CLARABOYA
Álvaro Darío Lara
A la memoria de mi abuela materna Hortensia López Vda. de Chávez (1898-1983).
Como si fuera ayer, y creo haberlo escrito antes, escucho a mi abuela cantar viejas canciones en el amplio lavadero del patio principal de mi antigua casa ubicada en la Trece Calle Oriente de San Salvador.
Casa vieja, muy vieja, decía mi abuela. Y en efecto, así era. Aunque mi abuela era mayor que la casa misma. Una casa de la primera o segunda década del siglo XX.
Y mientras lavaba cantaba, dulcemente, esas canciones también viejas muy viejas. Cantaba con hermosa voz, como susurrando, quedito, pero audible, mientras con sus manos, enjabonaba la ropa y la escurría.
Recuerdo el sonido del agua, y las canciones. Ella, al igual que mi madre, me cantaron desde niño, y en el caso de mi abuela, me contó cuentos de hadas, de árboles mágicos, de tesoros escondidos. La literatura antes de leerla, como sucede, me vino por esa vía de la afectuosa oralidad familiar, así llegó también la poesía.
Dentro del repertorio que evoco, mi abuela cantaba especialmente “Quinto patio”, la melodía compuesta por el gran músico mexicano Luis Alcaraz (1910-1963) en colaboración con el letrista Mario Molina Montes (1921-1989), hacia los inicios de los años 50, y que además sirvió de tema para la película del mismo nombre, protagonizada por el barítono español Emilio Tuero (1912-1971), la también ibérica, Emilia Guiú Estivella (1922-2004) y el azteca Carlos López Moctezuma (1909-1980) y cuya historia transcurre en la relación desigual, socialmente, entre dos enamorados, un cantante pobre habitante del “quinto patio” en una vecindad , y una mujer de clase alta. La situación se complica en una serie de sucesos y actos de villanía. Un excelente ejemplo del melodrama del cine de oro de la nación mexicana.
Hay que recordar que el “quinto patio”, es la zona de mayor marginalidad, exclusión y pobreza dentro de la vecindad, por lo general una antigua casona o edificio, dividido en muchísimos cuartos donde habitan, hacinadas, familias enteras. El “quinto patio” lo conforma el conjunto de cuartuchos más alejados de la calle, del portón principal, los más baratos, los que cuentan con menos servicios básicos.
La vecindad (el mesón salvadoreño) propicia las condiciones para que las diferencias, los altercados, los conflictos entre sus moradores estén a la orden del día, ya que la privacidad es un sueño en estas circunstancias.
La excesiva proximidad entre las personas y familias origina continuos roces: por los ruidos, los escándalos de los ebrios, la violencia entre las parejas, los niños, las mascotas, el uso de los insalubres sanitarios, de los lavaderos y tendederos. Ahí la envidia, los celos, las infidelidades conyugales, la murmuración, tienen su caldo de cultivo. Pero también, por paradójico que parezca, la amistad, el afecto, la solidaridad y el apoyo mutuo.
Como en nuestra antropología nacional y centroamericana, las personas transitan del amor al odio, en un santiamén, las gradaciones emocionales rara vez existen. Un día celebran un cumpleaños en comunidad, y al otro día, hay riñas, heridos, o más de algún difunto.
Así mismo bajo el título de “Quinto patio” el poeta y narrador salvadoreño Alfonso Quijada Urías (1940) publicó un excelente cuento, contenido en su libro “La fama infame del famoso (ap) atrida”, bajo el sello de la Editorial Universitaria de la Universidad de El Salvador, en 1979, una obra que merece su reedición, y que se compone de catorce narraciones de la mejor factura literaria.
Un libro que desnuda, que expone eso que se dio en llamar “el alma nacional”, la memoria popular, las costumbres, tradiciones del país que fuimos. La riqueza oral, lexical, trabajada con gran dominio técnico.
En este texto encontramos una breve nota, a manera de presentación, que está firmada por nuestro querido y recordado poeta, escritor y ensayista, Roberto Armijo (1937-1997). Dice así: “El mérito magistral de Alfonso Quijada Urías, en este libro, reside en una intuición todavía valedera de que, en un país dependiente, sin personalidad, sin identidad, en el plano de lo nacional, se encuentra lo legítimo de su espíritu en la fuente mítica-oral que todavía los modelos de dominación cultural internos y externos en El Salvador, no han vaciado de su contenido popular”.
Retornando a “Quinto patio”, el texto de Quijada Urías, nos habla de la época de gloria de las “marimbas” en el país, y de un niño de voz extraordinaria “Pablo Palomares” que se convierte en un gran intérprete de las canciones de moda, y cuya vida, corre a la par de ese mundo de antaño, donde las fiestas, las reuniones sociales, eran acompañadas con este instrumento, y con soberbias orquestas. Incluso varias marimbas formaban los recordados “ensambles”. Una tradición que fue decayendo en el país. El cuento hay que leerlo, imposible y nocivo es narrarlo.
Sin embargo, no resistimos citar un par de fragmentos: “Yo comencé a cantar a los diez años, aunque mis tatas contaban que aprendí a cantar mucho antes de poder hablar, desde entonces he creído que cantar en una forma tiste de decir las cosas, poniendo a las palabras cuando conviene un falso ropaje de alegría, lo sigo sosteniendo. A los diez años comencé a cantar en la marimba Regia, pues quedaba en la esquina de mi casa y la Quetzal a ocho cuadras abajo”.
En otro apartado, el personaje refiere, que, después de una gira europea exitosa, es recibido, a su retorno al país, como un verdadero “héroe nacional”. Entonces sucede lo siguiente: “En ese año mi canción preferida fue Quinto Patio, aunque Sombra Verde me llevó a la cumbre de la fama. Te quiero dijiste, y Amorcito Corazón era del gusto de la gente. Las fiestas de entonces sí eran fiestones de verdad: un baile duraba tres noches consecutivas”.
El cuento en su desarrollo y fin es conmovedor. Como todo pasa, es el final de una época y de una biografía.
Pese a esto, las letras de estas viejas canciones, como “Quinto patio” tan llenas de sentidos amores y desamores, de sufrimientos, de tragedias, aún siguen calando porque aluden a realidades, sobre todo, que, en el mundo popular, son vividas de forma extrema y radical, sin matices, sin análisis, de forma totalmente apasionada y silvestre.
Así el amante sigue cantando desde la pobreza de su quinto patio de vecindad: “Por vivir en quinto patio/Desprecias mis besos un cariño verdadero/ Sin mentiras, ni maldad/ El amor cuando es sincero/ Se encuentra lo mismo/ En las torres de un castillo/ Que en humilde vecindad/Nada me importa/ Que critiquen la humildad de mi cariño/ El dinero no es la vida es tan sólo vanidad/ Y aunque ahora no me quieras/ Yo sé que algún día me darás con tu cariño/ Toda la felicidad”.
Siempre presente el ideal romántico, de la mujer inaccesible, convertida en diosa o en un ser maléfico, al cual el amante se postra, casi como un embrujado esclavo. La estética del melodrama de época.
Rememoro cómo, ávido de conocer de primera mano, la cultura de los antiguos bares y cervecerías, aún en pie en el Viejo San Salvador (como decíamos entonces), nuestra ciudad capital, jovencito, me aventuraba a ese mundo seductor, maravilloso y sórdido, de bohemios solitarios, que depositaban moneda tras moneda en las antiguas rocolas que sonaban día y noche, en medio de fuertes olores a alcoholes de todo tipo, a nubes de tabaco y a sartenes de frituras provenientes de las cocinas, donde se preparaban las sabrosas “bocas” y platillos.
Así, grandes aventuras, y más de algún peligroso episodio en los bares y cervecerías: “El Chico”, “El Nacional” “Principal”, “El Alcázar”, “Lutecia”, “La bota”, “Gambrinus”, “Mundial 70”, “El Chipílín”, “El Noa Noa, “El pulpo”, “El amigo”, y tantos otros, donde los viejos discos estaban tan frescos como en su mejor día. Y donde los famosos tríos de guitarras y de mandolinas, aún cantaban a viva voz, sentidos tangos y boleros: “El dinero no es la vida”, “Tango uno”, “Perfume de gardenias”, “Total”, “Luces de Nueva York”, “Volver”, “Sin ti” y me detengo en este recuento.
Y por supuesto, mi querido “Quinto patio”, cuya música y letra, me llega en este abril, tan vívida como cuando mi abuelita lo cantaba, tendiendo al sol de ese San Salvador del ayer, la ropa recién lavada, olorosa a lavanda, en esa vieja casa de la Trece Calle Oriente de San Salvador donde dejé mi niñez y primera juventud.

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