Por: Luis Rafael Moreira Flores
En las carreteras de El Salvador, el movimiento de bienes y personas jamás se detiene. Sin embargo, detrás del flujo constante de mercancías y de los miles de pasajeros que se desplazan diariamente hacia sus trabajos, existe una realidad invisible y crítica: las extensas jornadas laborales de quienes conducen el transporte pesado y colectivo. Mientras la legislación nacional establece una jornada ordinaria máxima de ocho horas diarias o cuarenta y cuatro semanales (con amenazas de cambio), los datos estadísticos y el panorama operativo dibujan un escenario completamente diferente. Los motoristas de tráileres, camiones de distribución y autobuses se encuentran entre los trabajadores que más horas acumulan en el país, enfrentando dinámicas laborales que convierten el cansancio extremo en un riesgo latente para toda la sociedad.
El análisis de las estadísticas del Banco Central de Reserva (BCR), a través de la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples, combinadas con los registros sectoriales del Ministerio de Obras Públicas y Transporte (MOPT), así como los estudios del PIB que refleja al Sector Transporte como segundo sector en el crecimiento económico (entre la Construcción y el Turismo), refleja una clara sobrecarga de trabajo en la rama del transporte. Más de la mitad de los trabajadores vinculados al sector informal y a las labores de conducción exceden con frecuencia el límite legal de cuarenta y ocho horas semanales, situando a un porcentaje considerable por encima de las sesenta horas de trabajo a la semana. Esta cifra no es casual, sino el resultado directo de la estructura operativa de cada modalidad de servicio.
En el caso del transporte colectivo de pasajeros, la jornada de un motorista suele comenzar a las cuatro de la mañana y extenderse hasta pasadas las ocho de la noche. La dinámica de cobro por cuota diaria o «por vuelta» obliga al conductor a permanecer en la calle entre doce y dieciséis horas continuas. Las pausas son breves, no existen turnos de relevo estandarizados y la exigencia de cumplir metas económicas inmediatas incentiva a prolongar la marcha sin el descanso biológico adecuado.
Por su parte, los conductores de camiones de distribución comercial y regional promedian entre diez y catorce horas diarias de labor. En este renglón, el tiempo al volante no es el único factor de desgaste. La jornada incluye largas horas dedicadas a la carga y descarga manual de productos en bodegas o comercios locales, a menudo bajo esquemas de pago por flete o tonelada transportada. Esta modalidad presiona al trabajador a realizar la mayor cantidad de viajes posibles en el menor tiempo, reduciendo los márgenes de recuperación física.
En el escalón más alto de la carga pesada, los motoristas de tráileres y transporte internacional enfrentan jornadas de hasta dieciocho horas seguidas a disposición de su patrono. Aunque la conducción efectiva oscila entre ocho y diez horas, el tiempo de trabajo no se detiene cuando el vehículo se apaga. Las prolongadas esperas en aduanas terrestres como Anguiatú, El Amatillo, La Hachadura, entre otras, sumadas a los trámites en puertos y puntos de acopio, obligan al trabajador del volante a mantenerse en vigilancia constante dentro de la cabina. Este tiempo de espera en condiciones ambientales adversas, sin acceso a un descanso reparador ni a instalaciones adecuadas, genera un agotamiento acumulativo que perturba directamente la capacidad de reacción.
El impacto directo de esta fatiga crónica se refleja de manera dramática en la siniestralidad vial. Cifras del Observatorio Nacional de Seguridad Vial (ONASEVI) instancia que coordina con el MOPT y el VMT, indican que el transporte pesado de carga acumula en lo que va del año más de mil cien accidentes de tránsito, promediando alrededor de cuatro colisiones diarias en el territorio nacional. La somnolencia al volante, la disminución de los reflejos y la pérdida de concentración (consecuencias directas del cansancio acumulado) figuran entre los detonantes fundamentales de estos siniestros, aunque frecuentemente se clasifiquen bajo conceptos genéricos como la distracción del conductor.
Ejemplos recientes demuestran la magnitud devastadora de estos percances cuando involucran vehículos de gran tonelaje. Tragedias viales ocurridas en tramos de alta carga vehicular, como el bulevar Constitución o las inmediaciones del paso multinivel Integración y la carretera Los Chorros, han dejado múltiples víctimas mortales, decenas de heridos y más de una docena de vehículos destruidos tras la embestida de camiones y volquetas cuyo control se perdió por completo. Cuando un vehículo de varias toneladas impacta a alta velocidad o pierde la capacidad de frenado en una pendiente, la falta de una respuesta rápida por parte del conductor (por el agotamiento) transforma un incidente prevenible en un choque catastrófico de grandes proporciones.
Ante esta problemática, el debate en torno a nuevas propuestas de flexibilidad laboral que plantean jornadas de hasta once horas diarias cobra una dimensión alarmante. Si bien estas iniciativas buscan adaptar las dinámicas de contratación al mercado, aplicar o formalizar esquemas de once horas en sectores de alto riesgo como el transporte de carga y pasajeros resultaría contraproducente. La evidencia biológica e industrial demuestra que después de la octava hora continua de labor, la atención decae significativamente y la probabilidad de cometer errores operativos aumenta.
Aprobar o normalizar turnos extensos en labores que exigen máxima concentración significa ignorar la realidad fisiológica del cuerpo humano. De consolidar la propuesta hacia jornadas de once horas, el resultado previsible no será una mayor productividad, sino una multiplicación del riesgo en la red vial. Mantener a los trabajadores manejando en el límite del agotamiento se traducirá inevitablemente en un incremento de los accidentes de tránsito y en un aumento de los siniestros laborales en carreteras, cobrando un alto precio en vidas humanas y reafirmando que la seguridad vial depende de las condiciones en que trabajan quienes mueven al país.
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