Erick Zelaya*
Hay una frase que ahora se repite en los pasillos de muchos centros de trabajo: «el sindicato ya desapareció». Es lo que ahora se dice cuando despiden a los directivos sindicales, cuando bloquean la inscripción de su junta directiva, cuando cancelan espacios de negociación o cuando el miedo obliga a muchos trabajadores a guardar silencio.
Pero la historia del movimiento obrero demuestra que esa afirmación casi nunca es cierta. Los sindicatos no desaparecen porque una patronal o un gobierno lo decida, desaparecen únicamente cuando los trabajadores dejan de organizarse. Esa diferencia, que parece sencilla, explica buena parte de las grandes victorias sindicales del último siglo.
Quienes creen que el sindicalismo depende exclusivamente de un reconocimiento legal (y hoy hay muchos de esos) olvidan cómo nacieron muchas de las organizaciones obreras más importantes del mundo. Antes de tener oficinas, abogados o personerías jurídicas, existieron pequeños grupos de trabajadores que decidieron reunirse después de la jornada laboral para hablar de salarios, accidentes de trabajo, despidos y abusos patronales.
Así comenzó gran parte de la historia del sindicalismo moderno. Las primeras Comisiones Obreras, durante la dictadura franquista, no surgieron porque existiera libertad sindical. Nacieron precisamente porque esa libertad había sido suprimida. Los trabajadores encontraron formas de organizarse allí donde el régimen pensaba que había eliminado toda posibilidad de resistencia.
La enseñanza es sencilla: Cuando cierran una puerta, la organización encuentra otra.
En América Latina la historia tampoco fue distinta. Durante las dictaduras militares y los conflictos armados, numerosos sindicatos aprendieron que para sobrevivir debían construir algo mucho más fuerte que una estructura formal. Necesitaban una organización que no dependiera únicamente de una junta directiva, de un secretario general, de una oficina o de unas credenciales emitidas por el Estado; comprendieron que el verdadero sindicato era la red de trabajadores organizados.
Esa lección sigue siendo sumamente actual. En muchos países, incluido El Salvador, el debate sindical suele concentrarse en cuántos sindicatos existen, cuántos contratos colectivos permanecen vigentes o cuántas organizaciones logran inscribirse oficialmente, cuantos afiliados tienen, etc.
Todos esos datos son importantes, pero ninguno responde la pregunta fundamental.
¿Existe organización en los centros de trabajo?. Porque allí es donde se decide el futuro del sindicalismo, no en las oficinas del Ministerio de Trabajo, no en los escritorios, no en las redes sociales. Sino en los hospitales, las escuelas, las alcaldías, las fábricas, los mercados, las oficinas públicas y las empresas privadas. Es allí donde un trabajador convence a otro de que un problema individual casi siempre tiene una causa colectiva. Es allí donde comienza toda organización sindical.
Los gobiernos pueden dificultar la inscripción de un sindicato, pueden negar o atrasar las credenciales eternamente, pueden despedir dirigentes, pueden iniciar procesos administrativos, pueden suprimir plazas, pueden intentar aislar a quienes ejercen liderazgo. Todo eso puede debilitar temporalmente una organización, pero hay algo que ningún decreto puede eliminar: La solidaridad entre trabajadores.
Y es precisamente esa solidaridad la que convierte al sindicalismo en un movimiento social antes que en una simple institución jurídica. Quizá durante demasiado tiempo parte del movimiento sindical confió en que la estabilidad legal era suficiente para garantizar su permanencia.
La realidad demuestra lo contrario.
Cuando cambian las condiciones políticas, las organizaciones sobreviven únicamente si han construido una base amplia, formada y consciente. Eso significa volver a hablar de organización cotidiana, significa formar nuevos dirigentes antes de que hagan falta, compartir responsabilidades, crear equipos y no caudillos, promover la participación de mujeres, población de la diversidad, jóvenes y nuevos trabajadores, fortalecer la educación sindical, recuperar la conversación permanente con quienes todavía no participan. En definitiva, reconstruir el sindicato desde abajo.
Porque un sindicato fuerte no es aquel cuyo secretario general habla más fuerte, o quien tiene mejores relaciones con el ministro de trabajo, es aquel donde cientos de trabajadores saben organizarse incluso cuando sus principales dirigentes ya no pueden hacerlo.
Ese es el sindicalismo que más teme cualquier gobierno autoritario, no porque tenga grandes recursos económicos, sino porque resulta mucho más difícil de destruir.
La historia demuestra que encarcelar dirigentes no elimina las causas del conflicto laboral. Silenciar voces críticas no mejora las condiciones de trabajo. Cerrar espacios democráticos no hace desaparecer las demandas de justicia social.
Al contrario, con frecuencia, esas medidas obligan al movimiento sindical a regresar a sus formas más elementales de organización. Y, paradójicamente, es allí donde suele recuperar buena parte de su fuerza.
El sindicalismo necesita seguir defendiendo la libertad sindical en todos los espacios posibles: en los tribunales, en los organismos internacionales, en la opinión pública y en el diálogo social. Pero ninguna de esas herramientas sustituye la organización diaria de los trabajadores.
Porque la libertad sindical no comienza cuando un ministerio firma una resolución. Comienza cuando dos trabajadores deciden que ya no enfrentarán solos los problemas que comparten.
Por eso conviene recordar una verdad que la historia confirma una y otra vez.
- Los gobiernos pueden negar el reconocimiento de un sindicato.
- Pueden negar las credenciales a su junta directiva
- Pueden intentar debilitarlo.
- Incluso pueden obligar a algunos de sus dirigentes a marcharse al exilio.
Lo que no pueden hacer, mientras exista conciencia colectiva, es impedir que los trabajadores vuelvan a organizarse. Esa ha sido siempre la mayor fortaleza del movimiento obrero.
Y probablemente seguirá siendo la principal esperanza para quienes creen que el trabajo digno, la libertad sindical y la justicia social no son concesiones del poder, sino conquistas de la clase trabajadora.
Hoy, más que nunca, es tiempo de volver a lo esencial. No esperar que otros hagan el trabajo organizativo por nosotros, sino asumir la responsabilidad de reconstruir el tejido colectivo desde donde siempre nació el sindicalismo: el lugar de trabajo.
Que dos o tres compañeros conversen sobre los problemas comunes ya es un primer paso. Que compartan información, estudien sus derechos, se apoyen mutuamente y piensen de forma colectiva cómo mejorar sus condiciones laborales es el inicio de toda organización. Así comenzaron muchas de las experiencias sindicales que hoy forman parte de la historia del movimiento obrero.
Ese es el desafío de nuestra época: reconstruir la confianza entre compañeros, formar nuevos liderazgos, multiplicar los espacios de encuentro y hacer que cada centro de trabajo vuelva a convertirse en una escuela de solidaridad y organización.
Hoy el desafío consiste en volver a reconstruir la organización desde donde siempre nació la fuerza del movimiento obrero: los centros de trabajo. La historia demuestra que, cuando la libertad sindical ha sido restringida o perseguida, los trabajadores han sabido preservar sus organizaciones creando pequeños núcleos de confianza, fortaleciendo la formación y manteniendo vivos los lazos de solidaridad.
En esas circunstancias, las formas discretas o semiclandestinas de organización surgieron como una respuesta para proteger a las personas y garantizar la continuidad del movimiento, sin abandonar nunca el objetivo de ejercer abierta y plenamente los derechos sindicales cuando las condiciones lo permitieran.
Esa experiencia histórica conserva plena vigencia. Organizarse con cautela no significa resignarse ni retroceder; significa actuar con inteligencia para proteger a quienes asumen el compromiso de defender los derechos de la clase trabajadora. Es tiempo de formar pequeños grupos de confianza, estudiar la legislación laboral, fortalecer la formación sindical, compartir información y difundir el conocimiento de los derechos entre compañeros con responsabilidad y prudencia. Cada trabajador informado y consciente puede convertirse en un punto de apoyo para que otros pierdan el miedo, comprendan la importancia de la organización y fortalezcan la solidaridad en su lugar de trabajo.
Ningún período de persecución ha logrado borrar definitivamente la voluntad de una clase trabajadora organizada. Las organizaciones pueden ser golpeadas, sus dirigentes perseguidos y sus espacios reducidos, pero mientras existan trabajadores capaces de organizarse con determinación, cuidar a sus compañeros y mantener viva la conciencia colectiva, siempre habrá futuro para el movimiento sindical.
Esa ha sido la enseñanza de las grandes luchas obreras y también debe ser la esperanza de nuestro tiempo: la organización desde la base, construida con inteligencia, unidad y perseverancia, seguirá siendo el camino más firme para conquistar y defender la dignidad, la libertad sindical y la justicia social.
*Luchador social, Sindicalista en El Exilio y Columnista
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