(MANIFIESTO CONTRA EL CINISMO POLÍTICO)
Raúl Palacios
La mentira no irrumpe por accidente en la política, no llega como error ni como desliz, entra primero, sin tocar la puerta y sin pedir permiso, porque sabe que el poder, cuando pierde escrúpulos, siempre le tiene una silla reservada. La mentira no es un efecto colateral del poder: es, cada vez más, su método.
En nuestros días, la mentira política no se arrastra ni se esconde, ésta desfila, se presenta perfumada, vestida de verdad recién planchada, con un brillo calculado en la mirada; no grita desde el inicio: habla suave, se desliza hacia el oído colectivo como caricia de serpiente, su eficacia no radica en la fuerza, sino en la seducción. No convence por argumentos, sino por repetición y no persuade por ética, sino por cansancio.
El cinismo es su principal aliado. La mentira cínica no se sonroja, no pide disculpas, no rectifica, ésta aprende rápido que, en política, negar con aplomo suele ser más rentable que reconocer con honestidad. Se alimenta del aplauso fácil, del miedo a la verdad desnuda y de la necesidad humana de creer en algo, incluso cuando ese algo es humo.
Por eso pronuncia palabras grandes con ligereza criminal. Dice “pueblo” como quien dice “propiedad”. Dice “patria” como si fuera una marca registrada. Denuncia robos mientras reparte el botín entre los suyos; promete protección mientras firma decretos que desnudan al ciudadano y visten al tirano. La mentira política no improvisa: actúa. Aspira al Oscar del poder, sonríe frente a las cámaras, llora cuando conviene y grita cuando la ignoran.
El espectáculo no es accesorio: es el escenario natural de la mentira. Allí donde la política se convierte en espectáculo, la verdad estorba y cuando la verdad intenta asomarse, la mentira no huye: se maquilla, se engalana y sale a escena proclamándose única estrella legítima. Se presenta como salvación, como destino inevitable, como voz exclusiva del pueblo al que en realidad desprecia.
Pero toda mentira que se instala en el poder comete el mismo error: creerse eterna, supone que puede manipular sin límite, inventar enemigos, fabricar héroes y reescribir la historia a golpe de decreto, tuit o eslogan pegajoso. Confía en que la memoria es frágil y que la conciencia puede ser anestesiada de forma permanente.
Ahí se equivoca.
La conciencia no se extingue. Puede ser acallada, confundida, incluso momentáneamente sometida, pero no desaparece porque la dignidad no se negocia para siempre. La verdad, aunque tarde, siempre regresa y regresa como búmeran que vuelve con la fuerza del engaño lanzado; regresa como tambor que despierta al pueblo cuando el silencio parecía definitivo. Y cuando la verdad vuelve, la mentira tiembla. Tiembla porque descubre que su reino era de
humo, que su poder era prestado, que su brillo era maquillaje barato, comprendiendo que su voz altisonante no era más que eco hueco en un salón que alguna vez estuvo lleno y ahora está vacío.
La mentira en política puede gobernar, intimidar, seducir y engañar. Puede ganar elecciones, imponer narrativas y comprar conciencias frágiles. Pero no puede sembrar raíces porque las raíces necesitan tierra fértil, y la mentira solo deja ceniza. Donde gobierna la mentira no hay proyecto histórico, solo administración del engaño.
Por eso, cuando la verdad regresa, la mentira se deshace como humo, como disfraz empapado bajo la lluvia. Y el pueblo, ese que fue tratado como público, no como sujeto, despierta. Abre los ojos, respira hondo y reconoce lo que siempre supo, aunque intentaron hacerlo dudar: que la mentira puede ocupar el poder, pero nunca podrá ocupar la conciencia.
La conciencia humana que ama la libertad.
Diario Co Latino 134 años comprometido con usted