Por Raúl Palacios
La democracia de Estados Unidos atraviesa un momento que, por su profundidad y sus implicaciones, merece ser observado con la mayor seriedad. No se trata de un episodio aislado ni de una disputa partidaria más; lo que está en juego es la estabilidad de un sistema que durante décadas ha sido referente mundial y que hoy muestra señales de desgaste institucional, presiones internas y una peligrosa normalización de conductas que antes habrían sido impensables.
En los últimos meses, voces provenientes de distintos ámbitos académicos, judiciales, culturales y mediáticos, han expresado preocupación por la deriva política del país.
Entre ellas, la reciente intervención del actor Morgan Freeman, una figura reconocida por su sobriedad y su distancia habitual de la política partidaria, llamó la atención por su contundencia. Durante una entrevista televisiva, Freeman calificó al presidente Donald Trump como “delincuente convicto” y afirmó que está “llevando al país a un agujero”; pero más allá del tono, sus palabras se basan en hechos judiciales: en 2024, un jurado unánime declaró culpable al entonces candidato de 34 cargos relacionados con falsificación de registros comerciales con el fin de cometer u ocultar otros delitos vinculados a la campaña electoral.
Lo relevante no es la opinión de un actor, sino lo que su intervención revela: que la preocupación por el deterioro democrático ya no se limita a analistas o sectores opositores, sino que ha permeado a figuras culturales que representan el sentido común moral de amplios sectores de la sociedad. Cuando voces así rompen su silencio, es porque perciben que algo esencial se está quebrando.
Pero el problema no se reduce a una figura presidencial porque lo más inquietante es la conducta de numerosos funcionarios republicanos de niveles bajos, medios y altos, que, en su afán por preservar su base electoral y evitar represalias internas, han optado por subordinar la razón democrática a la conveniencia política.
Ese comportamiento, ampliamente documentado por analistas y medios, ha generado un fenómeno que la ciencia política describe como “erosión democrática por complicidad”: cuando quienes deberían actuar como contrapesos institucionales eligen el silencio, la ambigüedad o la adhesión incondicional.El resultado es un partido que, en lugar de corregir desviaciones, las normaliza, y esa normalización tiene un costo: la pérdida de su identidad histórica, la fractura de su base moderada y el riesgo de quedar atrapado en la figura de un líder cuya influencia podría, a largo plazo, condenarlo a una crisis interna profunda.
Si el Partido Demócrata logra leer inteligentemente este momento, podría fortalecerse como alternativa institucional, pero ese fortalecimiento dependerá de su capacidad para evitar caer en la misma lógica de personalismos y polarización.
En este contexto, la Corte Suprema de Justicia adquiere un papel central en la arquitectura constitucional estadounidense, la Corte es el órgano llamado a garantizar que ningún poder, incluido el Ejecutivo, actúe por encima de la Constitución y eso es, en teoría, el último dique frente a los excesos.
Sin embargo, en los últimos años, diversos observadores han señalado tensiones entre la independencia judicial y las presiones políticas. Algunos fallos han sido interpretados como alineados con intereses partidarios, mientras que otros han sorprendido por limitar al Ejecutivo. Esa dualidad ha alimentado un debate nacional sobre la capacidad real del tribunal para actuar como contrapeso efectivo.
La preocupación no es menor porque cuando la ciudadanía percibe que la Corte opera bajo un clima político, su autoridad moral se debilita. Y cuando el Congreso, polarizado y disciplinado por lealtades partidarias, tampoco ejerce supervisión efectiva, el equilibrio de poderes, pilar del sistema estadounidense, se tensiona peligrosamente. En ese vacío, el poder presidencial puede expandirse sin los límites que la Constitución exige.
La democracia estadounidense ha enfrentado crisis antes, pero lo que distingue este momento es la combinación de factores: un liderazgo polarizante, un partido que prioriza la supervivencia política sobre la institucionalidad, una Corte bajo escrutinio y un Congreso debilitado. A ello se suma un clima social donde la desinformación, la radicalización y la fatiga cívica erosionan la capacidad de la ciudadanía para exigir rendición de cuentas.
El riesgo no es inmediato, pero sí profundo. Las democracias rara vez colapsan de un día para otro; se desgastan lentamente, a través de pequeñas renuncias, silencios estratégicos y normalización de conductas que antes habrían sido inaceptables.
Estados Unidos, por su peso global, no puede permitirse ese desgaste sin afectar la percepción internacional de su sistema político y sin debilitar su autoridad moral en el escenario mundial.
La esperanza, sin embargo, no está perdida. La historia demuestra que las instituciones pueden corregirse, que los partidos pueden renovarse y que la ciudadanía puede recuperar su papel central. Pero para que eso ocurra, es necesario reconocer la gravedad del momento. Y es necesario que quienes ocupan cargos públicos sin importar su afiliación recuerden que su lealtad última no es hacia un líder ni hacia una base electoral, sino hacia la Constitución que juraron defender.
Estados Unidos está ante una encrucijada. La dirección que tome dependerá de su capacidad para restaurar el equilibrio institucional, fortalecer la independencia judicial y recuperar la cultura democrática que alguna vez lo convirtió en referente mundial. El tiempo para hacerlo aún existe, pero no es infinito.
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