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El olvido de un recuerdo

Rafael Lara-Martínez,
Tecnológico de Nuevo México
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Desde Comala siempre…

La verdad es esta inmensa pistola automática. Amenazante yace sobre el camino del diálogo entre hermanos, cuando el país se aparta en senderos enemigos. VA ante el paredón

A los sesentaiocho años llego a este pueblo sin nada que decir. No traigo equipaje, pues me marcho de inmediato. Viajo a Ítaca sin retorno. Sólo acarreo ideas en revuelo, como el viento que azota el lomerío. Liviana, la mochila a colores emblemáticos contiene lo necesario. Ya concluye la jornada. Dentro del bolso lucen el rosario a perlas de mi abuela y una pistola igualmente veterana. Las envuelve una manta tricolor, monótona en estría. Su trinidad diseña el linde de una invención. La raya blanca evoca la espuma marina que nace del Pacífico batiendo a lo lejos. Aquí la refleja la flor de mi labranza. Estos Bellos Celajes siempre divisan el mar al horizonte despejado. A borbollones se diluye hacia un cielo tan terso como mis actos. Así se forma la segunda franja serena. En pleno réquiem, el rojo remata la terna del escudo. La sangre tiñe la baya que enriquece cultivos a la sombra. Les concede un valor moral y valentía. En desconcierto, lo inmaculado vuelca en tornasol. Aquí estoy a su cuidado desde niño. Al borde de este paraíso tupido el fruto calca la estirpe y el crimen. Al crispar el carmín vengo a cumplir un sino. Similar al ocaso, mi partida renombra este sitio de brumas y presagios.

Me mato o me matan. No hay alternativa. Quizás ya estoy muerto, acribillado a ambos costados por decreto. Y esta bala postrera en mi sien no me ofrenda sino el broche de oro. En aria huraña respalda el final del coro en advertencia: “te matás o te matamos”. Por contrato laboral, la pena de muerte no la dicta mi arbitrio. Procede del designio que yo mismo instituí de joven, junto a quienes recibieron mis honores denegados. Sustraídos por asalto y revancha. Recelo el asedio incesante de quienes me vigilan, por organizar campesinos sin demanda burguesa. A uno y otro lado. Colman su justo deseo en mi muerte. El disparo certero dispersa la sangre en regadío fértil hacia los cafetales en flor. Mi recuerdo quedará en el nombre de la justicia bermeja, cuya cereza madura alumbra esta cumbre. Sólo otro medio muerto como yo, quien participa del ostracismo de los suyos, cifrará mi olvido en nopales. El tatuaje transcurre en vapor de pulpa lejana que, a grano dorado, despierta el ánimo cada mañana.
***
Vengo aquí al lugar del origen y desenlace. Donde los fantasmas se esparcen en disimulo. Aquí se asientan varias generaciones, que ahora optan por la diáspora. Dispersas por su propio arbitrio, sólo yo permanezco al cuidado de la herencia familiar. Alquimistas empedernidos, mis ancestros. Al madrecacao lo tornan cafeto. Rebosante de orquídeas. Parásitas ensortijadas bajo la sombra húmeda en alimento. Coloridas de esperanza. La flor blanca en su seno, al madurar mancha su parentela en escarlata. Me rodean aves en revoloteo. Tacuacines al acecho. Uno a uno, mis familiares desisten del legado y de su raigambre. Emigran hacia la ciudad o al extranjero. Unos por simple negocio o trabajo; otras por estudios que los apartan del suelo en retoño. Búsqueda de comodidad urbana o estadía definitiva en lo ajeno. Logran mejores condiciones de vida que aquí en el campo. Adquieren compromisos varios, hasta creer en la defensa del pueblo fuera del pueblo.

La patria es un suelo a la planta del pie. Le pertenece a la suela que a diario la lame y le acaricia la superficie. Recibe sus roces. Sin arrobo, como eso de la lucha popular en la lejanía. Cuando yo he estado aquí siempre. Guardián del tesoro. De la riqueza ancestral que luego reclaman quienes entonan prédicas comunistas. Se embolsan la plusvalía. Las mismas ganancias que defienden mis crímenes. Tal es la injusticia que los vuelve cómplices de mis actos. Nadie renuncia a la infamia en su denuncia. No hay regreso a la inocencia pura, ni al paraíso de la infancia.

A la par de la lucha de clases se despliega la lucha entre iguales. Somos hermanos gemelos en la guerra. En el fratricidio necesario, ya que el “no matarás” siempre lo justifica la justicia. El tiro justo en la frente del deudo enemigo para luego proponer el diálogo. Líneas paralelas transcurren hasta reunirse en ese infinito que sellan el silencio y la muerte. La muerte del pariente que discrepe. Que no piensa igual que yo. El yo excelso de poder, derecho y razón. Sin discusión ni argumento que atosiguen esta país siempre tórrido y candente hacia ambos extremos. Las clases en lucha por el poder sin diferencias. Quienes nos arraigamos en el suelo patrio y quienes ahuyentados solicitan su dote desde el desarraigo. Escriben historias vividas y testimoniales sin andar por este pueblo. Lucha de clases entre mayores y menores. Nosotros, los conserjes de las tumbas y los huidos en su reclamo distante. Calco el consejo de aquel asesor cubano, de la isla a Angola, luego a Miami, aconsejando “el retorno maléfico”. Sin lejanía, sino en la ternura. Con esa amada proximidad de quien le rubrique la muerte.
***
Nosotros no fuimos los únicos pleitistas; los otros obraban en igual desatino. Bien recuerdo la agradable sorpresa de toparme con aquel poeta.
—El azar ocasiona los encuentros y la escritura, me afirmó en brindis de Muñeco.
Años después enjuiciado, a sentencia similar. En anticipo de la mía. Años en el olvido, cual al instante me lo augura la sombra de La Peche Trina. Todos repetían lo mismo. El estribillo de “pequeño-burgués” y el coro hoy acallado.
—A saber quien lo asesinó. No se sabe quién le propició el tiro de la desgracia.
El zopiloteo insensato sobre su cuerpo. Como al instante se relame sobre el mío, arropado de hojas en manto húmedo al sentir viscoso del arraigo. Cadáver sin paradero ni responsable. Pero era fácil averiguarlo, aunque a uno lo acusaran de reaccionario. Como lo soy yo, en defensa de la patria. ¿Quién más? El mero mero del momento. Como quien, del otro lado, hoy me relega y obliga al suicidio. “Te matás o te matamos”.

Lo evoco nítido entre cafetos y naranjales. Su figura fogosa y tierna. De esas reuniones fortuitas. Pasajeras e inolvidables. Sí, ahí donde La Tembeleque, por eso de su meneo sinfín, en el instante cumbre. La que nos enloquece a todos. No, mentira, desvarío ante La Calaca al acecho. Tras de mí, vigilante. Ahí nos encontramos y chupamos juntos. Ahí, en el comedor nocturno de La Quiebracatres firmamos la paz. A tembladera llana.
—Hagamos las paces antes de los cocolasos, me aseguró.
—Si vos te empinás el güaro en las rocas, sos comunista; pero si lo diluyo en Coca, soy reaccionario, le repliqué. ¡Salú!
Chocamos vasos antes de las armas. En gran barullo de los comensales trazamos la diferencia entre partidos y bolos opuestos.
—Estamos repartidos y bien bolos, le insistí. A ver quién gana el premio, el bolo más bolo del mundo.
—Así es, me respondió, somos un partido de bolos. Estamos partidos como país y somos bien bolos. Y por eso a vos y a mí nos tocará rendir cuentas de este descaro. Nadie sabe a quién se lo quiebren antes. Ni vos ni yo lo averiguaremos, sino en ese instante en el que la bala nos perfore la frente. El lugar de la cruz en ceniza. En ese momento entenderemos el adagio del poeta, quien equipara el nacer y el morir al “descenso de los pies divinos al abismo”. La utopía del sueño —continúa— siempre nos arraiga entre la sangre que gotea celajes. A la hora cumbre, la de la bruma. Nuestros cadáveres flotarán “sin rumbo a la aurora”.

Él recibió la condena primero; yo por suerte hasta ahora. Ya no me someto al redil, al actuar en mara bajo la nueva dirigencia. Me vigilan y no hay de otra. Me mato o me matan. La Tarántula y La Chinchilete que me acechan a diario. Noche y día al acoso. El tiro certero de La Cachamblaca me tatúa el ceño. Me vuelve escoria del cafetal en flor. Bebida sagrada de quienes me odian. Por arraigo, abono los cafetos como el poeta los cañaverales. A la luz de ultratumba veremos en quién se dilata la noche.
***
Mientras enrollo el rosario que bendice la pistola, a tropel se acerca el coro de llamadas. Suscitan el arribo del gran crimen que nos redima. Medio recuerdo el acertijo aquel, augurio de mi sino. “La relación política entre los hombres genera un gesto funesto de desorden psíquico que me acerca de la muerte”. Los avisos continúan a diario. Cuchicheos blasfemos. La lechuza arrulla los sueños. La chonta invoca la lluvia. Aves mensajeras y escurridizas. Los espías me aguardan al salir y entrar de casa. Los vigías se hallan en alerta. Algunos me sonríen, mientras empuñan el arma en amenaza. Otros se esconden y, desde el silencio, urden el ataque furtivo. Florece y me arrincona entre los harapos del naufragio. Aquí donde todo ha sido guerra. Hasta el amor, en pelea de los cuerpos al desnudo. Al extinguir el deseo, exhausto languidece en avidez y se sepulta. Ya no surge sino en la distancia y en el desdén. En el altercado o en el olvido. Emerge la leve ausencia de una amargura o, su antónimo, la dilatada presencia de la ponzoña. No hay cura ante el dolor. Sólo la pronta desaparición que se avecina. Promete corear el réquiem de su paz en sepulcro. “¡Ven dicha que edita el responso! Disparo a la frente; disparo a la espalda” El revólver no existe. Las balas son ristra del rosario en herencia familiar. Balas ajenas que, entre “Padre Nuestro” y “Ave María”, desgloso entre los dedos. A la escucha del trueno y el relámpago. De repente detonan. No hay otro rasguño sino el escozor tatuado a la sombra del árbol. La vida en guerra; la vida es guerra. RIP. Atiendo el salmo que, a contrapunto, me declama “te matás o te matamos”. Sólo anhelo la razón del desamor. Llegar a ser ése que ya soy. “El olvido de un recuerdo”.

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