MEMORIA FOTOGRÁFICA

CLARABOYA

 

Álvaro Darío Lara

  • Un homenaje a Vivian Maier

A Julio Ávalos, por nuestra juventud.

 

Desde niño además del fuerte gusto por los libros y la lectura; la fascinación por la pintura y las imágenes fotográficas fue muy poderosa. Quizás luego vino la música. Pero lo visual fue determinante en mi impresión primera del mundo.

En casa esto se facilitó mucho por el gusto de mi padre por las artes y el profundo sentido estético de mi madre, en la decoración, la jardinería, el dibujo y la confección de maravillosas creaciones en crochet. También hubo cámaras fotográficas desde siempre.

Yo disfrutaba mucho de los albúmenes familiares. Observaba con lupa los detalles, literalmente, e imaginaba el mundo tras esas composiciones familiares en blanco y negro, y en sepia. Me interesaban los ángulos, y lo que mis antepasados escribían más recientemente al dorso de las estampas, y más antiguamente sobre los mismos retratos, las sentidas dedicatorias.

Por ello siempre tuve a la mano una cámara de rollo, registrando mi juventud, mi vida familiar y adulta. El periodismo cultural también me exigió documentar, ambientar las entrevistas, las locaciones, todos los elementos que, desde su aparente mudez, nos hablan con ese lenguaje mágico detrás de los espejos de la aparente realidad.

Mi padre cultivó en mi corazón la devoción por la ciudad, por San Salvador, por sus calles y edificios, por sus barrios y colonias tradicionales.  No podía ser de otra manera, sansalvadoreños los dos: Papá del legendario y aguerrido barrio de El Calvario; Mamá, del Barrio de San Esteban, sus partidas de nacimiento apuntan:  1921 y 1928, respectivamente.

Ese culto a la ciudad del ayer, tenía como rito también el recortar y coleccionar la columna “Yo recuerdo que…”, que aparecía dominicalmente en un rotativo nacional. Era una fotografía en blanco y negro, pequeña, con una anécdota o crónica breve que, por lo general, enviaban los lectores, rememorando la ciudad vieja. Hice varios albúmenes que aún conservo de esos tiempos de niñez y adolescencia.

Los mayores en casa fueron buenos documentadores, fechaban y marginaban las imágenes con cuidado, pocas dan pie al misterio. Pero las había, y esas eran posiblemente, en virtud del enigma, las más atractivas.

En mi primer año universitario en la jesuita UCA, a inicios de los años ochenta, conocí a un querido amigo, compañero en la carrera de Letras, Julio César Ávalos, quien además de ser un gran lector de los clásicos franceses, y un amante y conocedor extraordinario de la música culta, y de la gramática y estilística de nuestra lengua materna y del inglés, era ya en esos juveniles años, un fotógrafo consumado. Y de la mano de Julio, se me reveló el arte de la fotografía más profesional, que Julio ejercía con maestría. Hermosos años, de grandes caminatas y largas conversaciones frente a tazas de café.

Con la casi extinción de las cámaras tradicionales por parte del gran público y la llegada de las cámaras digitales y de los teléfonos celulares, aparecieron otras posibilidades técnicas, otros descubrimientos que jamás negarán el arte de la fotografía convencional.

Hace unos años reparé en la obra de la gran fotógrafa norteamericana Vivian Maier (1926-2009), fallecida prácticamente en el abandono, en la pobreza, en el anonimato. Un anonimato que ella mantuvo durante toda su vida. Una vida que transcurrió entre Nueva York y Francia, en su niñez y juventud primera, y que luego correría principalmente entre la gran metrópoli y Chicago.

Maier se dedicó al oficio de niñera, con el cual se ganó la vida, habitando en los hogares donde trabajó en el cuido de los niños. Fotografiaba mucho y revelaba muy poco, sobre todo, en las últimas décadas de su vida. De esa forma acumuló gran cantidad de rollos, y otros objetos que guardaba compulsivamente: periódicos, libros, y artefactos que llamaban su interés.

Procedente de un hogar desintegrado, y con traumas que arrastraba desde sus primeros años, Vivian Maier, se afirmó en este mundo, mediante el arte fotográfico, que aprendió de manera autodidacta, y que fue perfeccionando a través del tiempo. Reservada, extremadamente callada, de casi nulas relaciones sociales, el mundo de la artista giró en torno a la gratificación y seguridad que le proporcionaba el ejercicio callejero de la fotografía. Sus imágenes nos hablan, en su mayoría, de la marginalidad humana, de los entornos pobres; pero también hay mucha vitalidad, humor, genial captura de la espontaneidad vital en su obra, que constituye un cuadro extraordinario de la vida de la sociedad norteamericana de Los Ángeles, Chicago y Nueva York, especialmente, de los años 50 y 60.

Entre 1959 y 1960 realizó un viaje por diversas ciudades del mundo, que enriquecieron de temas y ambientes su prolífica obra, silenciosa e inédita.

Fue hasta 2007, que su legado empezó a ser conocido, por la subasta pública de la bodega donde Maier guardaba sus tesoros, que terminaron vendiéndose por el impago.

Maier murió en abril de 2009, sin el reconocimiento artístico, ni el beneficio material de la obra de toda su vida. Fueron los compradores de sus materiales subastados y los coleccionistas, quienes divulgaron su trabajo y quienes, han obtenido los réditos económicos.

Pese a ello, y probablemente, sin imaginarlo jamás, Vivian Maier encarnó una de las genialidades del arte fotográfico del siglo XX, en Estados Unidos.

Su obra apretó el disparador del arte para dar luz a los entornos de la periferia social, al drama humano, al sin sentido existencial de las grandes urbes y a los objetos, que, gracias a la técnica fotográfica, son capaces de conmovernos tanto.

Ver también

UNA NOVELA QUE PERVIVE

Compartir        CLARABOYA Álvaro Darío Lara De cuando en cuando retornamos a la lectura de la novela …