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El Salvador le dice adiós a la malaria Parte I.

Öscar Sánchez

Epistemologo e investigador

 

Previo a la elaboración de este escrito, un conocedor sobre el tema problema de la malaria o paludismo en nuestro país me sugería que un título sugestivo y provocador para esta columna debería ser: «La malaria nos dice adiós» a lo cual no estuve de acuerdo porque no es la malaria por generación espontánea, una fuerza sobrenatural o por un espíritu absoluto  que se ha eliminado del país, sino que, contrariamente, ha sido nuestra constante y permanente lucha sanitaria la que nos permite decir con orgullo:  «El Salvador le dice adiós a la malaria».

La malaria es una enfermedad que causó mucho dolor y muerte en la región centroamericana a finales del siglo XIX y lo que conllevó el siglo XX, generando grandes pérdidas a la economía y desintegración de las familias de los países del istmo.

Su nombre, etimológicamente hablando,  deriva del latín mal (de malo) aria  (aire). Se creía que durante el verano, los aires mal olientes que venían de los pantanos cerca de Roma causaban enfermedades. Su término sinónimo: paludismo, tiene también una lógica común; paludismo deriva del latín  «paludis» genitivo de palus, «pantano, cenagal» y el sufijo isma / ismos que a veces se utiliza para referirse a doctrina o corriente como en las palabras comunismo, capitalismo, darwinismo, idealismo, materialismo y muchas más; pero es este caso, este sufijo denota acción, estado (ausentismo, autismo, sedentarismo) o proceso patológico, como aparece en el  nombre de ciertas enfermedades: alcoholismo, reumatismo,  parasitismo, y en este caso,  paludismo que literalmente significa «enfermedad de las zonas pantanosas».

La malaria es una enfermedad grave, resultado de la introducción de  parásitos que se transmite a los humanos a través de la picadura de zancudos hembras infectadas e infectantes del género Anopheles.  Después de una picada con infección parasitaria, éstos microorganismos (llamados esporozoítos) viajan a través del torrente sanguíneo y a nivel de tejidos hasta el hígado, donde maduran y producen otra forma de parásitos, llamada merozoítos.

Puede resultar difícil reconocer los signos y síntomas de esta enfermedad (fiebre intermitente con constantes sudoraciones, escalofríos, paladar o gusto amargo, dolor de cabeza, malestar general, nauseas y debilitamiento) porque pueden confundirse con otras patologías cuyas complicaciones puede provocar la muerte.

Es una lástima que por su poca ocurrencia las actuales generaciones de estudiantes, futuros profesionales de la salud, desconozcan sobre esta y otras enfermedades infecciosas famosas en nuestro país que azotaron en el siglo pasado, como lo fueron el tétano, el sarampión y la rubeola.

Toda la creatividad y producción en la lucha contra la malaria en la región centroamericana tiene un hito desde la construcción del Canal de Panamá hasta la fecha.

Ya Roque Dalton, en su «Poema de Amor» (uno de los poemas más reconocidos  que aparece en el libro «Las historias prohibidas del Pulgarcito») describe una de las facetas de ser persona salvadoreña. Respecto a la malaria resalta:

Los que ampliaron el Canal de Panamá…

…los que murieron de paludismo o de las picadas del escorpión o de la barba amarilla (serpiente) en el infierno de las bananeras…

En el proyecto de la construcción del Canal de Panamá, la medicina fue tan importante como la ingeniería, es decir, los problemas sanitarios eran más importantes aun que los problemas técnicos.  Sin el control de las enfermedades transmisibles no habría sido posible construir el Canal de Panamá.

Según la historia de la construcción del Canal fue la malaria y la fiebre amarilla las que impidieron el sueño y empeño francés  de construir un canal, cediendo este esfuerzo a partir de 1904  a los Estados Unidos. En mayo de 1904 los franceses hicieron entrega al ejército estadounidense de las llaves del hospital Notre Dame de Panamá, que había sido construido por los primeros en Ancón (antigua zona del Canal de Panamá y que durante el dominio de los Estados Unidos se construyeron numerosas bases militares, instalaciones administrativas  y comunidades habitadas por técnicos y profesionales de ese país), así como de otras infraestructuras sanitarias en otras regiones  canaleras como Colón y la isla de Taboga (Revista El Faro, 2013).

Cuando los franceses, y después los estadounidenses llegaron a la región centroamericana, particularmente a Panamá, ya había sido descrita como un área malsana, desde las ferias de Portobelo hasta el trajinado periodo del paso en busca de las minas de California y la construcción del ferrocarril, cientos habían enfermado y fallecido.

Enfermedades como la fiebre amarilla, la malaria, la neumonía, el cólera y otras, ayudadas por la desnutrición y falta de infraestructura sanitaria, provocaron miles de muertes. Hacia finales del siglo XIX, los franceses fueron víctimas de estas enfermedades que provocaron la muerte de 22 mil de sus trabajadores, acabando por retirarse y desistir con su sueño de construir un canal por Panamá (ibid: 8).

Los mismos problemas que dificultaron el empeño francés de construir un canal por Panamá, ahora corrían el riesgo de amenazar el nuevo proyecto que emprendía Estados Unidos. Fueron las atinadas intervenciones y esfuerzos en materia salud que hicieron posible controlar y prevenir estas y otras enfermedades y hacer posible la construcción de esta vía interoceánica. Los trabajos de fumigación para matar zancudos portadores de la fiebre amarilla y malaria,  el drenaje de pantanos, la aplicación de insecticidas y aceite quemado en zonas anegadas, el colocar mallas en las puertas y ventanas, el uso de mosquiteros, entre otras medidas, incidieron en lo que puede llamarse una verdadera revolución sanitaria.

Continuará en la próxima entrega.

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