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ENCUENTRO CON UN SANTO

Testimonio de Marlon Chicas

Ante la canonización, en Roma, de Monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, vienen a mi memoria los sesenta minutos más bellos de mi vida, compartidos junto a nuestro primer Santo salvadoreño.

Todo ocurrió a mis doce años de edad, en una etapa convulsiva para el país, el año 1978; el lugar, la otrora sacristía de la hoy Parroquia El Carmen de Santa Tecla, una mañana del 16 de julio de dicho año, fecha en la que se recuerda la advocación de la Santísima Virgen del Carmelo.

Ahí estaba yo, ataviado con mi blanca túnica (o al menos despercudida por el constante uso) y mi bordado roquete, cuando entró a dicho recinto, una figura espigada de negra sotana, cinturón rojo y capelo morado, que, con una amigable sonrisa en su rostro, extendió su mano para saludarme en compañía de otro sacerdote jesuita cuyo nombre no recuerdo.  -Soy Monseñor Romero -me dijo- a lo cual respondí con una sonrisa y estas palabras: -Buen día Monseñor, bienvenido. Luego de unos segundos preguntó por mi nombre, a lo cual respondí: -Marlon, Monseñor. Seguidamente me hizo una seria exhortación, con su dedo índice: -Estás muy peludo. Mientras su acompañante acotó: -Allá a lo lejos se te ve la cara. Ambos sonrieron.

En ese instante aparecieron los padres jesuitas que fueron como mis padres por sus enseñanzas sobre la vida y sobre la realidad social del país. Recuerdo entre ellos al Padre Jaime Vera Fajardo quien reside en Costa Rica hasta donde tengo conocimiento, y otro grande que ofrendó su vida por los más pobres de El Salvador, el Padre Segundo Montes, quien con su característica voz grave y su espesa barba me dijo ese día: -Quiubo, ¿ya están listos? (refiriéndose a mi amigo Mario Santos Gálvez y a un servidor, quienes éramos los acólitos o monaguillos de la Parroquia del Carmen), respondimos que sí.

Inmediatamente la comitiva se dirigió al altar principal del antiguo templo (destruido  posteriormente, en su interior, por el terremoto de 2001) y justamente cuando realizamos la genuflexión de rigor,  el templo se llenó de un estruendoso estallido de aplausos en honor a Monseñor Romero, quien con potente y enérgica voz, desde el púlpito, como ya nos tenía habituados, reflexionó sobre cómo aplicar el evangelio a la realidad social del país.

Al finalizar la eucaristía, como era natural en él, se dedicó a saludar a cuanto cristiano se le acercaba sin excluir a ninguno. Finalizado ese momento, volvimos a la sacristía para despojarnos de los sagrados ornamentos y despedirnos con un fuerte apretón de manos.

Ese día, sin saberlo, mis ojos lo vieron por última vez, alejarse, con los demás sacerdotes, a través de una persiana que dividía la casa de la comunidad jesuita con la oficina parroquial,  Así fue mi encuentro con San Romero de América.

 

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