Luis Rafael Moreira Flores
@DiarioCoLatino
Esta es la crónica de un festival que desafió el olvido. Durante cuatro días, el municipio de San Miguel Norte se convirtió en un lienzo vivo donde la resistencia mesoamericana y el arte urbano de México y El Salvador se fundieron para rescatar la memoria ancestral.
El despertar de ‘la tierra del tacuazín’
En las tierras altas del norte de San Miguel se encuentra Sesori. Su nombre, en lengua Potón de la cultura Lenca, significa “donde brinca el tacuazín”, convirtiéndose en una afirmación de identidad, que parecía dormida bajo el cemento gris de los edificios.
Sin embargo, del 26 de febrero al 1 de marzo, el silencio habitual de las calles de Sesori fue reemplazado por el sonido de los aerosoles y el movimiento de las brochas. El Primer Festival de Muralismo y Arte Total, edición Sesori, no fue solo un evento estético; sino, una intervención política y espiritual destinada a sacudir los cimientos culturales de un municipio que busca su propia voz en el mapa oriental y del país.
Los guardianes del fuego
Uno de los puntos llamativos de este festival fue la presencia de dos figuras icónicas del arte urbano mejicano: HULE y OMET. Conocidos en el ámbito latinoamericano como grafiteros y activistas de la Ciudad de México, su llegada a Sesori no fue casualidad. Ambos responden a un llamado de resistencia que recorre el continente: el rescate del muralismo como una herramienta de liberación y educación popular.
Para HULE y OMET, el muro no es una superficie decorativa, sino un códice moderno. Su intervención artística giró en torno al “Prometeo Mesoamericano”: el Tlacuatzin (o tacuazín, como se le conoce localmente).

En la mitología ancestral, es este pequeño marsupial quien, con astucia, roba el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres, permitiéndoles así acceder a la luz del conocimiento y el arte. “Nuestras culturas son náhuat; desde México hasta El Salvador somos pueblos hermanos. Tenemos la obligación de redescubrir los orígenes de nuestros pueblos para entender hacia dónde vamos”, declaró HULE, mientras el sol de oriente caía sobre un muro.
El juego de formas entre lo mexicano y lo salvadoreño en sus obras crearon un puente visual donde la iconografía nahua y la lenca se abrazaron, demostrando que las fronteras políticas son invisibles ante la potencia de las raíces.
La gestión contra la corriente
Detrás de los colores hubo una logística de hormiga, liderada por dos gestores culturales que creen en la democratización del arte: Benjamín y Edwin Marinero. Su misión es clara pero ambiciosa: llevar la alta cultura y el arte de vanguardia a los municipios del oriente del país, zonas históricamente marginadas por las políticas culturales centralistas de San Salvador.
La semilla de este festival se plantó en la mente de Benjamín tras un viaje a Perquín, Morazán. Al observar cómo los murales de esa zona contaban la historia de la guerra y la paz, visualizó un potencial similar para Sesori, pero enfocado en la identidad Lenca.
“Cuando me ofrecieron la oportunidad de traer este evento, no dudé un segundo. Fue una labor titánica convencer a la comunidad. Al final, solo cinco personas locales se sumaron para apoyar inicialmente, pero para nosotros, ese es el principio de una revolución cultural”, comenta Benjamín con la satisfacción del deber cumplido.
Por su parte, Edwin Marinero no oculta la frustración que sienten los artistas del interior del país ante la desigualdad de recursos. “Es una lucha constante. En San Salvador, algunos artistas gozan de patrocinios, espacios adecuados y una infraestructura que facilita pintar personalidades. Aquí, en el oriente, tenemos que construir todo desde cero, solicitar apoyos y convencer a la gente de que un mural vale tanto como una carretera. Pero este festival demuestra que, con voluntad, podemos transformar nuestros pueblos”, dijo.
El talento nacional de oriente y San Salvador
El festival no solo fue una vitrina para los visitantes internacionales, sino también un campo creativo para el talento salvadoreño. Artistas de diferentes puntos del país se dieron cita para rendir tributo a la “Reina Lenca”, a la “Nana” e, incluso, a la “Inmaculada Virgen de la Concepción”, figuras maternas y de autoridad en la cosmogonía y sincretismo de la zona.
Un municipio hacia el futuro
El cierre del festival, el primero de marzo, se combinó con el inicio de las fiestas patronales de Sesori. Esto no marcó un final, sino un punto de partida. La meta de este grupo de artistas es seguir promoviendo la cultura en estos pueblos en destinos obligatorios para el turismo artístico con conciencia ancestral y un santuario para los valores culturales que han sido ignorados por décadas.
La “Revolución Artística” que proponen Benjamín, Edwin y los artistas involucrados busca que el joven de Sesori no tenga que viajar a la capital para ver arte mural, sino que crezca rodeado de él, entendiendo que su herencia Lenca es un tesoro de valor incalculable.

Los artistas nacionales que acompañaron llegaron desde distintos puntos. Desde San Miguel, los grafiteros Tiguer y Yopo, quienes aportaron la agresividad técnica del street art mezclada con motivos orgánicos. Desde San Salvador, el grafitero Zury y el muralista RaMor7, cuyos colores aportaron una visión sincrética y moderna. Además de los trazos tradicionales del muralismo.
Asimismo, desde Morazán, se presentó Enrique Hernández, quien conoce de cerca la estética del oriente y ayudó a plasmar la cosmovisión Lenca, una obra que simboliza la identidad del municipio.
Cada obra se convirtió en un espejo para los habitantes de Sesori. Los niños, que antes veían paredes grises o desgastadas, ahora se encuentran con imágenes de tacuazines majestuosos rodeados de patrones geométricos que imitan los tejidos lencas tradicionales.
Al caminar hoy por Sesori, se siente una energía distinta. El fuego del Tlacuache ha sido entregado con éxito. Las paredes ya no solo sostienen techos; ahora sostienen la memoria, la identidad y la esperanza de un pueblo que ha decidido que su historia merece ser contada con los colores más brillantes.
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