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Había una vez que la literatura…

Jorge Castellón

Escritor

 

Después del anuncio del otorgamiento del Premio Nobel de Literatura al compositor y músico norteamericano Bob Dylan, se ha abierto un interesante debate de lo acertado o no, de la decisión que la Academia Sueca tuvo en concedérselo. ! Y vaya importante discusión  que aquellos académicos han provocado!

Durante ese ya memorable trece de octubre, día del anuncio del premio, múltiples opiniones aparecían a su vez, en los periódicos del mundo, sobre todo en los mejor preparados para opinar en esos menesteres como The New York Times y El País de España. El periódico neoyorkino en un artículo escrito por Ben Sisario,  Alexandra Alter y Sewell Chan, decía que el premio era “an honor that elevates him into the company of T. S. Eliot, Gabriel García Márquez, Toni Morrison and Samuel Beckett”.  Para luego proseguir: “[  ] his selection on Thursday is perhaps the most radical choice in a history stretching back to 1901. In choosing a popular musician for the literary world’s highest honor, the Swedish Academy, which awards the prize, dramatically redefined the boundaries of literature, setting off a debate about whether song lyrics have the same artistic value as poetry or novels.”

Esa acción de redefinir las fronteras de la literatura y de querer considerar la letra de una canción con el mismo valor artístico que tiene la poesía, concuerda con lo que en el diario español, el escritor Benjamin Prado, en su artículo “Un poeta con banda”, anotaba, a saber: “El Nobel a Bob Dylan no es sólo para él, es un reconocimiento tardío, muy tardío, a la dignidad literaria de una parte de la música popular que ha luchado, justamente, por hacer buena poesía con las letras de las canciones”.

En ese mismo diario español, por su parte, Javier Sampedro -quien usualmente se dedica a producir destacadas notas científicas,- señalaba en su escrito titulado: “Bob Dylan: No hay Nobel de música”, que: “[  ] poca gente se atreverá a ignorar la profunda relación que existe entre la poesía y la música. Un nexo inaprehensible y mágico que algún día unirá esas dos artes en una sola teoría estética, en un único oficio que logre el milagro de integrar, y explicar, la unión perfecta entre fondo y forma, el sueño de cualquier creador”.

En el mismo medio se destaca una nota de John Carlin, -brillantísimo periodista londinense-, en el que, haciendo gala de la elegante ironía que lo distingue, afirma que  por “la calidad de la escritura debería ser más que suficiente para convencer a los jueces del Nobel de que [Wayne] Rooney se merece el próximo premio”. En alusión a los tres libros que el futbolista del Manchester City ha escrito.

Con el paso de los días y las distintas valoraciones, solo repito acá esa cita de Descartes que tanto gustaba decir Carlos Fuentes -a quien nunca le dieron ese premio, por cierto-: “! Vengo a proponerles una duda !”. Y es que, lo único  que tengo hoy claro es que… tengo una duda: ¿A quién le pertenece la literatura? Es decir, ¿es la literatura tan sólo de un grupo de personas, llámense… escritores? Y surge de inmediato otra pregunta, una tercera: ¿Quiénes son “los escritores”? ¿Son los poetas o los novelistas? ¿Son los cronistas o los periodistas? Para seguir: ¿Son los periodistas  o los compositores?

Ya el año pasado la Academia Sueca nos había sorprendido dando el premio más grande de la literatura universal  a una insigne periodista bielorrusa, a saber: Svetlana Alexievich. Que pese a que nunca ha escrito – o publicado- una novela, un poema o un cuento, o compuesto una canción –que sepamos- si ha escrito impresionantes reportajes e investigaciones periodísticas sobre los más profundos  temas que una humanista de su educación, de su generación, de su época y de su lugar, pudiera escribir.

En aquella ocasión se alabó la decisión argumentando mil veces, lo que García Márquez siempre enfatizaba: el buen periodismo es literatura. Y quien más que el gran aracataquense para confirmarlo, yendo y viniendo -como siempre hacia, o hace-, y entrando y saliendo -como nos acostumbró y nos sigue acostumbrando-, del cuento al reportaje, de la crónica a la novela y viceversa.

Pero volviendo a las preguntas de a quién le pertenece la literatura, de si les pertenece tan sólo a los escritores  y de que quiénes son los escritores, se podría agregar una cuarta  pregunta, quizás mayor, y que tal vez,  las contestaría todas a la vez: ¿Qué es al final, en sí, literatura?

Siendo el que escribe incapaz de contestar con claridad esas cuestiones, me limito tan sólo a considerar algunas ideas que esas inquietudes me han ido suscitando. Intentemos primero, quizás, llegar a un primer consenso: que literatura es sobre todo lenguaje. Tal vez, El Lenguaje – con mayúsculas- . Quizás la literatura sea el punto más alto, el cénit de esa creación tan exclusivamente humana que son las palabras; eso “de lo que estamos hechos”: el lenguaje, como siempre apunta el filósofo y académico Emilio Lledó.

Quizás, la literatura sea una forma suprema de comunicarnos con nosotros mismos y con los otros, de darnos a entender, de vivir, de convivir, de ser y padecer. Quizás, un instrumento y una entidad, donde siempre ha cabido lo que los humanos siempre hemos ansiado: la verdad, la belleza y la justicia, es decir, Sócrates, Homero o Jesucristo; personas que tal vez no han existido, pero que como un Golem borgiano, se yerguen construidos con  el material de unas palabras sobre el escenario de la  historia universal, y perduran en la memoria de millones de seres humanos.  Aquellos seres han sido hechos de voces, de palabras que han viajado, que viajan, que viajarán en el tiempo, para que un día, alguien se siente a recordar,  a escribir y repetir lo que probablemente fue dicho: Los diálogos de Platón, El Nuevo Testamento, La Ilíada y La Odisea.

Pero no dejo de asociar la literatura con su vertiente, la fuente originaria de este flujo de sonidos y sentidos: la oralidad, la voz no escrita, que yendo a la inversa de los tiempos, siempre es el lugar donde todo empieza: el cuento perdido en la noche de la infancia, la mía y la de todos; el cuento popular, la leyenda, el mito, el refrán sabio. Es decir, de las palabras inolvidables de mi madre, a las grandes tradiciones de la cultura oral de los idiomas.

Ya lo ha referido con claridad Jean Marie-Gustave le Clezio (otro laureado en los salones suecos), al contar cómo, escuchando las historias orales de la cultura Emberá a través de la voz de una mujer llamada Elvira -en las calurosas noches de las selvas del Darién panameño-, pudo descubrir y redescubrir la literatura, conociendo como ese lenguaje -como sucede con el Árabe-, tiene otro lenguaje –literario- que narra historias y las hace perdurables. Tal vez, es de alguna forma, la misma idea que sostienen López Austin y López Lujan, refiriéndose a la antigua cultura Nahuat-Maya, y su lenguaje sagrado.

Somos seres que apetecemos historias. Nuestra vinculación con el día y con la noche, con los ciclos, con la muerte, nos inclina a tener un sentido de lo que comienza, crece y se termina. Como humanos, queremos saber de lo que nace, vive y desaparece, principalmente de cómo acontece eso en nosotros mismos y en los demás.  Y ese es el material de nuestra lengua. Contar, narrar y encantar a otros, es el don de unos pocos y la apetencia de todos.

Pero es que no hay poeta que no tenga en su memoria el recuerdo de historias contadas de su infancia, de la infancia de otros hombres y mujeres. Y quizás, cada persona, siempre, es un poeta: habla dos lenguajes. Y ese bilingüismo ancestral de los humanos – como esa Gramática Universal de que nos habla Noam Chomsky-, nos es inherente, como una… Rapsodia Universal con la que nacemos en el mundo que está hecho de historias.

Hechos de palabras, usamos un lenguaje al amar y al arrullar;  al padecer y al llorar; para contar la propia historia o la historia ajena; y usamos otro, más práctico, menos reservado, menos profundo, con el que vivimos el comercio del vivir. Y así, hay algunos hombres y mujeres que se dedican a cultivar ese primer lenguaje más que otros, como si eso fuese toda la vida. Y tienen razón: un poeta es al final, un apasionado de la lengua y de la vida.

La literatura es ante todo y más que nada lenguaje, un lenguaje acrisolado;  elaborado de tal suerte que perdura; tratado de tal manera, que se adhiere a la memoria a través de las historias; mimado a tal grado, que es apropiado por otros con el mismo afecto con que fue creado, allí, alrededor de una hoguera en medio de la noche nómada y antigua, o en las breves laderas de una colina por la tarde, o en la soledad brumosa de una noche urbana, donde algunos, viéndolo sin pareja, le buscaron su antigua compañera y lo arroparon del frio, a ratos, con la música.

En sus conferencias de Harvard, durante el otoño de 1967, Jorge Luis Borges anotaba –la conferencia fue dictada por Borges en inglés- : “I have hope. [ ] I believe that the poet shall once again be a maker. I mean, he will tell a story and he will also sing it. And we will not think of those two things as different.”

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