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Leer juntos un libro

Mauricio Vallejo Márquez

coordinador

Suplemento Tres mil

Las sorpresas que más me agradan al tomar un libro y comenzar a hojearlo es ver en su portadilla la firma de mi papá. Libros que se habían perdido entre anaqueles que dan testimonio que mi papá lo tuvo en sus manos y lo leyó. Úrsula Escobar afirma que él no firmaba un libro hasta que lo había leído. Cada libro firmado es la marca que dejó de su crecimiento intelectual, medical cialis como un recuerdo para que alguien como yo lo atesorara. Así me fui encontrando libros de su pertenencia en las bibliotecas de mis abuelas y en un par de ocasiones en ventas de libros de segunda mano. Los ejemplares cada día van en aumento.

Su firma apenas muestra la “M”, hospital cialis una raya y una “o” al final, y ver esa firma me hace sentir que andamos por el mismo camino, al menos le sigo los pasos con 30 años de diferencia, y leemos el mismo libro. Con los años he leído mucho libros de diversos autores, libros que él no soñó encontrarse; pero sigo viendo lejos el leer todos los libros que dejó. Aún no leo la mitad de estos, sin contar los que pidió prestados de las Bibliotecas o que le facilitaban sus amistades. Mi abuela materna le apoyó ese amor a la literatura y le abrió créditos en las diferentes librerías, por lo que mi papá tenía acceso a todos los libros que quería. Gran regalo que le dio mi mamá Yuly, y que indirectamente me dio a mí.

Sin embargo, leer es un placer además de un aprendizaje. Con esa pasión de conocer me voy moviendo de un libro a otro. La lista pendiente es larga, pero procuro saldar esa deuda al mismo tiempo que voy indagando en esa curiosa biblioteca inclasificada que mi padre dejó firmada con pistas para descifrar su camino.

Es curioso que compartimos gustos con mi papá. Él tenía 23 años cuando lo desaparecieron y asesinaron, yo apenas uno y medio. ¿Qué pudo enseñarme? ¿Qué más valioso que su ejemplo?  Y comenzamos sin pensarlo, como él.

En casa la gente no veía con buenos ojos que me dedicara a la literatura, por aquella verdad escrita en piedra: “el escritor se muere de hambre” o es perseguido. Quizá tienen toda la razón en un país como el nuestro que mata a sus poetas con balas o con pasarlos por alto, pero hay grandes riquezas en dedicarse a lo que uno ama. Al igual que él me salí de los esquemas que se esperaban para mi (ser médico, empresario o abogado). Aunque estudié derecho, siento mayor nobleza en el estudio de los libros literarios que en los protocolos. Me agradaría disfrutar una audiencia o la litis, así como seguir estudiando la teoría del Estado y las doctrinas políticas. Pero lo que en verdad me hace sentir vivo es dedicarme a la literatura y al pensamiento.

Escribir es algo fundamental para ser escritor, pero aún más determinante es leer. Gracias a la lectura no solo enriquecemos nuestra cultura, también observamos como escriben los autores para luego descubrir sus técnicas y recursos. Siempre es un aprendizaje, además de un placer.

Bueno, seguimos el camino del que firmaba los libros, leyendo, sobre todo leyendo.

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2 Comentarios

  1. Mi gran pasión después de mis veinte años, edad en la que comencé a leer y recuerdo que fue el libro de Los Miserables, de Víctor Hugo. Unos cuatro años antes, leí El Viejo y El Mar que apareció por primera vez en La Bohemia, la vieja revista cubana (1956) pero me fue difícil interpretarlo aunque nunca olvidé el nombre de Santiago y los escenarios descritos en la obra. Yo estudiaba el tercer grado, nocturno en la Escuela Joaquin Rodezno. A mis casi 77 años de edad, me siento muy triste cuando me es imposible leer al menos unas cincuenta páginas diarias de un libro.

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