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Sobre la “fragmentación” del voto y sus paradojas

Luis Armando González

El capítulo de las elecciones del 1 de marzo está a punto de cerrarse. Han sido las elecciones más accidentadas de la postguerra debido a decisiones no solo tomadas fuera de tiempo, for sale sino inspiradas por una visión estrecha de la democracia, sovaldi según la cual una fragmentación del voto ciudadano entre distintos candidatos y candidatas iba a significar un salto de calidad nunca visto en materia de democratización. No fue un asunto menor esto de obligar a cada ciudadano a fragmentar su voto –no es otra cosa, illness en la práctica, el ejercicio del voto cruzado—, pues con ello se puso en jaque uno los principios más queridos de la democracia liberal: el principio de “una cabeza, un voto”.  Se trata de un principio que, aunque antiguo, siempre es actual en el debate sobre la democracia, pues es su principio mínimo, como recuerda Paolo Flores D’Arcais, cuando anota:

“De acuerdo, partamos del voto como fuente última de legitimidad para el ejercicio del poder. Ha de ser un voto libre e igual. Ahora bien, tan solo es posible hacer honor al principio mínimo de la democracia liberal, “una cabeza, un voto”, con el voto emitido con nuestra propia cabeza, conforme a las convicciones de cada cual. Un voto autónomo, y no sojuzgado y sometido” (“Otra democracia para otra Europa”. Revista Claves de Razón Práctica, No.232, septiembre de 2013, p. 12).

Seguramente, quienes conciben la fragmentación de cada voto ciudadano como un salto sustantivo en la democracia tendrán sus fuentes teóricas (o por lo menos sus razones) para respaldar su postura. Sin embargo, eso no significa que se trate de fuentes inobjetables, es decir, de fuentes cuyos argumentos deban aceptarse sin discusión alguna. De hecho, uno de las exigencias primordiales de la democracia es que todo lo que se genera en su seno puede ser sometido a discusión y debate, de tal suerte que nadie –ni autor de libros ni autoridades políticas o judiciales— pueden abrogarse facultades relativas a la verdad superiores al resto de los ciudadanos y ciudadanas.

Ni muchos menos pueden pretender que sus decisiones, opiniones y valoraciones no sean sometidas al escrutinio de la crítica, bajo la presunción –equivocada— de que son decisiones, opiniones y valoraciones infalibles. En un marco democrático, no tienen cabida quienes se consideran infalibles, por encima de los demás, poseedores de un saber inaccesible al resto y, por tanto, incuestionable.

En ese sentido, es urgente poner en la mesa de discusión el tema de la fragmentación del voto ciudadano. Hay que meditar su impacto en el ejercicio del sufragio como “fuente última de legitimidad para el ejercicio del poder”. Se refiere, esa afirmación, antes que nada, a un voto libre e igual, es decir, a un voto libre de coacciones y presiones. Pero, en segundo lugar, se refiere a un voto que  tiene todo su valor en que es una unidad que el votante –desde su propia cabeza, desde sus propias convicciones y su propia autonomía— otorga a quien él (persona o institución política) considera merecedor de su confianza. La unidad del voto expresa la unidad de la persona. Eso significa el principio “una cabeza, un voto”.

Hasta ahora, se lo ha interpretado en la línea de que una persona no puede votar más de una vez en una misma elección (para un mismo cargo sometido a votación). Esto es, ese principio se opone a este otro: “una cabeza, dos (o tres, o cinco) votos”. En la práctica, esto se concreta en una sola marca en la papeleta de votación o en alzar la mano sólo una vez en una votación a mano alzada. Así como el principio “una cabeza, un voto” prohíbe la multiplicación del voto por una persona, también prohíbe su inverso: la división de un voto.

Y la razón no es matemática sino política y filosófica. Políticamente, se quiere asegurar la claridad en los mandatos políticos, claridad que se logra con una determinación lo más evidente posible de la relación entre los electores y sus representantes. Un ideal democrático (inalcanzable, como todos los ideales) es que los ciudadanos tengan la seguridad que la persona (o instancia política) que los representa es esa por la cual ellos dieron su voto. Y, asimismo, que cada representante electo sea consciente que ocupa ese lugar porque recibió votos únicos de individuos concretos que confían en que los representará dignamente.

Filosóficamente, la democracia moderna descansa en el supuesto de que quienes la sostienen son individuos (únicos, indivisibles: eso quiere decir la palabra) autónomos gracias a su razón y, por ello, con la capacidad de decidir, mediante su voto, quiénes son merecedores de su confianza para dirigir los asuntos públicos. Cuando el individuo vota pone en juego no sólo su autonomía política, sino su autonomía antropológica. Es su unidad personal la que se pone en juego en la unidad de su voto, con lo que se asegura la unidad política de la sociedad.

Así como la multiplicación del voto (bajo el lema “una cabeza, varios votos”) es contraria a la democracia, pues expresa una desigualdad política fundamental entre las personas, la división del voto (bajo el lema “una cabeza, varias fracciones de un voto”) también es contraria a la democracia pues disuelve la voluntad política del individuo (y su unidad personal) en fragmentos que le impiden reconocerse como tal en el proceso político.

Es su individualidad y autonomía política (y antropológica) lo que se disuelve al disolverse la unidad de su voto en fracciones. Es cierto que, matemáticamente, puede ser irrelevante que alguien sea electo por votos únicos o por fracciones de votos de diversa procedencia. Políticamente, no lo es. A menos que se piense que la democracia es un mero asunto tecnológico.

Pero, el principio “una cabeza, un voto” no es un tema meramente numérico o tecnológico. La cabeza expresa la autonomía y la razón de las personas, que se expresa políticamente en un voto, que es el ejercicio democrático básico. Multiplicar ese voto es fomentar la desigualdad política; dividirlo va en contra de la autonomía y la razón humanas.

Postdata

Después de releer mi texto, no he podido evitar llevar al absurdo el planteamiento que hace de la unidad del voto algo meramente técnico matemático. Así, siguiendo esa visión, es lícito fraccionar el voto de un ciudadano. Pero, si se es consecuente –y dado que la división es la inversa de la multiplicación— también es lícito multiplicar el voto de cada votante, de tal suerte que un ciudadano vote más de una vez (tantas como la jornada electoral de un día lo permita), para cual se tiene implementar el dispositivo que lo haga posible. Esto último –se dirá—crea desigualdad, pues seguramente habrá ciudadanos que votarán más veces que otros. Pero ese es un criterio político y jurídico, pero hemos aceptado que el tema es nada más técnico matemático. ¿Por qué va a ser lícito fraccionar un voto y no lo es multiplicarlo? Incluso, bien visto el asunto del voto cruzado-fraccionado, resulta que en la práctica quien hizo varias marcas en su votación multiplicó su voto, sólo que con un valor numérico menor. En la práctica, violentó el principio de “una cabeza, un voto”, convirtiéndolo en “una cabeza, varios votos”. Y, por su parte, quien pudiendo fraccionarlo no lo hizo, lo entregó a una persona (o bandera) por el equivalente de las posibilidades de fraccionamiento que no eligió.     

Por otro lado, si es lícito que un ciudadano fraccione su voto, también lo será que no use toda la unidad que le corresponde, es decir, que use nada nada más la parte que desee (por ejemplo, un 1/5, 1/7 o 1/10 de su voto), no usando la otra parte. Y así, se podría hacer un diseño de papeleta que permita un uso parcial del voto, dejando que el ciudadano asigne nada más una fracción de su voto sin llegar a 1. Se dirá que esto va en contra de la unidad del voto, pero como se trata de un mero juego de números es una objeción inválida.

Porque ¿quién dudará del derecho de un ciudadano, al que se le ha obligado a fraccionar su voto, a decir: “a este candidato o a este partido les voy a dar 1/3 de mi voto y lo demás no se lo quiero dar a nadie”? ¿Por qué, si tiene derecho a repartir su voto entre 24 candidatos, dándoles un ½4 a cada uno, no puede asignarle a uno solo de ellos ese ½4,  sin darles nada a los demás? De todos modos, aunque todos los electores no usaran la unidad de su voto, siempre habría ganadores y perdedores… aunque sea por fracciones.

En fin, una vez que se acepta fraccionar el voto de un ciudadano, no se ve cómo no se pueda aceptar su multiplicación (que la en la práctica es lo que termina por hacerse) y su fraccionamiento parcial. Pero, lo que cuesta aceptar es que esto sea un avance democrático extraordinario.

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