Página de inicio » Opiniones » NOTA INTRODUCTORIA

NOTA INTRODUCTORIA

Por Raúl Amílcar Palacios

La frase que abre esta columna: “Ojalá las guerras fueran entre mentes brillantes de la literatura enfocada en la poesía y no en las malditas armas que en manos criminales asesinan a la raza humana”, no es un deseo ingenuo ni un gesto lírico aislado. Es una denuncia ética, un diagnóstico del mundo actual y una advertencia sobre el rumbo que estamos tomando como humanidad.

Vivimos un momento en el que las grandes potencias, pese a su tecnología y su poderío militar, ya no pueden ganar las guerras que inician. Rusia no ha logrado someter a Ucrania. Estados Unidos e Israel no han logrado destruir a Irán. Y ninguna potencia nuclear puede usar sus armas más devastadoras sin destruirse a sí misma. Estos hechos que deben siempre confirmarse, con fuentes confiables, revelan una verdad incómoda: la guerra moderna es un callejón sin salida donde los pueblos pagan el precio de decisiones tomadas lejos de ellos.

En este contexto, la retórica guerrerista se ha vuelto más peligrosa que nunca. Amenazar con “regresar a un país a la edad de piedra” no es estrategia: es propaganda. Es una metáfora vacía que no tiene la esencia de la poesía, sino la esencia del miedo.

Por eso esta columna no busca alarmar, sino recordar la dimensión humana que se pierde cuando la violencia se normaliza y cuando los discursos de fuerza sustituyen a la responsabilidad moral. El poema incluido parte del no es un adorno literario: es un acto de resistencia ética frente a la barbarie. Una defensa de la vida en tiempos donde la muerte se discute como si fuera un trámite. Una invitación a imaginar un mundo donde la tinta valga más que la pólvora y donde la inteligencia sustituya a la destrucción.

. Publicar este texto ahora, en medio de un clima internacional tenso y frágil, no es solo pertinente: es necesario. Porque cuando la humanidad se acerca al borde del abismo, la palabra debe servir como memoria, como advertencia y como conciencia

“Cuando la tinta vale más que la pólvora” (Por Raúl Amílcar Palacios)

El mundo atraviesa una de las horas más peligrosas de este siglo. No porque las grandes potencias hayan decidido enfrentarse con toda su fuerza, sino porque — precisamente, ya no pueden ganar las guerras que inician.

Rusia no pudo derrotar a Ucrania en días, como prometió. Estados Unidos e Israel no han podido destruir a Irán, pese a su superioridad tecnológica. Y ninguna potencia nuclear puede usar sus armas más devastadoras sin destruirse a sí misma.

Vivimos en una época donde la guerra convencional ha perdido eficacia, pero los líderes que la impulsan siguen atrapados en un lenguaje de bravuconería, como si el mundo fuera todavía el tablero de ajedrez de la Guerra Fría.

Hace menos de 72 horas, Irán atacó una flota estadounidense en el Estrecho de Ormuz. Ese hecho, que debe confirmarse siempre con fuentes confiables, no es menor: es la demostración de que ningún país está derrotado mientras conserve voluntad y capacidad de responder. Y también es la prueba de que las amenazas de “volver a Irán a la edad de piedra” son retórica vacía, metáforas políticas sin sustento estratégico.

Porque para “regresar un país a la edad de piedra” habría que usar armas de destrucción masiva, y eso significaría crímenes contra la humanidad, aislamiento global y el riesgo real de una guerra de mayor intensidad.

En este contexto, las elecciones recientes en Estados Unidos, cuyos resultados deben verificarse siempre en fuentes oficiales, han enviado un mensaje claro: la política interna ya no se mueve al ritmo de la retórica militar. Cuando un presidente promete victorias rápidas y la realidad muestra lo contrario, la confianza pública se erosiona. Y cuando la confianza se erosiona, los partidos empiezan a tomar distancia.

Pero más allá de la geopolítica, más allá de los discursos, hay una verdad que no podemos seguir ignorando: las guerras de hoy no las ganan los ejércitos, las pierde la humanidad.

Por eso, frente a este mundo que parece caminar hacia un abismo, quiero recordar algo que debería ser obvio, pero que hemos olvidado: la poesía, la verdadera, no destruye, no hiere, no incendia, no mata. La poesía revela, cuestiona, ilumina, salva al convertirse en el faro que ilumina a la inteligencia humana.

Y por eso escribo este poema, no como un adorno, sino como un acto de resistencia humana frente a la barbarie.

“Si las guerras fueran de tinta”

Si las guerras fueran de tinta y no el derrame de la sangre,

de lanzamiento de pólvora, los poderosos no tendrían…

¡Adónde esconder su cobardía!.

Si en vez de misiles se lanzaran metáforas, el cielo sería un cuaderno abierto y
cada explosión una verdad que ilumina, no un niño que deja de respirar,

¡Como las 144 niñas del colegio en Irán!

Si en vez de drones volaran estrofas, las sombras no traerían muerte,
sino versos buscando un pecho donde posarse y dormir sin miedo.

Si en vez de ejércitos marcharan poetas, los mapas dejarían de marcar fronteras, y las dejarían limpias sin sangrar
apenas una duda escrita a lápiz en libreta

Si la única sangre derramada fuera la tinta sobre el papel,

los ríos no cargarían cadáveres, sino palabras que buscan justicia.

Porque la poesía, la verdadera,
es la escrita por poetas que
no destruye: revela. No hiere: sana. No incendia: ilumina. No mata: salva.

¡Ojalá!… sí, ¡ojalá!, que los criminales que hoy sostienen armas para matar solo pudieran sostener libros.
En que los jóvenes pudieran aprender

Que los que ordenan bombardeos tuvieran que escribir sonetos y prosas. Que los que siembran muerte
fueran obligados a sembrar belleza.

Y que el único estruendo en la noche
fuera un poeta rompiéndose por dentro
para encontrar una verdad que no mate a nadie. y sea el alimento cultural de los pueblos

Porque si las guerras fueran entre mentes brillantes
y no entre manos manchadas de la sangre de los pueblos,

Si la humanidad no estaría
¡Al borde del abismo!
Sino al borde de un hermoso y bello poema. eso, sería el único borde donde…
¡Valdría la pena vivir!.

Cierre

El mundo está en un punto de quiebre. Las próximas horas serán decisivas, y cada nación deberá elegir entre la escalada o la cordura. Pero mientras los poderosos juegan con fuego, los pueblos siguen pagando el precio.

Por eso escribo hoy, desde esta trinchera de palabras, para recordar que la humanidad no necesita más armas: necesita más conciencia, más memoria, más poesía.

Porque cuando la tinta vale más que la pólvora, la vida vuelve a tener sentido.

Ver también

La guerra interna que nos ataca

Compartir        Por Zoraya Urbina* Hay días en que nos levantamos con un dolor sordo en la …