Por: Luis Rafael Moreira Flores
La Cátedra Permanente de Estudios de la Realidad Nacional e Internacional contó este sábado 19 de septiembre de 2026 con la ponencia magistral del economista José Francisco Lazo Marín, quien presentó un exhaustivo diagnóstico sobre la situación macroeconómica, fiscal y social de El Salvador en comparación con el resto de los países miembros del Sistema de la Integración Centroamericana (SICA) y la República Dominicana.
Apoyado en series estadísticas históricas y proyecciones de organismos internacionales como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el especialista concluyó que El Salvador se posiciona actualmente como la economía de menor crecimiento real dentro del bloque regional, mostrando serias debilidades estructurales que limitan su desarrollo a largo plazo.
Crecimiento económico e inversión
Según los datos presentados por Lazo Marín, El Salvador registra la tasa de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) anual promedio más baja de los ocho países del SICA. Mientras que economías como Panamá y República Dominicana alcanzan tasas promedio del 5.50% y 4.83% respectivamente, el ritmo salvadoreño se sitúa apenas en un 2.20%. Al revisar la perspectiva histórica desde 1950 hasta 2024, el promedio anual del PIB ha sido del 3.04%, un desempeño modesto que explica la pérdida progresiva de peso en el mapa económico regional.
Uno de los factores determinantes detrás de este lento dinamismo es el patrón del gasto interno. Entre el año 2000 y 2022, la Formación Bruta de Capital Fijo (FBKF) —indicador clave para medir la inversión en infraestructura y maquinaria— promedió un 18.2% del PIB en El Salvador, ubicándolo en el penúltimo lugar regional, solo por encima de Guatemala. En contraste, el consumo macroeconómico alcanza un alarmante 101.1% del PIB. Este rasgo hiper consumidor genera dinamismo comercial en el corto plazo, pero sacrifica la capacidad productiva futura al no transformar los recursos en inversión de capital.
Esta baja inversión incide de manera directa en la productividad de la Población Económicamente Activa (PEA). A precios corrientes, la productividad registró un avance de 155.4%, un valor superado por casi toda la región a excepción de Nicaragua. Del mismo modo, en el indicador de crecimiento monetario per cápita (100%), el país compite únicamente con las economías de menor ingreso del istmo.
Remesas y vulnerabilidad externa
El sostenimiento del elevado consumo salvadoreño responde fundamentalmente al flujo constante de divisas desde el exterior. Entre 2000 y 2024, El Salvador acumuló $114,944 millones en remesas familiares, cifra que lo sitúa como el segundo receptor regional, únicamente por detrás de República Dominicana. No obstante, en términos relativos, las remesas representan el 20.9% del PIB salvadoreño, la proporción más alta de toda la región.
El volumen de remesas recibidas ubica al país con una tasa de 9.8%, superado por Honduras (12.9%). Como enfatizó el ponente, un alto volumen de remesas no equivale a un mayor desarrollo económico, sino que evidencia una alta dependencia de los recursos enviados por la diáspora. Esta inyección eleva el Ingreso Nacional Bruto Disponible (YNBD) a un 116.1% del PIB, el nivel más alto de la región, alimentando la capacidad de compra de las familias, pero dejando intactas las fallas del aparato productivo local.
Esta dependencia plantea serios riesgos ante eventuales cambios sociopolíticos en los Estados Unidos, particularmente frente al futuro del Estatus de Protección Temporal (TPS) en un entorno postelectoral.
En el comercio exterior, las exportaciones totales representan el 7.1% de la estructura regional, superando solo a Nicaragua y Belice, y equivalen al 26.5% del PIB. En contraposición, las importaciones totales llegan al 9.8% regional, representando un 46.4% del PIB. Sin embargo, la estructura importadora refleja una baja adquisición de materias primas e insumos industriales, situando la participación relativa salvadoreña únicamente por encima de Costa Rica, Guatemala y República Dominicana.
Al evaluar el consolidado del sector externo sobre ocho indicadores fundamentales, seis muestran una tendencia a la baja y únicamente dos presentan comportamiento al alza.
Sector fiscal y gasto público
El análisis de las finanzas públicas revela distorsiones profundas. Al sumar todos los impuestos, tasas y cargas tributarias, El Salvador registra la presión fiscal más alta de la región. Sin embargo, esta alta recaudación no genera un efecto multiplicador en la economía ni se traduce en servicios públicos de alta calidad. Al evaluar las contribuciones sociales de forma aislada, estas representan un 18.74% del PIB, superando únicamente a República Dominicana y Guatemala, lo que refleja un sistema de protección social insuficiente para la mayoría de los ciudadanos.
El gasto público alcanza el 26.2% del PIB, ocupando el primer lugar entre los países analizados. En términos per cápita, el Estado gasta aproximadamente 795 euros por habitante. Sin embargo, la asignación presupuestaria evidencia prioridades cuestionables en áreas clave:
- Salud: Representa el 4.6% del PIB, ubicando al país en segundo lugar regional, pero la inversión se ha concentrado principalmente en infraestructura física y edificaciones antes que en el abastecimiento de medicamentos y equipamiento médico.
- Defensa: Alcanza el 1.1% del PIB, situándose como el segundo país con mayor gasto militar de la región, únicamente por debajo de Honduras. Esto contrasta con economías como Costa Rica y Panamá, que carecen de ejército permanente y registran los mayores índices de desarrollo humano del istmo.
En cuanto al saldo fiscal, el déficit se ubica en el 2.4% del PIB, situándose por encima de los niveles de Guatemala y Nicaragua, aunque manteniéndose dentro del margen recomendado por debajo del 5% que activaría una intervención directa del Fondo Monetario Internacional. No obstante, la deuda pública total representa el 65.5% del PIB, únicamente por debajo de Belice, país que cuenta con el respaldo financiero del Reino Unido.
En el sector fiscal, de 13 indicadores analizados, 10 presentan una tendencia a la baja y solo 3 se mantienen al alza.
Sector financiero, inflación y bienestar social
Finalmente, el impacto de estas dinámicas macroeconómicas se refleja de forma directa en las condiciones de vida de la población. La pobreza total afecta al 27.9% de los salvadoreños, mientras que la pobreza extrema alcanza al 8.6%, confirmando una deuda pendiente en la erradicación de la vulnerabilidad social. En contraste, el Coeficiente de Gini se sitúa en 0.414, lo que ubica a El Salvador con un nivel de desigualdad de ingresos relativamente menor en comparación con sus vecinos.
Con estos indicadores, el análisis presentado en la Cátedra Permanente expone la urgencia de reorientar la política económica y fiscal del país, transitando de un modelo dependiente del consumo y las remesas hacia uno enfocado en la inversión productiva, el fortalecimiento de la salud pública y la generación de empleo de alto valor agregado.

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