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La pintura desde que soy niña

Perla Rivera Núñez

Poeta hondureña

Hechos afortunados permitieron, case click que la casa de mis abuelos estuviese a la par de la casa de mi madre. Bastaba saltar el cerco de piedras que las separaba, nurse store para llegar al hermoso patio de Nena y Papá Chente, viagra mis abuelos maternos. Justo en frente del cerco, estaba un hermoso árbol de achiote. Este soportaba todas las travesuras que mis hermanos y yo inventábamos. Recuerdo sus frutos tiernos, parecían pequeñas ostras, una delicia para mi curioso paladar.

Entrando por la parte posterior, estaba la cocina de la vieja casa. En la esquina destacaba una hermosa hornilla, con muchos agujeritos para acoger a todas las sartenes y ollitas de barro de mi abuela. Allí se cocinaba la comida más rica del mundo, a fuego lento y con leña seca.

Justo a la par de la cocina estaba el pequeño comedor. Dos sillas y una mesa de madera rústica, eran el centro de aquella pieza, decorada únicamente con un bello cuadro; El cuadro de Santa Lucía.

Esta pintura colgaba en una esquina, donde sobresalía una columna de madera. Desde ahí el terror y el asombro me guiñaban un ojo. Mi abuela contaba que la joven de la pintura era una linda muchacha admirada por su belleza, pero cuando un hombre muy poderoso se enamoró de sus ojos, ella, al no poder corresponderle, se los sacó. Y ahí estaba el motivo de mis pesadillas, los ojos en ese plato.

En mi casa también había dos imágenes que llamaban poderosamente mi atención, una de ellas era La niña de la espina, o la Niguanta como le llaman en Costa Rica y una imagen del Ángel de la guarda. La primera- decía mi padre- se parecía a mí, con dos colitas, desnuda sobre el pasto. Intentaba sacarse una espina de su dedito. Hace poco descubrí -por un amigo tico- que es parte del folklore de ese país. Observo la imagen y evoco  la casa de mis padres, me veo feliz.

La segunda imagen estaba en la cabecera de nuestra cama, soñaba que íbamos como aquellos niños, cruzando aquel puente de madera, en medio de una noche de lluvia custodiados por aquel ángel.

Siempre me llamaron la atención las pinturas y su simbología. Una de mis visitas favoritas era la iglesia de mi pueblo. En la pared lateral derecha se encuentra un cuadro muy valioso, representa el infierno. Se observan las almas calcinándose y en el centro la imagen de Jesucristo, flanqueada por una virgen al lado izquierdo y un ángel al lado derecho.

Acompañaba a mi madre a la misa los domingos, con una idea, ver aquel cuadro. Yo sentía que la misa transcurría rápidamente, porque no alcanzaba a disfrutar detenidamente cada detalle; la cara de los condenados, el fuego donde ardían y pagaban sus pecados, sus colores; rojos, naranjas y amarillos. El hermoso marco estilo barroco, las iniciales y la búsqueda del nombre del autor. El cuadro me atrapaba. También sobre el techo de la iglesia a manera de corona, sobresalían unos serafines, en tonalidades celestes y sobre el arco del altar mayor; dos ángeles que se encontraban.

El tiempo ha transcurrido y en cada lugar, me convocan las imágenes, las pinturas, las pinceladas que nos arrancan emociones. Solía visitar recientemente la Galería Nacional de arte, en el centro de  Tegucigalpa. Era para mí un estallido a mis sentidos, cada fin de semana aprovechaba mi tiempo y con un libro bajo el brazo,  pagaba los 20 lempiras simbólicos y me instalaba en aquellos sillones tapizados de rojo, en una de las salas principales rodeada de verdaderas obras de arte. Pinturas del período de la colonia,  exposiciones de arte contemporáneo, hasta que para desgracia mía y de todos los que amamos el arte, cerraron la galería.

El dibujo, el color y los lienzos también son poesía y cada trazo refleja un estado de ánimo, cada imagen, nos toca algo muy dentro.

Recién acepté el reto de 7lune, un proyecto que expone el arte hispanoamericano, el reto consistía en pintar una postal con un tema específico; la inmigración y unas muñecas de origen ruso llamadas Matriarkas y la pasión por el dibujo me acarició de nuevo. Aquella tarde que acepté el reto,  temblaba. Tomé el trozo de cartulina para dibujar un rostro que representase el tema propuesto para la postal.

Mis manos se deslizaron y  todas las imágenes que había disfrutado desde niña, se agolpaban en mi mente y comenzaron a fluir. Dibujé un rostro de una mujer llorando aves, mostrando dolor y sufrimiento al partir. La postal iba sin color, eso representaba para mí la inmigración, dejar atrás tus colores y comenzar de cero a pintarte unos nuevos.

Luego seguí  con las muñequitas, siete en total y comenzaron a moverse muchas sensaciones, emociones y dolor. Aquellos colores estaban siendo diluidos con agua y lágrimas. Dejé salir en cada una las otras yo, que habitan en mí,  y fue una liberación.

Hoy disfruto cada lienzo que puedo ver y que tengo a mi alcance, busco emociones y colores que me devuelvan a la casa de mis abuelos, donde  en mi inocencia creía y sigo creyendo en la fuerza y el poder de un trazo.

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