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Nora

Marvin Guerra, 

escritor

El olor de su perfume era enfermizo. O ¿acaso lo que desataba en mí lo era?

Nora era mi jefa. Una mujer madura en sus cincuenta, que conservaba algunas formas de lo que en algún tiempo fue un cuerpo terso y de buena silueta.

Aunque sus senos habían cedido, y con justa razón, a los poderes de la gravedad. Conservaban aún su redondez y parte de su erección. Sus caderas aunque pequeñas se contoneaban con la sensualidad propia de las mujeres interesantes.

Su rostro mostraba un delicioso lunar, ubicado cerca del ángulo de la ceja izquierda. Y sus mejillas eran adornadas por un par de hoyuelos, que aparecían a cada expresión. Hasta cuando su cabeza hervía de furia, aquellos defectos naturales hacían su aparición, para tornarse en mi morbo y gusto personal.

Mi obligación era estar a su lado, tenía ya cinco años de ser su asistente. Aunque empecé a desearla desde el primer día, nunca observé en ella reciprocidad.

Era espeluznante y misterioso sentir el roce de sus manos, cuando las cruzábamos por casualidad. Y es que provocarme un vacío en el pecho no lo hace cualquiera. Y menos cuando es por el simple motivo de experimentar placer en actos cotidianos.

Creo que en un par de ocasiones me sorprendió perdido en su escote, durante alguna de las muchas reuniones que debíamos compartir. Y lo que resulta ser peor, estoy seguro de haber sido descubierto cuando no podía despegar la vista de sus hoyuelos. Que sabiendo que siempre estaban ahí, me hacían fantasear sobre ¿en qué expresiones sexuales se verían mejor?

Solíamos tener pláticas interesantes, pero aquella tarde se rompió el molde de las formalidades.

Y entre chismes de pasillo, al enterarnos de un trágico desgarro anal en una de nuestras compañeras; provocado por un conocido, que alardeaba su hazaña, sin miramientos me soltó:

—Mire Marcos, la cosa es bien sencilla: uno le da el culito a quien quiere. —Y luego de esa sorpresa para mí, añadió:

—Lo malo es andarlo divulgando.

Las fantasías se incrementaron y aquello, las hizo más grandes y graves.

Lo enfermizo de la situación, llegó al punto en qué, haciendo uso de mis artimañas, coloqué unos dispositivos fotográficos en su sanitario privado.

Las tomas eran espectaculares, las imágenes llegaban a mi móvil con total nitidez. Tan lejos llego mi deseo por aquel cuerpo moreno, que poco a poco empecé a tapizar las paredes de la habitación, con las fotografías que mis cámaras captaban.

De más está decir, que el placer que experimentaba mientras me toqueteaba y veía las tomas, era algo fuera del espectro de la sexualidad.

Mientras esto ocurría, las cosas se tornaban enrarecidas a nuestro alrededor. Nora luego del comentario “del culito”, se notaba más suelta al dirigirse a mí. Tenía un tono de complicidad agradable, y aún no se explicar, si era solo mi percepción, o se aproximaba a mí cada vez que tenía la oportunidad.

Al fin un día tome valor, y entre risas y comentarios me lancé a la cacería. Fue tan exacta mi estrategia, que luego de bailar un par de bachatas sensuales y beber un par de tragos, aceptó acompañarme a la habitación.

—Marcos, cuando se cierre la puerta, todo puede pasar. —me dijo en tono cómplice, mientras acercaba su rostro al mío.

Yo no podía más, me cuidé de no encender las luces por aquello del decorado, y poco a poco la traté de llevar a mis terrenos de placer, donde tantas veces había estado sin que pudiera darse cuenta.

Me desboqué siguiendo la curvatura de su cuello, y entre gemidos largos y suspiros entrecortados, me exigió que continuara bajando y despeñándome en su exquisita anatomía. Obedecí como un obseso y entre más degustaba su piel con mi lengua, más fuerte se volvía mi deseo.

Estábamos a punto de adentrarnos en los escarceos más profundos, cuando me pidió parar. Y sin esperar mi aprobación, se encaminó al cuarto de baño.

Un sobresalto me vino, cuando escuché aquella pregunta ¿Qué es esto? Me aproximé a la puerta, y vi como contemplaba sorprendida sus fotografías desde diferentes ángulos.

No pude hablar, las imágenes de sus hoyuelos y su lunar, estaban por todas partes. Al ver regados por el piso trozos de papel de baño, intuyó cual era el origen de su contenido, ya desecado por el aire.

Me gritó “¡enfermo!”, y salió de ahí hecha una furia.

Al día siguiente, recibió mi carta de renuncia. Mientras en el móvil seguía recibiendo con claridad su imagen.

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