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San Salvador matinal VII

Rafael Lara-Martínez 

New Mexico Tech, 

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Desde Comala siempre…

 

“El 23 de octubre de 20XY, víspera de la festividad de San Rafael, a M. B., poeta y locutora radiofónica cultural, le acaeció un sueño.  Soñó que revisaba su vida entera como si se hallara al borde de un patíbulo a escasos segundos de la muerte.  Siendo niña, acompañada de su hermano C., redimía el mundo por medio de letras que garabateaba en sortilegio y encantamientos mágicos de versos sin rima.  Trataba de recordar una sola de esas sentencias con la esperanza de obrar un nuevo milagro.

A coro, su repetición ritual los transportaba a lugares ignotos e insospechados en el trópico húmedo.  Jamás habían escuchado óperas de R. Wagner pero, de trenzas, ella se imaginaba la valquiria Brunilda, mientras C. B. luchaba contra dragones acorazados y la salvaba de asedios vikingos.  Su vida transcurría entre temores infundados y pequeñas irritaciones estomacales que su hermano mitigaba con palabras risueñas y juegos intricados como damas chinas.

Su relación la estrechó el primer exilio —quizás el segundo, intuía, al evocar poda de plasma y cordón umbilical.  En un nuevo país, El Salvador, congeniaba con una familia extensa compuesta de presencias masculinas, quienes limaban su educación femenina poco propensa a lo mujeril.  En la capital los absorbió una pubertad desobediente que primeros amores y retoques del rock inglés diluyeron en vasto mar de dicha y danza, while my guitar gently weeps.

Pero, en un medio social injusto y hosco, una temprana madurez hizo que sus sueños de inocencia se truncaran hacia guerras desconocidas.  Su otro hermano, R., sufrió la mutilación de una pierna.  Si C. B. pensaba que la justicia debía mantenerse inmaculada, M. argüía que integridad y belleza siempre perdurarían mutiladas, a semejanza de Venus, en un mundo terrenal tan humano como violento.

Entretanto, su madre se debatía entre el dolor por el cercenamiento filial y la desesperación de ver a su hija comprometida en causas militantes.  Sólo el exilio la salvaría de toda muerte prevista, el cual percibía como “dura escuela” en olvido que la vida misma figuraba una simple vía de destierro corporal por tierra extranjera.  Rememoraba serenata de adiós y consejos de hermano mayor ante su viaje.

Años después, volverían a encontrarse, él profesional formado y ella, regresando de montañas tortuosas en ilusiones de poeta.  Se unieron en matrimonio casi simultáneamente, al tiempo que sus caminos divergían de nuevo.  C. B. viajaba a Francia; M., hacia la maternidad de réplica femenina del hermano, K., con quien él inauguró su paso a una segunda generación.

Su hijo E. llegó premonitorio luego de la ofensiva del ochenta y nueve entre inmolación desgarradora que anunciaba esperanza venidera.  Pero antes de su arribo habría de emigrar de nuevo a islas australes con sus hijos.  A su vuelta, encontró una familia ensanchada por sobrinos que interrumpían la agenda profesional de C. B..

Todo auguraba una felicidad, sino perdurable, al menos renovada cada atadura de los años.  No obstante, una llovizna tardía para ese mes de octubre, enturbiaba el ensueño.  Con asombro, ella la observaba desde la ventana clausurada de su casa, mientras la figura diáfana de su hermano se perdía en un horizonte nublado que apenas iluminaba el ocaso.

Agitando la mano a manera de despedida, con tintura de neblina escribía un mensaje  que ella hasta más tarde interpretaría como conclusivo.  «Durante “todas las noches del mundo”, henchido de dolor conversaba con las piedras, interlocutora única, a quien les confesaba que prefería el reflejo sonrojado del crepúsculo en la cuenca de las manos que colmarlas de oro macizo.  Sólo el poniente me entregaba acordes perdurables más allá de toda lamentación y llanto».

Al despertar, ese día de San Rafael, se hallaba junto al féretro de su hermano cuya muerte rauda nadie explicaba por imprevista y apresurada.  Sólo un coro de cánticos serenos y constantes como delicada llovizna imploraban razones de lo que carecía de motivo.  Al salir de la vigilia, solitaria ya y sin arrebato, se refugió en el jardín que accedía a la puerta principal de su casa y escribió “Luctuosa” en un papel más blanco que la bruma que envolviera a C. B. y con una tinta china indeleble, más negra que su duelo.

Ese día de San Rafael, M. B. también se revistió de nube y tormenta…».

Acaso a Fortunato lo había embelesado secretamente M. y por eso yo había soñado de manera tan intensa.

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