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Trescientos sesenta y cinco 1301

Harry Castel 

Escritora y dramaturga

 

358.  Fondo.

Ni voltear a ver la ventana, site ni tener la leve esperanza que un día cualquiera los nubarrones en su corazón se disiparan y el sol de alguna sonrisa pudiese calentar un poco su alma. Cerrar, case nada más cerrar puertas y ventanas con triple candado y tirar la llave en algún oscuro pozo que ni siquiera los dragones se atreverían a cuidar. Así  sin más, sales aceptar que eso era todo, que en el incomprensible juego de la vida a ella le había tocado una suerte perra con afilados colmillos y sin vacuna antirrábica. Así sin más, sin ver la ventana, sin canciones bajo la lluvia, sin guardar la más mínima esperanza, que al fin y al cabo resulta el peor de los venenos. “Eso es todo” – se dijo, sumida en sus fangosos pensamientos, de modo que cuando su mirada tropezó sin querer  con el retrato de Oscar Wilde en aquella portada, sintió una sacudida que la obligó a levantarse y tomar aquel libro: “De Profundis”, leyó.

359. Recaída

El sol se colaba insistentemente, goteando por una rendija donde la cortina dejaba al desnudo el cristal de la ventana, caía y caía hasta crear un charco de luz que le dio de lleno en la cara. “¡Maldición!”  pensó, pero sin querer mover más que el brazo para cubrirse los ojos. No quería moverse, no quería nada. Aquella recaída de espíritu le había sobrevenido sin previo aviso, apenas un par de días antes parecía  estar todo  como se supone que uno debe estar: tenía un nuevo empleo, se había mudado a un nuevo departamento lo más lejos posible de las ruinas de su antigua vida y poco a poco había vuelto a conectar con los amigos olvidados hacía ya un  año. “Un año es suficiente para el luto” se había sentenciado a sí misma, mientras ponía flores rojas en un florero verde que se había comprado como regalo para su nuevo hogar. Y sin embargo, esa misma tarde, como si fuese un inoportuno estornudo que presagia resfriado, el recuerdo le había asaltado, clavándole las garras en la espalda, con ánimo de no bajarse jamás. Se fue a dormir esperando que no fuese más que una falsa alarma, pero al quitarse el brazo de los ojos y darse la vuelta en la cama, vio a la tristeza durmiendo plácidamente a la par.

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