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UNA PULSACIÓN DE BIOLUMINISCENCIA

Vic Boyton, F.R.C. (1)
(De la Revista El Rosacruz, Octubre-Diciembre de 2004)
Las cosas pequeñas que enriquecen nuestras vidas

AMENUDO los seres humanos olvidamos las cosas pequeñas que enriquecen nuestras vidas, esas veces en que “la buena suerte” aparece y nos lleva a reflexionar y a soñar despiertos. Nos podemos apartar del aburrimiento monótono de la vida si nos tornamos receptivos a esos momentos afortunados que surgen de la nada. Para avivar sus sentidos no permita que la curiosidad revolotee hasta las alturas de una montaña cercana, sin antes extender la red que representa la consciencia y que le ayudará a que regrese.

Algunos dicen que encontramos cosas buenas por mero accidente, lo cual podría ser la definición de la “buena suerte” para hallar cosas valiosas por “casualidad”. Pero a mí me parece que darnos permiso para ser receptivos a las cosas raras o novedosas, las cosas que no son típicas, define mejor esa idea. Como inventor y escritor, he caído en cuenta de algo sorprendente. La gente creativa comparte algo con los ladrones comunes, ya que ambos son oportunistas. Un ladrón puede robarse un objeto de valor a través de la ventanilla abierta de un automóvil, solo porque ahí estaba para que se lo llevara en el momento oportuno. Lo mismo pasa con la persona creativa que le arranca una novela al árbol de la vida, como si estuviera esperando que una idea o una ocurrencia se le apareciera.

Una experiencia que tuve después de pasarme un día pescando cangrejos en una playa cercana, parecía sencilla, pero en realidad estuvo hecha a mi medida.

Por lo general, hay que lavar las redes para pescar cangrejos después de usarlas, para eliminar los efectos destructivos del agua salada. Pero ese día en especial pospuse esa labor hasta el día siguiente y dejé las dos redes en la tina de mi baño.

Por la noche me levanté en la obscuridad para ir al baño y ahí, mientras flotaba en mi memoria un sueño, vi una chispa de luz –un parpadeo en la obscuridad- que salía de la tina del baño. La chispita me despertó como si fuera un terremoto. Un destello de luz del tamaño e intensidad de una luciérnaga me obligó a preguntarme “¿vi un destello de luz o aún estoy medio dormido en un estado de ensueño?”.

Por un momento me convertí en un niño de seis años, totalmente absorto y curioso. Ni siquiera una persona que gana un sueldo de siete cifras habría tenido suficiente dinero para comprar la sensación que una criatura marina me proporcionó esa noche.

Deseo de regresar a la infancia

La pulsación de bioluminiscencia era del mismo color que vi un verano hace varios años cuando era niño. La chispa dio otra pulsación. Me pellizqué y me quedé mirando la obscuridad de la tina de baño. Después otro resplandor y enseguida otro más. No estaba soñando. Una inocente reacción química procedente de una criatura marina desconocida me había despertado el deseo de regresar a la infancia. Las pulsaciones de luz habían despertado recuerdos de la primera vez que vi luciérnagas, un recuerdo que había olvidado hacía mucho tiempo. Ahora, ni el destello ni la criatura fueron visibles una vez que encendí la luz del baño. ¡Qué fascinante! No podía localizar los organismos vivientes que causaron esas extrañas iluminaciones bioluminiscentes.

La siguiente vez que fui a pescar cangrejos le conté a una pareja que estaba junto a mí acerca de las criaturas misteriosas. Le sugerí al esposo cómo podía hacer lo mismo que yo, para que viera ese extraño suceso. Miró a su esposa y ella movió la cabeza diciendo “No”. Ella no permitiría que metiera las redes a la casa.

La maravillosa emoción que experimenté durante mi viaje para pescar cangrejos es un ejemplo para que otras personas estén receptivas a cualquier evento inesperado que pueda surgir en un momento de vigilia.

No permita que los descubrimientos novedosos se le escapen de los dedos, como un juguete infantil que se escapa de las manitas de un niño. Hubo una época en que lo mejor del mundo infantil lo llenaba de sorpresa. Ahora la sorpresa desaparece a causa de la rutina laboral y a su prisa por pagar las tarjetas de crédito con límite de tres meses. ¿Dónde está esa capacidad para maravillarse que alguna vez llenó el mundo del niño sencillo que reside en su interior?

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