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Lula, un superviviente que promete un “Brasil feliz de nuevo”

Río de Janeiro (Brasil)/Sputnik

El expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2011) partía como favorito de cara a las elecciones presidenciales que Brasil celebró el domingo, y si bien logró tener la mayoría de votos no superó el 50 por ciento para ganar en primera vuelta: deberá medirse en un balotaje con el actual jefe de Estado, Jair Bolsonaro, el 30 de octubre.

Lula cuenta con el 48,43 por ciento, que representa 57.257.473 votos. A su vez, el actual mandatario brasileño Jair Bolsonaro lleva 43,20 por ciento, es decir 51.071.106 sufragios.

En sus mitines era común ver gorras y camisetas con la frase “Make Brasil 2002 again”, una reinterpretación irónica de la conocida frase del exmandatario estadounidense Donald Trump (2017-2021) que evoca la primera victoria electoral de Lula. En sus discursos, el expresidente prometió volver al Brasil en que millones de personas abandonaron la miseria y los hijos de los albañiles o las limpiadoras empezaron a entrar en la universidad.
Pocas promesas de futuro y muchas apelaciones a los recuerdos de la bonanza económica de los primeros años 2000. Lula no tiene problemas en recordar que dejó la presidencia con más del 80 por ciento de aprobación y dice estar dispuesto a reconstruir Brasil, a pesar de que el país y el mundo han cambiado y los desafíos ahora son diferentes. “Ya lo hicimos una vez y lo volveremos a hacer”, suele repetir.
El líder del Partido de los Trabajadores (PT, izquierda) estuvo en campaña prácticamente desde que dejó la cárcel a finales de 2019 por presuntos delitos de corrupción. El pistoletazo de salida definitivo se dio en abril de 2021, cuando el Tribunal Supremo anuló las condenas que pesaban contra él, le devolvió los derechos políticos (o sea, la posibilidad de presentarse a unas elecciones) y reconoció que el juez que lo había condenado (Sérgio Moro, después ministro de Bolsonaro) no actuó de forma imparcial.
Para Lula, eso fue un gol en toda regla, un capital político que supuso el triunfo de su relato de que había sido víctima de una persecución política que tan solo buscaba apartarle de las elecciones de 2018. Ya en la calle y aclamado por sus seguidores, Lula se enorgullece de no haber cambiado su “dignidad” por la “libertad” y se esfuerza en repetir que no guarda rencor y que lo que quiere es unificar el país.

AMOR Y ODIO
Lo tiene difícil, en un Brasil extremadamente polarizado, donde muchos lo aman y otros tantos lo odian. Los adversarios de Lula lo llaman “expresidiario” y recuerdan los escándalos de corrupción que marcaron los gobiernos del PT. Lula intenta esquivar las críticas afirmando que todos esos escándalos solo salieron a la luz porque el propio PT cuando estuvo en el poder dio libertad total a policías y fiscales, al contrario de lo que hace ahora Bolsonaro.
En todo caso, el ahora candidato ha preferido no enzarzarse en discusiones sobre corrupción (ese tema estuvo muy presente en las elecciones de 2018, pero menos este año, donde el hambre domina entre las preocupaciones de los brasileños) y centra buena parte de su discurso en atraer a los votantes de centro o incluso derecha descontentos con Bolsonaro.
Dentro de esa estrategia tuvo una importancia vital el fichaje del exgobernador de São Paulo (sureste) Geraldo Alckmin como candidato a vicepresidente. Antiguos rivales (llegaron a enfrentarse en las elecciones presidenciales de 2006), la unión entre ambos es el principal símbolo que esgrime el PT de la necesidad de unir a todos los demócratas frente al bolsonarismo.
Previo a la votación del domingo, Lula fue sumando apoyos importantes fuera del espectro progresista más obvio. Y en las últimas semanas, los esfuerzos se centraron en conseguir el voto útil de los electores que pretendían votar al laborista Ciro Gomes o a la senadora de centro-derecha Simone Tebet, a pesar de sus escasas opciones. Seguramente mantenga la misma estrategia de cara al balotaje.

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