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SOBRE EL SILENCIO LITERARIO (Y UN TAL NEPOMUCENO PÉREZ)

 

 

 

Uno escribe cuando la necesidad y el deseo se encuentran. A veces se tiene la necesidad, pero falta el deseo, y se escapa de morir ahogado. Otras veces el deseo asalta, pero sin la necesidad solo se sufre de ímpetu desastroso. Mientras estos amantes se encuentran uno espera leyendo.

Por eso a los silencios literarios se les saca la mejor partida, pues se gana tiempo para conocer a aquellos afortunados, o desafortunados, que fueron abatidos por la necesidad y el deseo. Y se aprende que no hay mejor pulso para saber que se está frente a una buena obra literaria que la vergüenza de escribir. Así que no es de lamentar que autores de pocas palabras hayan enmudecido o pasen mucho tiempo sin publicar. Si se forzara a una de las partes a retratar la vida, tendríamos obras empalagosas o demasiado ligeras, y el encanto de leer se derrumbaría.

Un escritor cuyo silencio solo lo hizo más grande fue Juan Rulfo, que luego de escribir su obra parece que no dibujó ni una letra. Pero no por eso cesó de crear. Se la pasó desarrollando el cuento de su vida y la novela de su silencio. Dos obras tan insignes como los mismos textos, pues luego de tantos años aún tiene a muchos jalándose los pelos, llevando el realismo mágico a la genuina existencia. Y así Rulfo pasó a convertirse en un escritor consagrado, y como sucede con muchos, blindado contra críticas que pudieran atentar contra su proverbial imagen de artista huraño.

Bien decía Bukowski, que no se puede atacar templos porque los que a ellos se aferran se ponen salvajes. No puede señalarse como sobrevalorados a los ya grandes. Rulfo gozó de su consagración en vida. Lo molestaron tanto con verlo publicar de nuevo, que llegó a creer que todo se trataba de una conspiración que ansiosa esperaba una obra de menor altura poética solo para criticarlo y verlo caer. Quién sabe si ese miedo en el fondo era parte del cuento. Lo cierto es que, a medida que pasa el tiempo, se conoce mejor el anecdotario que nos hace repensar en el individuo común llamado Nepomuceno Pérez, y replantearnos al ataviado de misterioso artista conocido como Juan Rulfo. Quizá esté sobrevalorado, pero a la inversa. Pues ese afán de misticismo etéreo con que se le corona solo impide que abracemos a ese muerto tan vivo por lo más ordinario de su humanidad.

Los que lo conocieron y comprendieron, y que le dieron su amistad, seguramente desistieron de hacer cualquier comentario que lesionara a su amigo famoso, ya entonces lejano de sus conversaciones de antaño, pero no por eso menos estimado. Antonio Alatorre, hasta diez años después de la muerte de su amigo de juventud, dio declaraciones que chocan contra el manto mágico con el que se cubría a Rulfo desde hacía mucho. Expone sus muchas “mentirillas” y omisiones, y las atribuye empáticamente a la bien o mal disimulada vanidad que la fama escuece.

La anécdota que no deja de caer en gracia es la que le trasmitiera Arriola, otro amigo de juventud. Este le contó que Rulfo le pidió ayuda para ordenar su Pedro Páramo. Rulfo, teniendo encima el tiempo de entrega, estaba angustiado con un manojo de capítulos sin ningún orden, y sufriendo un trance de desesperación que le había hecho romper un montón de páginas. Arreola, además de ayudarlo a ordenar los pedazos, lo que les llevó dos sesiones y varias horas, también evitó que Rulfo siguiera rompiendo más. Por supuesto que esto no quita ningún valor a Pedro Páramo, el mismo Arreola así lo reconocía, pues dijo a Rulfo que con cualquier orden la novela estaba bien. Tal anécdota tira a la basura tantas teorizaciones sesudas, sobre la secuencia de los capítulos, que los más expertos creen diseccionar con pulso de neurocirujano, cuando la realidad es mucho más doméstica de lo que se piensa.

Reina Roffé, que antes ya había confeccionado la Biografía armada con diversas declaraciones de Rulfo, escribió otro libro biográfico en donde aborda otras anécdotas y rasgos del escritor. Como el hecho de que era un conversador ávido con algunos, contrario a la opinión general, y que de igual manera gozaba del silencio mutuo, acompañado de escritores como Onetti. También era mutuamente intolerante con otros, como Octavio Paz, a quien en una ocasión, siendo ambos invitados a un congreso de literatura latinoamericana en Alemania, Rulfo dijo que no asistiría si Paz también estaría ahí. Y ni modo, des-invitaron a Paz.

Pero volviendo al tema que iniciamos, podemos decir que el silencio literario es un recogimiento necesario, y a veces un bondadoso salvoconducto. Si el miedo de Rulfo se hubiera concretado, y hubiera salido con alguna obra menos consecuente a ya las publicadas, habría condenado el resto de su inmortalidad. Porque no importa las veces que se logre una obra, el hombre suele juzgar más por un error que mil aciertos. Por eso luego de la honra, el silencio parece el más seguro de los aciertos. Si no véase el caso de Rocky Marciano, célebre por retirarse invicto del cuadrilátero. También están los Beatles, cuyo retiro como grupo, aún en la cima, fue lo mejor para su legado. Estos y más se convirtieron en leyendas gracias al silencio. Puede que a veces lo mejor es saber cuándo hay que dejar algún asunto en su gloriosa paz, si no véase El Padrino III, cuyos rumores hablan de una versión alternativa que persigue una conclusión más “apropiada” para sus antecesoras cinematográficas.

Por eso no estoy convencido del síndrome de la hoja en blanco del que muchos escritores se han referido alguna vez. No parece algo con lo que un verdadero artista deba combatir, nadie es artista por encargo. Como bien dijo un poeta y pintor, querido amigo mío: «a mí no encomienden nada que ni mis encomiendas hago», lo que denota que ni siquiera uno puede obligarse al ejercicio del arte. Lo que existe es falta de agudeza para el escuchar el quejido que retuerce y madura la obra, y un síndrome de la mano inquieta que es mejor decantar en ejercicios si es insoportable, otra forma provechosa de esperar a que la necesidad y el deseo se encuentren. Parece más propio de artistas plásticos, que suelen hacer muchos esbozos antes de la verdadera obra, pero también sucede en literatura. Otro querido amigo mío escribió por años en verso blanco, y ahora sus versos libres gozan de un ritmo que se acompasa a la respiración del mar o el latido del viento que mece los maizales.

Una posibilidad, más cruel quizá, es que contrario a lo que uno cree, resulta que no somos escritores, pensamiento que asalta sobre todo cuando reconocemos a los que sí lo son. Es crítico darnos cuenta de que estamos muy lejos de coincidir con ellos en la apreciación de la vida y el arte. Pero no por eso se es menos literario, a fin de cuentas podríamos ser un excelente personaje en alguna obra de nuestros amigos escritores: uno que cree penar de silencio literario cuando en realidad ha equivocado su vocación. Pero esto plantea un desafío aún mayor: uno que no puede acomodarse al miedo a la creación, sobre todo cuando no se es profeta en ninguna parte, ni siquiera frente al espejo. Y es que si bien todo escritor desea ser leído, el verdadero escritor creará aunque nadie crea en él para publicarlo o leerlo, y guardará silencio literario sin importar la inquisición propia o ajena.

 

 

Antonio Teshcal

Malpais, octubre de 2020

 

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