Samuel Amaya
@SamuelAmaya98
Los libros “Cuando los perros comían candelas” y “Herbert Anaya: Ese mar de fueguitos” rescatan la memoria de una época marcada por la represión y la violencia en El Salvador.
Los textos se basan en testimonios de familiares, víctimas, defensores y colaboradores internacionales que, en su conjunto, reconstruyen la labor de la Comisión de Derechos Humanos de El Salvador (CDHES, no gubernamental) y la vida del defensor de DD. HH. Herbert Anaya Sanabria, asesinado en 1987.
Las casi 500 páginas de ambos libros narran la solidaridad de un grupo de estadounidenses, el sacrificio de defensores locales y la crudeza de un conflicto armado que dejó miles de muertos, desaparecidos y torturas. Pero, también, deja la certeza de que la lucha por la justicia y el respeto por los derechos humanos no fue en vano.
Mirna Perla, ciudadana, abogada de la República, exmagistrada de la Corte Suprema de Justicia y esposa de Herberth Anaya Sanabria, habla con Diario Co Latino sobre estos dos libros que hacen alusión a quien fue un férreo defensor de los derechos humanos en El Salvador en un momento de mucha tensión social y política.
Cuando los perros comían candelas
Este libro, escrito por Bill Hutchinson, se considera un valioso aporte a la memoria histórica, porque refleja cómo el movimiento de Derechos Humanos en El Salvador, logró durante la época del conflicto armado, trabajar por la paz, la justicia social e institucional y la memoria histórica.
Los relatos que recoge el libro reflejan el porqué de la lucha desde una institución como la Comisión de Derechos Humanos de El Salvador (CDHES) en una época donde se anularon las garantías constitucionales y donde promover y defender los derechos humanos era una tarea altamente arriesgada tanto para los salvadoreños como para las personas solidarias del extranjero.
Su portada en sí es el dibujo de un perro comiendo candelas. Mirna Perla señaló que la imagen recrea lo que ocurrió durante la época del conflicto armado, cuando los Escuadrones de la Muerte y la Guardia Nacional secuestraban a gran número de personas, las torturaban y asesinaban con extrema violencia, dejando sus cuerpos mutilados en la vía pública, una clara muestra de ‘salvajismo’, “no se le puede decir de otra manera”.
Mirna Perla fue jueza de Paz en Cuscatancingo en 1980, en varias ocasiones tuvo que ir a reconocer cadáveres “de hasta 14 personas asesinadas después de haber sido capturados en sus casas”.
Los vecinos, con miedo, les colocaban candelas a los cadáveres, pues no podían hacer más por el temor de que, sí los enterraban o los auxiliaban, los grupos armados también les iban a arrebatar sus vidas. Los perros llegaban a la zona donde estaban los cadáveres, “los perros se comían el espelma de las candelas alrededor de la gente asesinada”, sintetizó Perla.
Bill Hutchinson es un antiguo colaborador de la Comisión de Derechos Humanos de El Salvador (CDHES) y amigo de la familia de Herbert Anaya. Perla recuerda que Hutchinson no conocía nada de El Salvador, tenía solo la idea de la propaganda oficial de los Estados Unidos, de que El Salvador tenía una guerra porque se estaba disputando el territorio centroamericano entre la Unión Soviética con Estados Unidos.
Hutchinson, tras escuchar testimonios de las víctimas y de Charlie Clements, un médico que agarró su mochila con toda la medicina rumbo Guazapa, se convenció de que eso era una guerra injusta y que Estados Unidos no tenía la razón al estar invadiendo territorios y asesinar poblaciones enteras solo por su afán de protagonismo, de hegemonizar en territorios para poder explotarlos.
Además, también se aconsejó de Jesús Campos, un abogado salvadoreño miembro de la CDHES; para entonces, esta organización no gubernamental estaba en medio de los ojos del Gobierno. De hecho, el 26 de mayo de 1986 es capturado Herberth Anaya Sanabria y otros tres miembros de la CDHES. La Policía de Hacienda los torturó “horriblemente”.
El licenciado Gilberto Canjura, quien era miembro del arzobispado, pidió un Habeas Corpus para que le enseñaran a Herberth Anaya, él relató que estaba en condiciones de extrema tortura: tres días de pie, sin comida, agua ni descanso, con los pies tan hinchados que no podían ponerle los zapatos.
Al ser presentado, apenas pudo sentarse y se quedó dormido, agotado, tras escuchar el mensaje de su esposa, que lo amaba. Estuvo detenido hasta el 2 de febrero de 1987.
Es entonces que Bill Hutchinson, autor del libro, se convence de la necesidad de formar un equipo de voluntarios de Estados Unidos para ir a El Salvador y fungir como escudos y apoyar a la CDHES no gubernamental, “esa tarea tan riesgosa era precisamente enfrentar al régimen dictatorial de la oligarquía salvadoreña y que efectivamente ya había varias víctimas de la misma comisión”, recuerda Perla.
“Cuando ellos ven que todos los miembros de la dirección de la Comisión están encarcelados, pues con más razón se motivan para venir acá”. Justamente, en el libro, el autor narra su encuentro con Herbert Anaya y su relación de apoyo al trabajo de la Comisión, especialmente la experiencia solidaria de 28 jóvenes estadounidenses que viajaron al país a acompañar la defensa de los derechos humanos y a proteger con su presencia a defensores y defensoras salvadoreñas, especialmente a quienes integraban la CDHES.

Perla relata que existieron dudas iniciales de incorporar el apoyo desde Estados Unidos, por el riesgo de que fueran agentes de la CIA o que la organización (la CDHES no gubernamental) resultara ser “fachada del FMLN”, como decía la propaganda oficial.
Sin embargo, tanto él como Herbert terminaron convencidos de la sinceridad del esfuerzo: coordinarse con estadounidenses conscientes de que la represión contra la población no era una “guerra contra el comunismo”, sino violencia injustificada contra organizaciones y personas que buscaban una sociedad más justa.
El libro también incluye relatos como el testimonio de Mirtala López, quien sufrió desde niña la represión gubernamental, el asesinato de su padre y hermanos; la historia de Brian Wilson, un pacifista exveterano de la guerra de Vietnam, quien perdió sus piernas arrollado por un tren mientras protestaba contra el envío de armas estadounidenses a Centroamérica; y las confesiones de César Joya Martínez, un exsoldado miembro de los Escuadrones de la Muerte, que participó en el asesinato a decenas de personas acusadas de apoyar a la guerrilla y luego tuvo que huir para evitar ser asesinado él también.
De hecho, en la página 166 del libro, Bill Hutchinson cuenta el testimonio de César Joya Martínez. Este relato tuvo mayor énfasis en Hutchinson para que el Congreso de los Estados Unidos dejara en firme que los Escuadrones de la Muerte “estaban íntimamente vinculados con los cuerpos de seguridad”.
“Él explicó muy bien sobre quienes los entrenaban para asesinar, torturar, sacar información de la población civil, y no necesariamente de los guerrilleros, sino de los organizados en las diferentes comunidades. Todo eso él lo cuenta, es un testimonio muy valioso”, sostiene Mirna Perla.
“En el caso de la CDHES fue una institución muy sacrificada, pero muy oportuna en el momento en que se organiza con un trabajo muy legítimo que, a pesar de haberle costado la vida a mi esposo y a varios compañeros de la CDHES, fue un trabajo importante para documentar tanto las violaciones a derechos humanos en contra de la población civil que no tenían nada que ver en ningún tipo de organizaciones, como personas involucradas, digamos incluso en la guerrilla, a quienes si los capturaban los trataban como lo peor. Pero todo esto lo documentaron en forma muy objetiva, con muchos riesgos, pero muy profesional”, comentó Perla.
Anaya fue asesinado faltando 15 minutos para las 7 de la mañana, el 26 de octubre de 1987, cuando se disponía a dejar a sus hijas en la escuela. Herbert Anaya fue asesinado tras 6 disparos con una pistola 9 milímetros con silenciador, en el parqueo principal de la residencial José Simeón Cañas en la Zacamil, San Salvador. Fue asesinado por los Escuadrones de la Muerte.
Tras el asesinato de su esposo, Perla tuvo que exiliarse de El Salvador, ya que la estaban persiguiendo; estuvo fuera del país cuatro años y siete meses.
Herbert Anaya: Ese mar de Fueguitos
Este libro reconstruye pasajes de la vida del defensor de derechos humanos y de las organizaciones en las que él participó a través de aquellas personas que lucharon y se entregaron con él.
Perla y Anaya estudiaron derecho en la Universidad de El Salvador, se conocieron en su segundo año de estudio, se enamoraron no solo uno del otro, sino también de la lucha social revolucionaria. De hecho, ambos participaron en el movimiento estudiantil con el Frente Universitario Revolucionario Salvador Allende y en la Asociación de Estudiantes Becarios (SEBUS).
Perla recuerda que, en 1975, ambos participaron en la marcha del 30 de julio, donde los grupos armados masacraron brutalmente a los estudiantes que protestaban sobre la intervención militar del Centro Universitario de Occidente, ocurrida el 25 de julio del mismo año, durante la presidencia del coronel Arturo Armando Molina.
“Yo me quedé en la línea de fuego; quedé atrapada frente al muro del Seguro Social y, cuando ya estábamos que casi nos ametrallaban los antimotines o nos aplastaban las tanquetas del ejército, yo opté por tirarme al paso a desnivel. Ahí fue donde me quebré la rótula (parte de la rodilla) y Herbert lo único que recibió fue la amenaza de los policías infiltrados vestidos de civil. Cuando él llamó a los compañeros a que no se dispersaran en forma desordenada, sino que guardaran la calma, un policía le puso el arma en el pecho y le dijo que se callara y salió corriendo”, recuerda Perla.
A Herbert Anaya Sanabria le recomendaban que renunciara a “difamar” al Gobierno y que se fuera del país por su seguridad; sin embargo, valientemente, Anaya les decía que él nunca había difamado al Gobierno. “Todo lo que yo he dicho, ha sido lo que hemos constatado. Ninguna de las denuncias que hemos hecho, ha sido sin tener fotos, testimonios o una investigación previa de toda esa barbarie”, cita Perla sobre las palabras de Sanabria.
“Y, claro, como ellos vieron que no lo obligaron, pues, desde ahí decidieron matarlo”, lamenta Perla luego de 38 años de su asesinato. Hace memoria que Sanabria planteaba que las guerras “no las gana nadie, sino que las pierde la humanidad, las pierde la población”, pues en El Salvador, según informó Perla, murieron aproximadamente 200 mil personas, entre soldados, guerrilleros y población civil.
Anaya cuestionaba al Gobierno de Duarte, pues este aseguraba defender los derechos humanos, pero a la vez bombardeaba a la población civil y persistía el exterminio de la gente. “Lo único que exigían era un salario justo y tierra para quien la trabajara. Porque eso era lo que el Gobierno hacía: reprimir a quienes exigían sus derechos”, cita Perla.
“En este libro, “Herbert Anaya: Ese mar de Fueguitos” tratamos de plasmar cómo es posible que una persona como Herbert, un hombre común y corriente, es capaz de ponerse en la línea de fuego donde él, con certeza, sabía que lo iban a matar, que estaba condenado a muerte”, concluyó Perla.
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