Por Leonel Herrera*
A mediados de septiembre escribí que el Río Lempa está muriendo porque gran parte de su superficie fue cubierta por una planta invasora que asfixia a la vida animal y vegetal que todavía albergan sus aguas. Expliqué que esa “alga maligna”, resultante de la contaminación por residuos orgánicos e industriales, absorbe el oxígeno del agua.
Contaba que el problema inició en el mal llamado “Lago” Suchitlán y se extendió por todo el trayecto ríolempino que toca parte de los departamentos de Chalatenango, Cuscatlán y Cabañas. Alerté que, bajo la mancha verde que exhibían fotos y videos difundidos en redes sociales, estaban muriendo miles de peces y otras especies.
Dos meses después, comunidades de Cuscatlán y Cabañas colindantes con el Río Lempa denuncian mortandades de peces asfixiados y miles buscando desesperadamente oxígeno en las bocanas de ríos tributarios. Esto confirma que la muerte del principal río del país continúa indeteniblemente frente a la desidia del gobierno y la indiferencia de la sociedad, incluidas varias ONGs ambientalistas.
Como he escrito tantas veces, el Río Lempa tiene una importancia vital para el país: provee el 70% del agua potable al Área Metropolitana de San Salvador (AMSS), a través de la Planta Potabilizadora El Torogoz (antes “Las Pavas”). Sus cuatro centrales hidroeléctricas cubren el 33% de la demanda energética nacional; y sus cuencas albergan diversos ecosistemas y especies.
También he mencionado que la existencia de este río es fundamental para la agricultura, la pesca, el turismo y otras actividades de sobrevivencia de la población de 162 distritos que están en sus riberas. El principal río salvadoreño, además, beneficia a 15 municipios de Guatemala y a 22 de Honduras.
Sin embargo, a pesar de esta enorme importancia, el Río Lempa sufre un acelerado proceso de degradación que pone en riesgo el abastecimiento de agua, la generación de electricidad, la producción agropecuaria y demás actividades que se realizan en sus cuencas.
Tal situación se debe a la sobre explotación de sus recursos, al deterioro de sus ríos tributarios, a la degradación de los bosques y humedales, al mal manejo de desechos sólidos en toda su cuenca, a la descarga de aguas negras provenientes de centros urbanos, al manejo inadecuado de desechos industriales y agroindustriales, a la explotación minera en Guatemala y a los efectos del cambio climático. De todo esto resultan plagas de “lechugas malas” que se propagan rápidamente por el caudal ríolempino,
Además, he advertido que a las “algas malignas” y a toda la contaminación actual se suma la terrible amenaza de la reactivación de la minería metálica en las cuencas ríolempinas. La explotación de la franja minera que atraviesa la zona norte del país sería el “tiro de gracia” en esta muerte lenta del Río Lempa: sus cuencas serían destruidas por la tala de bosques y la remoción de millones de toneladas de roca en las montañas.
Sus zonas de recarga hídrica serían extinguidas por el uso intensivo de agua para la separación de los metales y su caudal se convertiría en un charco de desechos con cianuro, drenaje ácido de metales pesados y otros materiales tóxicos mortíferos.
El propósito de insistir en este problema es llamar la atención sobre la urgencia de actuar para detener y revertir la contaminación, porque si no lo hacemos el Río Lempa terminará de morir y el país se quedará sin su principal afluente. Y la intervención urgente que se necesita no tiene que ver sólo con acciones de limpieza del río, sino fundamentalmente con cesar las fuentes de contaminación.
¿De dónde se abastecerá de agua 1.5 millones de capitalinos si se acaba el Río Lempa? ¿Cómo supliremos la tercera parte de la electricidad del país generada por el caudal ríolempino? ¿Qué alternativas económicas tendrían las comunidades que dependen del río para pescar, cultivar y realizar otras actividades económicas? ¿Podría sobrevivir el país sin su afluente más importante?
Ojalá estas preguntas provocaran una reflexión y acción urgente, antes de que sea demasiado tarde.
*Periodista y activista ambiental.
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