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EL CAJÓN DE LOS DULCES

 

MARLON CHICAS,

El tecleño memorioso

“Cuando la vida sea dulce, agradece y celebra. Cuando la vida sea amarga, agradece y aprende”, autor anónimo.

Remontando el pasado aparece en la memoria la figura de un hombre de baja estatura, piel oscura, cabello encanecido, ojos rasgados, blanco bigote, sombrero de paja, con escoliosis por el paso de los años, me refiero a don Cruz Pérez Cruz, septuagenario tecleño que siempre vivió de su trabajo hasta el último día de su vida.

Todo se inicia por los años setenta, cuando don Cruz frecuentaba mi hogar, allá en el mesón ubicado en la primera calle poniente, entre la octava y la décima avenida sur del Barrio El Calvario de Santa Tecla, acompañado de su inseparable caja de golosinas, las cuales comercializaba en las afueras de escuelas públicas o exclusivos colegios tecleños.

Don Cruz era asiduo visitante en casa, ya que antes de iniciar la jornada, desayunaba, almorzaba y en ocasiones cenaba, todo ello como parte de un convenio con mi madre. Mientras degustaba los alimentos contaba increíbles historias acontecidas en los caminos rurales de los cantones de la Cordillera del Bálsamo.

Ente las muchas historias y “pasadas” que nos compartía, traigo a la memoria aquella, en la que, en cierta ocasión, transitando por unas veredas de los cantones sur, le recomendaron no cruzarse por ese camino, asegurando, los parroquianos del lugar, la presencia de un alma en pena. Sin embargo, yendo don Cruz con unos tragos entre pecho y espalda, ignoró, altanero, dicha advertencia.  No había caminado un buen trecho cuando comenzó a sentir escalofríos y pesadez en el cuerpo, acordándose de la advertencia,  se armó de valor, y empleó uno de sus más efectivos “secretos”: masticó un trozo de puro, mordió su afilado machete y se colocó, mágicamente, el sombrero al revés. Gracias a esto, ¡Oh milagro! Pasó sin problemas por tan espeluznante lugar.

Con toda naturalidad, don Cruz, siempre desembolsaba unas monedas, unos sabrosos chocolates o  unos ricos dulces, que nos entregaba a la salida de la escuela. De tal modo que, don Cruz, fue considerado el abuelo de la familia, pues siempre mostró disposición para ayudar  a todos en los peores momentos de la vida. Lo tengo presente siempre con una sonrisa en sus labios. Nunca aprendió a leer por lo que siempre tomaba el periódico al revés, contentándose con los dibujos o con el simple contacto. Increíblemente era bueno con los números aún sin haber pasado por ninguna aula.

En su caja de dulces repleta de chocolates, dulces, galletas, malvaviscos, entre muchas exquisiteces, don Cruz siempre se ganó honradamente la vida. De tal manera, que, gracias a ese delicioso cajón, formó a sus hijos, haciendo de ellos personas de bien. A pesar de su avanzada edad, nunca dejó de trabajar hasta que perdió por completo la visión y  la audición.

En el ocaso de su vida se le veía parado junto a su inseparable caja de dulces, casi vacía, en una habitación propiedad de su familia en la intersección de la sexta avenida norte y séptima calle poniente del barrio Belén de Santa Tecla ¡Hasta siempre don Cruz Pérez Cruz, querido amigo y abuelito de los niños, quien supo azucararnos la vida, y mostrarnos el camino de la hermosa imaginación, rectitud y buenas costumbres!

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