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Mi primer héroe literario

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y Editor suplemento Tres mil

 

Para llegar a una meta es fundamental conocerla, saber a dónde uno se dirige es imprescindible antes de comenzar el camino. Por eso resulta necesario tener héroes, seres de carne y hueso que han recorrido el camino que nosotros pretendemos recorrer. Imitarlos y aprender de ellos nos puede ahorrar problemas.

Mi primer héroe literario fue César Vallejo, y no porque alguien me aconsejara leerlo. Fue producto del azar. Cursaba el séptimo grado donde nos mencionaban a los poetas Rubén Darío, Gustavo Adolfo Becquer y a Pablo Neruda, cuando mi amigo Edgar Nasser se acercó a mí con una página. Había fotocopiado la biografía del poeta peruano César Abraham Vallejo Mendoza y al saber que me agradaba escribir me brindó ese detalle. Sí, el gran exponente de la vanguardia literaria en América Latina.  Nasser lo había encontrado en una enciclopedia de su casa y le pidió a su mamá que se lo fotocopiara para obsequiármelo. Me impresiono porque compartía el apellido y tras algunas indagaciones dentro de mi familia paterna me contaron que mi bisabuela Adelina afirmaba que teníamos parentesco con el poeta peruano, así como también con los Vallejo de Honduras, Colombia y de México, entre otros. Tras el dato me llamó más la atención.

Confieso que no lo leí en ese momento, porque solo había obtenido su biografía. Un par de años más tarde compartíamos horas con Rafael Mendoza hijo, cuando su padre le llevó de regalo un hermoso ejemplar con tapa dura de las obras completas del poeta peruano. No me lo prestaron para llevarlo a mi casa, pero me permitieron darle un vistazo, así que en el tiempo en que lo tuve entre mis manos comencé a leerlo. Después encontré algunos de sus poemas en antologías diversas y en revistas.

Fue hasta que los escritores Giovani Galeas y Carlos Santos nos dieron acceso a la biblioteca de la revista Tendencias. Ahí me di gusto leyendo los poemarios Trilce y Los heraldos negros. Poemas que se enriquecían más con los comentarios de Santos, los que me motivaron a aprender de memoria algunos versos y a querer emular su altura (uno debe tener aspiraciones). Todavía hoy me impresionan sus versos: “Yo nací un día que Dios estuvo enfermo”, “… mi beso que es credo sagrado” y “… y en una sepultura/ los dos nos dormiremos, como dos hermanitos”, hasta sentí que compartía esa emoción, y por supuesto que me hubiera encantado que a mí se me hubieran ocurrido primero.

Cuando comenzamos a escribir buscamos modelos, queremos imitar los estilos de los autores que admiramos. Así me percaté de que mis coetáneos se ponían la piel de Vallejo, pero hasta que me prepuse a depurar mi trabajo me percaté que sin quererlo yo también entraba en el juego. Y ese descubrimiento me ayudó a crecer.

Siempre admiré el trabajo del autor de Trilce, pero me di cuenta que no quería estancarme en su estilo. Decidí experimentar con otros autores y escuelas. Al final cada héroe literario cumple con su misión al permitirnos ver el mundo con sus ojos, para después tomar los ojos de otros y así sucesivamente hasta encontrar definitivamente nuestra mirada. Una mirada que de seguro también llegará a cambiar en su momento.

28 02 19

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