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CON EL CABLE EN LA MANO

Carlos Burgos

Fundador

Televisión educativa

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Íbamos a más de 100 kilómetros por hora, and cuesta abajo, por las vueltas del Papaturro camino al puerto de La Libertad, a un segundo de estrellarnos. Dios mío, sálvanos: una voz femenina. Para qué vinimos: otra voz femenina. Recen por nosotros, les dijo mi amigo.

El cable del «clutch» se había roto y yo no podía meter velocidad de compresión para aminorar rapidez, además los frenos se habían recalentado. Nos encomendamos a Dios, pero no cerramos los ojos.

Eran las doce de la noche. La velocidad aumentaba cada segundo. Llegamos a una hondonada, me salí por un camino de tierra, y en una pequeña subida logré topar el carro contra un paredón y con ruido de crack se detuvo. De prisa nos bajamos y mientras yo detenía el carro, mi amigo le ponía piedras en las llantas.

Uff, qué susto. Dios es grande y ayuda a sus hijos aunque anden infringiendo sus preceptos. Por esto no cambio a mi Dios a pesar que algunos fanáticos quieren que acepte a otro.

Me acompañaba un amigo. Este viernes, a mediodía, habíamos iniciado el vacile con otros compas, en un chalet del Cafetalón de Santa Tecla. Todo era alegría, unos contaban sus aventuras con chicas, otros, sus congojas con sus múcuras en sus hogares. Por fin, ya cabezones por las copas, sobraban temas de qué hablar. Le dimos muerte a dos botellas de vodka  e iniciamos la tercera.

Entró la noche, muchos ya se habían retirado, quedé solo con Sotío, quien además de maestro era estudiante universitario.

–Ya se retiró la mayoría – me dijo – pero yo apoyo tu propuesta de continuar la farra en San Salvador.

Dicho y hecho, abordamos mi vehículo pequeño, marca Simca, y llegamos al bar El Chico, en la Praviana, después seguimos para El Alcázar. Luego Sotío me sugirió ir a un salón situado cerca de la gasolinera Guardado, en Ciudad Delgado. Llegamos, aquí salieron a recibirnos dos muchachas, y nos aclararon que no las fuéramos a confundir con otras, que ellas eran damas de compañía.

Nos sentamos los cuatro y consumimos solo una cerveza, enseguida mi amigo propuso ir al puerto.

–Síí… – dijeron ellas.

–Bueno, ¿y a ustedes quién las ha invitado? – preguntó mi amigo.

–Si son hombres – dijo una de ellas – necesitarán una dama de compañía cada uno.

Aceptamos, de todos modos ya las veíamos lindas, unas chicas que deseaban amor, y nosotros también.

Y emprendimos el viaje para venir a quedar varados. Mi amigo traía una botella y sodas, y con nuestras damas de compañía nos metimos varios triquis, lo necesitábamos para amortiguar el susto. Pasaban los minutos y no se nos ocurría qué hacer.

De repente vimos a un hombre con machete en mano. De inmediato mi amigo tomó la varilla que sirve para el cambio de llantas, él era originario de San Rafael Oriente y sabía cómo blandir las armas blancas. Las mujeres se agazaparon detrás de unos matorrales y yo tomé una llave larga. Esperamos.

El hombre saludó y preguntó qué nos había pasado. Le explicamos el percance, luego nos informó que estábamos en un lugar peligroso porque anteayer aquí mataron a un hombre, y se despidió. Volvimos a temblar y los cuatro nos metimos otro trago para mitigar este nuevo susto.

Después de una hora ya se había enfriado el motor. Quisimos amarrar el cable roto, pero no pudimos porque era de metal acerado, muy duro. ¿Cómo haría los cambios de velocidad para llegar al puerto? Los frenos funcionaban. Dispusimos que mi amigo, se sentara afuera, sobre el capó, con el pedazo de cable en la mano. Así lo hizo y arranqué. Cuando le gritaba ¡ya!, jalaba el cable y al oír el cambio, lo aflojaba. Avanzamos varios kilómetros con riesgo inminente: que lo arrastrara el viento o que se deslizara o que el calor del capó lo quemara. Era intrépido mi amigo. Dios lo protegió.

Por fin, llegamos, qué alivio. Nos hospedamos, las damas de compañía se pusieron románticas y no las defraudamos, esto nos eliminó el susto y dormimos. A las siete de la mañana salí corriendo a buscar un mecánico y ya no fue necesario regresar jalando el cable.

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