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El Salvador, ¿Democracia y desarrollo? II

 

 

EL PORTAL DE LA ACADEMIA SALVADOREÑA DE LA LENGUA

 

 

EL SALVADOR, ¿DEMOCRACIA O DESARROLLO?  II

 

Segunda parte y final: Nuestro país.

 

 

Eduardo Badía Serra,

Director de la Academia Salvadoreña de la Lengua.

 

 

La Democracia, entonces, es una forma de gobierno, que, como todas las otras, puede degenerar en una forma impura, la Demagogia. También, la Democracia exige ciertas etapas previas de carácter social y cultural para su real desarrollo. Además, no siempre es aplicable en todos los entornos, y va siguiendo las propias dinámicas de las sociedades. La falta de tales condiciones la lleva indefectiblemente a su forma impura, como hemos dicho, la Demagogia. La inmensa mayoría de gobiernos en el mundo que se dicen ser democráticos, realmente no lo son sino funcionan justamente con lo que Ellacuría definía como “fachadas democráticas”. Simplemente, la Democracia exige que los gobiernos actúen bien, en provecho de los gobernados, y no mal, en provecho de los gobernantes. ¿Cómo funciona la Democracia en nuestro país? ¿Qué es lo que conviene en este aquí y ahora de nuestra realidad para poder optar a un verdadero desarrollo, en el que impere el bien común y se pueda vivir en justicia y armonía?

 

Anticipemos una condición: El Salvador no vive, ni ha vivido nunca, una verdadera Democracia, al margen de lo que, escrito sobre piedra como se suele decir, dogmáticamente, la Constitución lo mande. Y es que la Democracia sólo puede desarrollarse en “orden y libertad”. Orden y libertad no son conceptos contradictorios o excluyentes; más bien son mutuamente necesarios y funcionan equilibradamente. Bien ha dicho el doctor Roberto Lara Velado que “Un orden sin libertad no sería orden social, porque no estaría orientado hacia la realización de los fines de la sociedad; una libertad sin orden degenera en libertinaje, el cual hace imposible el desarrollo de la misma libertad”. Y además, el orden y libertad que exige una Democracia como suelo para poder desarrollarse sólo pueden tenerse si hay un “líder” que señale el camino. No hablo aquí de una persona, menos de un iluminado, y menos aun de un polipavo, sino de una idea que contenga una aspiración, la aspiración de un sistema que defina el objetivo. Es decir, un liderazgo. “No se llega jamás a la meta ignorando el camino”, decía Tagore, muy precisamente, y es que sin líder no hay camino, y sólo se camina si hay una idea, una visión concebida, como ha dejado dicho Eduardo Zubirtats en su “Metamorfosis de la cultura moderna”. Es decir, la Democracia exige que el pueblo sea él mismo, que el pueblo sea efectivamente real, nada ilusión, nada ficción: Ser, ontológicamente, para poder serlo también ónticamente, una visión propia de la sociedad. Razón y vida.

 

Pero además, la Democracia exige, y esto sin la menos posibilidad de duda, un modelo de desarrollo que sea armónico a sus propósitos. No todo modelo de desarrollo puede ser suelo fértil para que en él se cultive y se coseche la Democracia. El neoliberalismo la impide, es una puerta que se cierra a la Democracia. ¿Cómo puede pensarse en la posibilidad de vivir democráticamente bajo un esquema que promueve el individualismo y el subjetivismo más voraces y crudos que se puedan imaginar? ¿Cuál pudiera ser la unidad de doctrina en un sistema en el que hay tantas visiones del mundo como personas? La globalización, expresión de lo simbólico, del reino de lo mediático, del “yo” absoluto, promueve casi ya ocho mil millones de visiones del mundo. ¿Cómo queda aquí el concepto de pueblo, de comunidad, de bien común, de libertad, de autonomía, que le son propios y necesarios para la Democracia? El consumismo, el cosismo, el individualismo, son enemigos naturales del sistema democrático. Lo es de igual manera el comunismo, que centraliza el poder del Estado impidiendo flagrantemente toda posibilidad de manifestación ciudadana. Si allá, el individualismo es total, aquí, la persona se anula.

 

¿Qué hacer entonces? ¿Rechazar la Democracia como posibilidad, ante la falta de adecuadas condiciones de los individuos y de las sociedades, así como de las condiciones del entorno socio-histórico, cultural y económico? ¿Buscar otro sistema que pudiera funcionar con tales personas y entornos? ¿O aceptarla, bajo la posibilidad, remota pero única, de provocar tales condiciones? ¿Qué se requeriría para poder llegar a esto último? Tres condiciones. Primera: Transformar al individuo y a la sociedad, educándola para que sepan gobernarse a sí mismos y para que tengan la adecuada capacidad para elegir a sus gobernantes. Segunda: Provocar un ambiente de orden y libertad, liderado por quien pueda señalar y abrir el camino. Razón y vida, razón vital, como visión, ontológicamente esto entendido. Y tercera, y sobre todo: cambiar el sistema, escapar de la pretendida solución global, basada en un neoliberalismo que promueve el individualismo más mordaz, el consumismo desenfrenado, y el privilegio del “tener” sobre el “ser”.

 

No hay una sola Democracia para todos los pueblos. Hay pueblos que son para la Democracia, y hay otros que no lo son. Esto es lo que hay que identificar, porque no siempre conviene la democracia, y menos en un pueblo en el que impera la anarquía y el desorden. Hoy por hoy, debo decir que El Salvador no es un pueblo para la Democracia. Y que más bien es uno proclive a caer en la Demagogia, su forma corrupta, bajo el discurso que sabe proteger siempre a una fachada democrática. La Democracia es posible y sólo conviene en un Estado en que impere la voluntad popular, pero no cualquier voluntad popular sino la voluntad de un pueblo autónomo y no heterónomo, es decir, que funcione no bajo la legalidad sino bajo la legitimidad, única en el que puede universalizarse el imperativo categórico del bien común. Un pueblo que actúa bajo el imperio de la legalidad no es libre, porque sólo funciona restringiendo precisamente la libertad que pretende; en cambio, un pueblo que funciona bajo el imperio de la legitimidad sí es un pueblo libre, porque actúa autónomamente, bajo el valor de la universalidad de su imperativo categórico, que es su misma historia, su cultura, su código axiológico.

 

“La República – decía Cicerón – es la casa del pueblo”. Y esta casa, como dice el Papa Francisco en su encíclica “Laudato Si”, “es la que debemos cambiar, apostar por otro estilo de vida, reorientar el rumbo”, al criticar fuertemente el sistema consumista e individualista en que se mueve el mundo. Pues bien, esta casa, la nuestra, es la que hay que preparar, antes que todo, para que en ella pueda caber tan noble institución, la República, la Democracia. De otra manera, tratando de vivir en ella sin provocar las condiciones que necesita para verdaderamente existir, es correr el riesgo de que recibamos la misma burla que los sacerdotes de Egipto hicieran a Solón, criticando su candidez, por decirlo suavemente: “¡Oh, atenienses, no sois más que unos niños!”.

 

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