CLARABOYA
Prólogo del libro: “Cuentos del caracol y la lluvia” de Gustavo Pineda.
Álvaro Darío Lara
En una ocasión una anciana indígena salvadoreña conocida cariñosamente como Mamá Giña, entre otras historias, me contó muy segura de sus palabras, que los ancestros, los “indios grandes”, cuando necesitaban transportarse a través de largas distancias, se reunían, decían sus oraciones secretas, al tiempo que fumaban con fruición sus gruesos puros.
Las nubes de humo se formaban en el acto, y los llevaban hasta donde ellos querían. Así sentenciaba Mamá Giña.
Algo similar he experimentado con la lectura de este conjunto de cuentos y relatos del querido amigo e indigenista Gustavo Pineda (1962), titulado: “Cuentos del caracol y la lluvia” (CELDAS, Ediciones), a quien conozco desde finales de mi adolescencia y primerísima juventud, en los primeros años de la década del ochenta, década tan turbulenta como maravillosa.
Estas narraciones, sin duda, nos han hecho viajar sobre distintos territorios del actual país. El país soñado de lagos y volcanes, de intensas luces, cromatismos y sensaciones.
También mi memoria se traslada a esa vida nocturna y bohemia del San Salvador de ayer, y ahí encuentro al Gustavo de ojos muy vívidos, complexión atlética, negrísimo cabello, peinado hacia atrás y barba de mosquetero a las fieles órdenes del glorioso D’ Artagnan.
Y, sobre todo, lo recuerdo muy afable y lleno de un infinito asombro, que por la gracia de los dioses no ha perdido.
Eran los tiempos de las largas tertulias literarias, el tiempo de los “Maeses”, en el decir del poeta Carlos Santos, en cuyo derredor nos agrupábamos un pequeño círculo de jóvenes inquietos por la poesía y las artes, entre ellos: Mauricio Berganza (+); mis primos Edwin Pastore y Oswaldo Caminos; y desde luego, Gustavo. Otra poderosa figura que nos religaba por su silente presencia poética y amistad, era el escritor Ricardo Lindo (+).
Ahora, Gustavo nos ofrece su libro “Cuentos del caracol y la lluvia”, que contiene catorce piezas narrativas, como olorosos frutos tropicales al paladar y goce de los hombres y mujeres que son como niños, y desde luego, a los niños de todos los tiempos. Pero también como un sentido homenaje a los pueblos originarios de lo que ahora conocemos como El Salvador, y que en el pasado mesoamericano fue el hogar de varios grupos étnicos, que cultivaron la tierra, adoraron a sus deidades, hicieron la guerra y también vivieron años de paz. Grandes Señores de los árboles, del agua, del fuego, del viento, del barro primigenio; conocedores de los misterios de la vida y de la muerte.
Ese mundo, su cosmología, su cosmogonía, el rostro sufriente de sus descendientes, fascinó y conmovió siempre a Gustavo. Lo volvió admirador y coleccionista de su arte, de su cerámica, de su música, siguiendo su huella en el sincretismo colonial. Por ello su extraordinaria devoción por los “historiantes”, por los bailarines, actores, que con sus danzas cuentan las memorables batallas entre moros y cristianos. Historias que nos llegaron por vía de las carabelas; abordo de esas fantásticas embarcaciones que vinieron del otro lado del mar.
En medio de un país que vivía una guerra, Gustavo, acompañó al recordado poeta Ricardo Lindo, por los pueblos, a la caza de las historias, de la música, de los bailes, y de los parlamentos fabulosos, para que no se olvidaran nunca, para que llegaran hasta nosotros. Y en su alma de poeta, aquellas narraciones, aquella mirada de nuestra gente, aquel arte, caló muy hondo.
A veces el contacto con ese universo, con esa antigua cosmovisión, se alzaba en un poema; otras veces se convertía en su aguerrida lucha –como hombre de leyes- contra la injusticia y en la defensa de los indígenas centroamericanos; muchas veces, en su silencio; y en su ingreso, finalmente, al oficio sacerdotal maya, donde fue consagrado y reconocido por la religión de los pueblos del Jaguar y de la Serpiente.
Nuestro autor escribió versos desde su juventud, su propensión poética, manifiesta también en su fervor por la música y en una atávica espiritualidad, mereció el primer lugar, en la rama de poesía, en el Festival Oswaldo Escobar Velado, organizado por el entonces Centro Universitario de Occidente (ahora Facultad Multidisciplinaria de Occidente de la Universidad de El Salvador), en 1990, siendo jurados en esa ocasión, los grandes escritores y recordados poetas: Matilde Elena López, Salvador Juárez y Francisco Andrés Escobar, todos de grata memoria.
Gustavo Pineda es autor de los siguientes títulos: “El reconocimiento legal de los pueblos indígenas de El Salvador” (Investigación, Editorial Universidad Don Bosco, 2021 y 2023); “Manual de derechos indígenas” (Museo de la palabra y de la imagen, 2010); “Códice Coatepec” (Poesía. Editorial La Zebra, 2022); “¿Cómo nace una laguna?” (Narración dentro de la “Colección árbol de fuego”, Dirección de Publicaciones e Impresos 2022); “¿Cómo nace el maíz?” (Narración, dentro de la “Colección árbol de fuego”, Editorial El Salvador, 2022) y “Libro de oraciones” (Poesía. Editorial La Zebra, 2023).
Y es el mismo pálpito el que recorre, de forma vertiginosa, las páginas de estos libros: la pasión por el pasado y el presente de la cultura mesoamericana.
Estas narraciones están ambientadas en la tierra profunda del ayer, en la voz de los niños y los mayores, donde como en un paradisíaco vergel sobrevuelan los coloridos y sobrenaturales pájaros de una imaginación que se confunde con la extraña realidad cotidiana.
Así tenemos a la ceiba “que era vieja pero aún florecía pues el tiempo de ella no era el tiempo de los hombres”. La simbólica ceiba, el árbol de la vida, que representa la interconexión entre los planos de lo terreno y lo divino; el tigre y el venado que siguen danzando la danza inmortal del victimario y de la víctima por los caminos polvorientos del antiguo pueblo de San Antonio Abad, como lo recordamos en una borrosa imagen ya muy distante.
En sus narraciones Gustavo persigue a Cipitzín, el niño rayo, que, con sus pies al revés, prosigue coronando de flores a las niñas y a los niños.
Y hay jóvenes indígenas, los ágiles Muchachos de la Lluvia, que, gracias a sus artes y con la ayuda de la Cuyancúa, logran recuperar para todos, el milagro del agua.
Y hay abuelas, también, muy viejas y sabias, grandes matriarcas, molenderas y formadoras como la Abuela Managuara. Y caracoles a través de los cuales se escucha el mar.
Y mitos fundacionales, como la tierra prometida, que es Cacaopera. Tierra que guarda maravillosos tesoros como el río Torola, el henequén, el maíz y el cacao.
Y pequeños príncipes como Francisco, que regala por artificio del Cerro El Chulo, hermosas flores a su madre, allá en el bello poblado de Panchimalco.
Imágenes de gran pureza lírica se evidencian en este volumen: “La luna creciente apenas daba una pequeña orilla de luz y entre las sombras burlonas del platanar, Papa Tacho, el abuelo de Juan, se adentraba en silencio como si fuera un pez hundiéndose en las aguas verdes de la huerta de guineos que tenía en su casita, a la orilla del mar. Luego, se escuchaba una música extraña que parecía volar como los ojos de los tecolotes”. (Fragmento de: “El canto de la jícara”).
Este libro surge del más generoso barro. Y guarda una noble deuda con el “Popol Vuh”, leído y releído por el autor de marras; con la obra vernácula de Salarrué; con la tradición recogida por Miguel Ángel Espino en su poético volumen “Mitología de Cuscatlán”; con la gran poesía de Pedro Geoffroy Rivas (“Yulcuicat” y “Los nietos del jaguar”) y desde luego, con Ricardo Lindo, el poeta de “Jardines”, “Lo que dice el río Lempa” y “El esplendor de la aldea de arcilla”.
Esa tradición se hermana y se reconoce en “Cuentos del caracol y de la lluvia” de Gustavo Pineda.
Los temas de la fertilidad, la fugacidad de la existencia material, la creación, la figura totalizadora de la madre; la unidad del ser humano con el mundo animal y natural; el fuerte vínculo intergeneracional de la cultura salvadoreña; el triunfo de la vida sobre la muerte; los cuatro elementos vitales; y especialmente, la presencia de la cultura del agua en Mesoamérica, son algunos de los que el pájaro “Lero lero Chocolatero” me permitió advertir en un rápido vuelo, como la vida, cuando subí a su portentoso cuerpo de encendido plumaje, y volamos sobre las páginas de esta obra de Gustavo Pineda.
Se une a esta nueva entrega bibliográfica del autor, la artista Sharon Sigüenza con sus bellísimas ilustraciones, de donde emergen los seres más encantadores y dulces, que logran un especial diálogo con los textos.
El continuar tallando esta palabra, con paciencia y cuido técnico, le llevarán, si así lo hace, a formidables sorpresas con la literatura.
Siempre es el dominio del todopoderoso lenguaje (más allá de las historias, por más seductoras que éstas sean) la clave de este oficio.
“Magia hubo en nuestras manos/ ¡Oh Dador de la Vida!” evoca al inicio el poeta Ricardo Lindo, en su poema “El pintor”, desde esa pieza de arcano jade, que es su libro “Jardines”.
En efecto, con manos mágicas ha creado Gustavo este libro, uniendo el pasado con el presente; haciendo sonar una dulce melodía con el pito y el tambor del verdadero Hacedor.
Larga vida a él, que, como todos los auténticos cantores, continúan su labor, infatigables y felices, en esta Casa de las Criaturas, obsequiándonos las delicadas flores de su creación.

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