Por: Luis Rafael Moreira Flores
Recientemente, el auditorio de la Facultad de Ciencias y Humanidades de la Universidad de El Salvador (UES) se convirtió en un espacio de memoria, resistencia y profunda empatía. Estudiantes y activistas sociales se concentraron para ver un documental que retrata la labor de The Hands Up Project, una iniciativa que nació con el simple propósito de enseñar inglés y terminó convirtiéndose en un megáfono global para las infancias de Gaza y Cisjordania.
Detrás de este esfuerzo se encuentra la historia de Nick Bilbrough —conocido afectuosamente por sus alumnos como “Mister Nick”—, un educador inglés cuya vida dio un vuelco radical cuando decidió que la pedagogía y el arte podían cruzar las fronteras de la ocupación y el conflicto bélico.
La aventura comenzó en 2015. Nick Bilbrough viajó a Ramala, en Cisjordania, con la firme convicción de llevar un proyecto educativo de aprendizaje de inglés a través de métodos interactivos. Al principio, el proyecto se desarrolló a una escala muy pequeña. Trabajando con un reducido grupo de maestros locales, Bilbrough descubrió que las dinámicas teatrales no solo facilitaban el aprendizaje del idioma, sino que funcionaban como un canalizador de traumas y un espacio de libertad para una infancia asfixiada por el encierro geopolítico.
El éxito fue inmediato y expansivo. Lo que inició como una prueba piloto en unas pocas aulas fue apropiado por los mismos docentes palestinos en Gaza. Ellos mismos impulsaron varios equipos de voluntarios, llevando la experiencia a más escuelas públicas y centros de refugiados. Poco a poco, niños, niñas y adolescentes comenzaron a acercarse de manera voluntaria, ya no solo para aprender inglés, sino para ofrecer sus propias creaciones: poemas personales, cuentos tradicionales palestinos y relatos de su vida cotidiana. En 2017, el proyecto organizó un concurso nacional de obras cortas en inglés. Para sorpresa de los organizadores, recibieron 180 propuestas. Sin embargo, el crecimiento del proyecto desbordó las capacidades del voluntariado independiente, dando un paso formal al fundar The Hands Up Project (ONG).
La voz que rompió el silencio: «No somos terroristas»
Detrás de los coloridos dibujos, los cómics, las obras de teatro y los versos recitados frente a cámaras web de baja resolución, late una dolorosa realidad. Con el recrudecimiento de las hostilidades y los bombardeos constantes sobre la Franja de Gaza a lo largo de los años, varios de los niños, niñas y adolescentes que protagonizaron estas dinámicas educativas han fallecido.
Mister Nick relata con la voz quebrada que la parte más difícil de su labor no es el voluntariado, ni la falta de recursos, sino la pérdida de sus alumnos. Entre tantas vivencias, hay una que marcó el rumbo definitivo de su vida y de la organización. Durante una reunión virtual entre escuelas de Europa y un grupo de estudiantes en Gaza, una pequeña de tan solo 13 años se separó del grupo de actores, caminó decidida hacia la cámara, miró fijamente a la pantalla y pronunció una frase que resonará para siempre en la memoria colectiva del proyecto:
“Mister Nick, dile al mundo que no somos terroristas”.
Aquella niña no pedía ayuda humanitaria, comida ni ropa; pedía dignidad. Pedía que el mundo occidental dejara de deshumanizarlos y que sus historias, fueran escuchadas más allá de los muros y los alambres de púas.
Persecución política y el exilio
Llevar la verdad de las infancias de Gaza al continente europeo tuvo un costo sumamente alto para Nick Bilbrough. En su propio país natal, el Reino Unido, la difusión de estas narrativas y su defensa irrestricta de los derechos humanos de la niñez palestina desataron una fuerte persecución política.
Mister Nick fue señalado injustamente por sectores conservadores y acusado bajo la narrativa de «colaboración con el terrorismo». Esta estigmatización no solo afectó su reputación profesional, sino que escaló a nivel judicial, impidiéndole regresar a su patria. Hoy en día, Bilbrough vive bajo la sombra de complicaciones políticas que restringen su movilidad, equiparándose a la realidad de muchos líderes comunitarios y religiosos en el mundo que sufren prisión, exilio o persecución por defender la justicia social.
A pesar del exilio, la resiliencia de la red que construyó sigue intacta. Ante el cierre de puertas en Europa, la mirada de la organización se dirigió hacia un territorio que comprende muy bien el dolor de la violencia histórica. América Latina ha mostrado una gran sensibilidad hacia el proyecto. La historia de dictaduras, guerras civiles y procesos de pacificación inconclusos en la región permite que las sociedades latinoamericanas conecten de manera profunda con el drama del pueblo palestino.

En El Salvador, los resultados de este intercambio cultural y pedagógico han sido sumamente significativos. El mensaje de los niños de Gaza resonó con fuerza en la niñez salvadoreña, que también lidia con sus propias realidades de vulnerabilidad y exclusión social. En el marco de estas actividades, una niña salvadoreña conmovida por los cuentos de sus pares palestinos, escribió una carta de solidaridad con una frase que sintetiza la esperanza de este proyecto:
“Si los niños mandaran en el mundo, el mundo sería diferente”.
Este tipo de conexiones refuerza el objetivo a futuro de The Hands Up Project: expandir la metodología a más países del sur global, demostrando que el arte y la educación son herramientas de paz y transformación que los discursos de odio no pueden apagar.
Andrea Hernández, parte de la coordinación estudiantil de la UES que presentaron el documental en la Facultad de Ciencias y Humanidades, enfatizó la importancia de que la academia salvadoreña abra sus puertas a estos debates:
«Nosotras y nosotros nos reunimos para seguir en la solidaridad con Palestina, así como hemos estado haciendo murales y conversatorios en diferentes espacios. Es sumamente importante traer a la universidad estas temáticas, más cuando somos las juventudes las que proponemos este tipo de iniciativas de sensibilización social».
El evento concluyó con un foro de discusión donde los asistentes destacaron cómo el teatro de títeres, los cómics y la poesía salvan vidas, no siempre en el sentido físico, sino rescatando la identidad de aquellos a quienes la guerra intenta arrebatarles la voz.
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