Del libro inédito “Un Alma frente al Espejo”
Por Julio Enrique Ávila
Pedro Pablo vino a mí. Buscaba el cilicio de la confesión para quedarse puro. Con un desesperado esfuerzo llevó su alma hasta los labios y habló. Sus palabras venían tan cargadas que parecían arrastrarse.
Me dijo:
“Estoy solo… Solo… Solo…! En esta agobiante soledad total – soledad de cuerpo y de espíritu- mi alma saborea el amargo deleite de existir, de ser. Es tan amarga la certidumbre de existir, de existir de verdad, que se busca el bullicio, la compañía, el olvido de sí; de igual modo que se anhela la penumbra y aún la sombra cuando se teme la plena claridad. Las asperezas, las aristas, las deformidades, se muestran terribles bajo un sol inmisericorde; la sombra las suaviza, las disimula, las esconde.
¿Puedes imaginarte el aterrador espectáculo de estas asperezas y estas deformidades, vistas por UNO en UNO mismo, con los ojos y la conciencia, sin paliativos y sin velos? Este retrato, que me muestra mi cuerpo lleno de vanidad y mi alma llena de llagas como un Job, me produjo, al principio, un mareo y una zozobra aplastantes; más tarde, una desesperación casi trágica; y por último, ya hermanado con mi miseria, una lenta conformidad.
Me comprendo irremediablemente perdido; me sé irremediablemente perdido; y sin embargo he llegado a amar esta soledad, a amar con un delirio patológico, esta soledad amarga, que me permite hacerme compañía a mí mismo, conocerme, tratarme, y… quizás, si esto fuera posible, hasta perdonarme…”
II
“No es la tristeza la que me abate, porque he llegado a amarla de tal manera que la alegría me causa zozobra y me aflige grandemente. La tristeza me sabe a paz, a tranquilidad, a conformidad sin ilusión y sin angustia. Además para el que se encuentra solitario- solitario en espíritu- no hay otro amparo ni otra compañía posible que la tristeza. No es eso, no, lo que me lleva a la pesadumbre y a la desesperación. Ni siquiera que he sido tan feliz y que todo lo he perdido. Que ansié mimes y ternura y fui mimado; que soñé y fue mi ensueño realizado; que amé- ¡y amo. Oh, Dios mío!- y que mi amor fue colmado con el júbilo infinito de la comprensión. No, tampoco la dicha en ruinas es lo que me acongoja. El hierro al rojo vivo en que se retuerce mi corazón es el pensar que en mis manos estuvo un destino y que lo he destrozado. ¡- No mi destino, sino otro destino! Mis manos ardientes secaron la rosa que les fue confiada. Convertí una sonrisa en un lamento, un vaso de agua cristalina es un cáliz de sangre. A un alma inerme, de pétalos, la arropé con una túnica de cardos. MI OBRA, la obra para que estaba reservada mi vida era su FELICIDAD y al no saber hacerla feliz mi vida ya no tiene objeto…
¿Comprendes ahora? ¿Comprendes la magnitud irremediable de mi fracaso?
Y lo peor es que yo he nacido solamente para crear y glorificar ESA felicidad. Que he venido desde antes de la vida SOLO para construir ESA felicidad. Que he puesto mi espíritu y mi cuerpo, mi conciencia y mi sentimiento, mi razón y mi alma al servicio de esa felicidad. No podía engañarme porque mi felicidad dependía cabalmente de ESA felicidad a mí confiada…
¿Y entonces?… ¡Entonces!…”
III
“¡Entonces!… Si esto no hubiera sucedido, nuestra vida sería tan plácida, tan maravillosa, que no se puede ni concebir por imposible… ¡Es acaso el castigo que Adán y Eva nos legaron! Si esto no hubiera sucedido, si nuestras almas se hubieran fundido por la comprensión, no viviéramos ya en vida humana, pues la tierra, matriz de sufrimientos y de purificación, no nos habría soportado, pues seríamos mejores que ella.
¡Somos como dos diminutos guijarros arrastrados por la corriente impetuosa, nos encontramos, nos abrazamos con ansias de hacer eterno este abrazo, pero, pese a nuestro amor sincero y constante, la corriente nos separa nuevamente!…
Pequeños guijarros perdidos en la corriente impetuosa. – nuestro pecado es amarnos demasiado, amarnos demasiado para lo que es permitido amarse en la tierra; y nuestro castigo es no poder realizar la felicidad de este amor magnífico, demasiado bueno para la concepción de la dicha humana, y por lo tanto imposible… ¡Imposible!…”
IV
“Pero esta conformidad nada tiene que ver con el olvido. Todo lo contrario, vive prendida al recuerdo como el náufrago al trozo de manera; y este es el encanto de mi dolor, de mi dolor constante e invariable. Si ella rezuma gracia y ternura, si todo en ella, hasta sus ademanes, es dulce, ¿cómo no será dulce su recuerdo que pone ante mi pensamiento el bien que se me fue, el paraíso perdido?
Su recuerdo me renueva constantemente el sufrimiento, pero he llegado a sentir que este dolor que me permite vivir a su lado – en espíritu- es la única compensación que me queda… ¡La única razón para este amor desesperado y para esta dicha imposible!
A ratos me confundo. De tanto vivir añorando no sé ya a quien es que más amo, si a ella o a su recuerdo! Ella que solo me dio mimos, que fue el presente venturoso; o su recuerdo que es el tesoro de mi miseria, la única riqueza de mi espíritu desnudo. La única riqueza, pero … ¡qué riqueza, Dios mío!….
EL Diario de Hoy, Domingo 12 de enero de 1941
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