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«¡OH, LEGISLADOR! NO ME DES LEYES PARA LOS PUEBLOS, SINO PUEBLOS PARA LAS LEYES».

Reflexiones sobre el El Salvador de hoy desde la Ciencia Jurídica.

Por David Alfaro
22/07/2026

La frase atribuida a Pitágoras de Samos, «No les deis leyes a los pueblos; dad pueblos a las leyes», adquiere una particular relevancia al observar la realidad política y jurídica que vive El Salvador.

Su significado es profundo: las leyes deben surgir de la realidad de los pueblos, responder a sus necesidades y proteger sus derechos. No deben convertirse en instrumentos diseñados para satisfacer la voluntad de un gobernante, consolidar su poder o someter a la sociedad a intereses políticos particulares.

Desde la Ciencia Jurídica, una ley no es legítima únicamente porque haya sido aprobada formalmente por una Asamblea Legislativa. Su legitimidad también depende de su respeto a la Constitución, los derechos fundamentales, los principios democráticos y el Estado de Derecho. Una norma puede ser formalmente válida y, sin embargo, resultar profundamente cuestionable cuando es aprobada sin un debate auténtico, sin participación ciudadana y sin controles institucionales efectivos.

La función esencial del Derecho es proteger al ciudadano frente al abuso del poder y establecer límites claros para quienes gobiernan. Cuando el poder político utiliza las normas para eliminar controles, debilitar instituciones o restringir derechos, el Derecho corre el riesgo de dejar de ser una garantía de libertad y convertirse en un mecanismo de dominación.

Esa es precisamente una de las grandes preocupaciones que plantea la realidad salvadoreña actual. En los últimos años, el poder se ha concentrado cada vez más en el Órgano Ejecutivo, mientras se han impulsado reformas y modificaciones legales con una rapidez que, en numerosas ocasiones, ha dejado poco espacio para el debate público, la deliberación democrática y el análisis independiente.

Juristas, organizaciones de derechos humanos e instituciones nacionales e internacionales han expresado preocupación por el debilitamiento de los contrapesos institucionales, la pérdida de independencia de órganos del Estado, las detenciones arbitrarias, las restricciones a derechos fundamentales y las presiones ejercidas contra voces críticas.

Cuando la ley deja de actuar como límite al poder y comienza a utilizarse para silenciar la crítica, intimidar a la sociedad o garantizar la permanencia de quienes gobiernan, se produce una peligrosa inversión de su función. El Derecho deja de proteger al ciudadano y pasa a servir a quienes controlan el Estado.

Ahí radica la contradicción fundamental con el principio atribuido a Pitágoras.

Las leyes no deberían pretender moldear a toda una sociedad conforme a la voluntad de un gobernante ni obligar al pueblo a adaptarse a los intereses de quienes ocupan temporalmente el poder. Deben responder a las necesidades de la sociedad, proteger sus libertades y expresar sus aspiraciones colectivas.

Un verdadero Estado de Derecho no se construye simplemente aprobando más leyes. Se construye mediante normas justas, instituciones independientes, controles efectivos y un respeto irrestricto por la dignidad y los derechos humanos.

La democracia tampoco consiste únicamente en que una mayoría vote y apruebe leyes. Una democracia auténtica exige que el poder esté limitado, que las minorías sean protegidas, que exista libertad para disentir y que ninguna autoridad pueda situarse por encima de la Constitución y de los derechos fundamentales.

El Salvador necesita un orden jurídico que coloque al ciudadano en el centro de la vida pública. Las leyes deben ser instrumentos de justicia, protección y libertad, no mecanismos de temor, sometimiento o control político.

Porque cuando quienes gobiernan utilizan el Derecho para imponer su voluntad sobre la sociedad, el problema ya no es solamente la existencia de malas leyes. El problema es mucho más profundo: es la transformación del Derecho en un instrumento de poder contra el propio pueblo.

Y entonces la advertencia adquiere toda su vigencia:

Las leyes deben existir para servir a los pueblos. Nunca para que los pueblos terminen siendo moldeados, silenciados y sometidos a la voluntad de quienes detentan el poder.

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