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La sociología y el monstruo de la pandemia

René Martínez Pineda
Sociólogo

Las consecuencias de la guerra contra la pandemia –porque eso es, una guerra sin cuartel- han puesto en claro que no sólo es un enfrentamiento sanitario, sino que ha sido convertida en una guerra contra la mayor desigualdad social que quiere imponer el capitalismo digital aprovechando la coyuntura de encierro. No se puede negar que el virus ha trastocado los principios de la sociedad –tal como la conocemos o sufrimos- y sus lógicas de comportamiento. Y es que las relaciones sociales y de poder han tenido una escabrosa metamorfosis –para decirlo con Kafka- y las personas -tan dadas a verse, olerse y tocarse la cara de forma real- se han visto obligadas a encerrase y desconectarse del otro perdiendo valiosos espacios y tiempos de socialización y, lamentablemente, no hay una vacuna para recuperar el tiempo perdido ni los besos no dados.

Frente a tan acelerados procesos de transformación social, económica, política y cultural se ha vuelto más que necesario el auxilio de la sociología –en particular- generando investigaciones y espacios de debate que permitan explicar, analizar y comprender las metamorfosis que están teniendo lugar en áreas que van desde lo subjetivo e individual hasta lo estructural colectivo. De esa forma se pueden construir herramientas e impulsar asesorías que posibiliten afrontar el presente y prepararse para el futuro.

En El Salvador no se visibiliza un claro ejemplo de lo antes planteado –al menos no se ve, indiscutidamente, en la Escuela de Ciencias Sociales, ni en la asociación de sociólogos- pues, no hay investigaciones que aborden la pandemia desde distintas lógicas y enfoques multidisciplinarios despolitizados que aporten saberes valiosos en la guerra contra ella, así como sobre los efectos en nuestro país y sus ciudadanos. Estoy planteando una vuelta a la sociología crítica para que se le permita hacer una contribución teórico-práctica, en tanto es una ciencia capaz de hacer visibles los hechos sociales que ocurren actualmente y que pasan inadvertidos, tanto para las ciencias naturales como para la política. Esos hechos sociales, sumergidos en la hojarasca de la pandemia, propician consecuencias, actitudes, percepciones, desacuerdos y problemáticas diversas –más o menos profundas- según la clase social, edad, género, tipo de trabajo, etc., lo que hace que las formas, normas y vías para enfrentarse a la peste no sean análogas ni pétreas. 

Y es que las instancias oficiales que albergan a las ciencias sociales están en modo catalepsia en la guerra social contra el virus y, por ello, no pueden determinar cuáles son -ni pueden comprender y enumerar- los efectos, ruinas y secuelas que dejará el monstruo de la pandemia, sobre todo en la educación y en la socialización. Al estar en modo catalepsia –por incapacidad o por ser vistas como “ciencias menores”- no pueden asesorar (ni pueden participar) en proyectos de intervención comunitaria para la atención, pongamos por caso, de la violencia contra la mujer y, en lo académico, no propone estrategias para poder vivir –con buenas prácticas culturales- la fase universitaria en tiempos de peste, o sea proponer estrategias para las clases presenciales en medio del contagio con vacunación considerando que “un día presencial tiene más valor educativo que un mes virtual”.

Ciertamente, la pandemia ha golpeado de forma dura, compleja y multifactorial la vida cotidiana de las familias salvadoreñas, sobre todo en aquellas que tienen hijos en edad escolar -o en la universidad- porque han sido obligadas a enfrentar el reto enorme de asesorar, desde el hogar convertido en aula u oficina, el proceso educativo que sufre un impacto negativo, en tanto que las clases han continuado –para quienes tienen los recursos tecnológicos- pero la educación se ha detenido porque ésta tiene como soporte vital la socialización cara a cara, una socialización que ha reconfigurado sus espacios para dejar de ser lo que debe ser.

Al mismo tiempo la lógica intrafamiliar se ha pervertido –en el sentido sociológico- ya que los miembros de la familia asumen responsabilidades propias de la escuela sin abandonar las diversas tareas a las que tienen que enfrentarse los adultos (laborales, domésticas, de abastecimiento, de cuido), lo que desata retos injustos para darle pertinencia a la funcionalidad familiar, retos que no todas las familias se encuentran igualmente preparadas para afrontar. Asimismo, esos retos –además de premiar la desigualdad social- han deteriorado las condiciones de vida de las mujeres debido a que son ellas, en su inmensa mayoría, las que han asumido los papeles de acompañamiento educativo a la par de su trabajo y tareas domésticas. Por otro lado, el comportamiento de los flujos migratorios del virus demuestra algo casi irrefutable: el virus no afecta ni se difumina de forma semejante en todas las personas debido a variables intervinientes como: edad, género, lugar de residencia, tamaño de la casa, situación socioeconómica, entre otros, y eso explica que existan grupos sociales más vulnerables que otros.

Asumiendo lo anterior como válido, en el país se deberían realizar estudios y seguimientos del comportamiento de los flujos migratorios de la pandemia según nivel de ingresos, tipo de familia, entorno y movilidad. Esta última variable ha demostrado ser crucial a la hora de tomar decisiones en coyunturas de rebrote, ya que se conocen cuáles deben ser las medidas idóneas en cuanto a restringir la movilidad de la población dentro de los municipios, restricción que, incluso, debe considerar la naturaleza de los grupos etarios debido a que hay grupos más vulnerables que otros.

En ese mismo sentido, a la sociología le compete investigar la relación entre el trabajo y la pandemia para dar cuenta de las transformaciones socioculturales y expropiación de espacios que ha realizado lo laboral y, además, las percepciones de los ciudadanos con respecto a cómo valoran las nuevas formas de teletrabajo y trabajo a distancia, así como la forma en que los estudiantes valoran la educación virtual. En lo laboral se puede afirmar, al reflejo, que en los nuevos espacios de trabajo (la casa expropiada por la oficina) la productividad, las ventajas y las desventajas que de ello resultan dependen -en gran medida- de la condición socioeconómica y familiar de los trabajadores. De nuevo, la situación de la mujer es desventajosa ya que es ella la que –en su inmensa mayoría- tiene a su cuidado niños pequeños o adultos mayores y le cuesta mucho ajustar sus horarios para cumplir con sus obligaciones laborales, educativas y domésticas.

En el marco de esta lenta vuelta a la normalidad –y que esperamos que no sea “la normalidad de lo virtual que premia la desigualdad social”- hay que considerar y ponderar –desde la sociología de lo cotidiano- todo lo que implica “quedarse en casa”, implicaciones que incluyen aspectos como la precariedad, el hacinamiento y la feminización-diversificación del trabajo doméstico que afecta más a las familias de escasos recursos económicos.

Lo anterior reafirma, a mi entender, el valor analítico que supone la sociología para enfrentar al monstruo de la pandemia que ha removido los cimientos de todo cuanto conocemos.

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