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EN EL NATALICIO DE DON ALBERTO

Álvaro Darío Lara

Escritor y docente

 

Hace 151 años, un 24 de julio de 1868 nació don Alberto Masferrer, en Alegría, Usulután. Nuestro “alto pensador de Centroamérica” –como llamó Matilde Elena López –  fue siempre un consagrado estudioso de la personalidad y del carácter de los seres humanos. Emociones, sentimientos, valores, bondades y miserias, constituyeron foco de atención permanente de este Apóstol del Pensamiento. Por ello, también, el poeta David Escobar Galindo, lo califica como nuestro “moralista social”.

Una de las prosas más inspiradas de Masferrer es aquella dirigida a la reflexión sobre la misión y el deber humano, aparecida en su obra “Caminos de Paz”.

Don Alberto, reconoce e identifica a la misión y luego al deber, como los grandes rectores en la azarosa vida de quienes poblamos el planeta.  Sin embargo, a la base de esto, se encuentra, de forma ineludible, el misterio de la vocación, sobre la cual, alguna vez, el poeta y ensayista mexicano, Octavio Paz, dijera: “Las vocaciones son misteriosas: ¿por qué aquel dibuja incansablemente en su cuaderno escolar, el otro hace barquitos o aviones de papel, el de más allá construye canales y túneles en el jardín o ciudades de arena en la playa, el otro forma equipos de futbolistas y capitanea bandas de exploradores, o se encierra solo a resolver interminables rompecabezas? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Lo que sabemos es que esas inclinaciones y aficiones se convierten, con los años, en oficios, profesiones y destinos”.

Y es que, no poder reconocer nuestras potencialidades y limitaciones, nuestra estrella vital, es,  en verdad, una tragedia. También es lamentable, cuando por causa de agentes externos, no podemos seguir aquello para lo cual hemos nacido. Pero, si tenemos las benditas posibilidades de encontrar nuestra vocación, y además, de poder realizarla, pues, hemos ganado el cielo.

Escribe don Alberto: “Así, el reconocimiento de nuestra misión, exclusivamente la nuestra, de reflejo traería el bienestar y la dicha de la Comunidad; y desde luego, la paz de cada hombre que orientara su vida siguiendo aquel Deber”.

La misión es un imperativo personal, ético, que no admite ningún tipo de subterfugios. Alguien, que rehúya su misión, puede mentir a los demás, engañar; pero, difícilmente puede mentirse a sí mismo.

Masferrer, continúa: “Dice Pitágoras: ´Que nadie, ni por sus palabras, ni por sus hechos, te lleven jamás a decir o hacer lo que es útil para ti´. Útil, significa en este caso, acorde esencialmente con tu propia y más elevada naturaleza. Es decir, que cada hombre ha de tener su órbita; y no permitir que nada le desvíe de aquélla. En ese camino, circular, constante, siempre el mismo, recorrido rítmicamente, hallará el hombre la salud, la bondad, la esperanza”.

Luego el deber, lo que estamos obligados a hacer, de acuerdo a nuestra propia consciencia, y cuya relación con la misión es inobjetable.

Que esa coherencia entre misión y deber, nos asista, sobre todo, en estos momentos, en que la Patria, siempre urgida, demanda el máximo compromiso.

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