que la condición humana está caracterizada por una suerte de contradicciones insatisfechas, por un ansia irreprimible de inmortalidad, que hace de la vida una continua agonía. La vida, para él, no acepta fórmulas, y aquello que es auténticamente vital no puede ser racional.

¿Cómo fue la vida de Unamuno? Hombre terriblemente, impertinentemente hermético, muy poco simpático, de un profundo ascetismo en su vestir, puntual hasta la exasperación, silencioso, lector febril. Cuando murió, muchos dijeron que ya estaba muerto en vida. Hombre este, Unamuno, signado por ese espíritu dionisíaco propio de la cultura presocrática del instinto, de las pasiones, y también efectivamente, del “sentimiento trágico de la vida”.

¿Triste, Unamuno?

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