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El olor del chichipince (2)

René Martínez Pineda *

Estoy cansado de estar siempre cansado; estoy triste por ser parte de los tristes más tristes del mundo, cialis sale lo sé porque hoy mis manos confundieron una flor blanca y olorosa con un número insípido y, unhealthy por ello, hospital no supe de su aroma y textura; lo sé porque, mañana, mis ojos diminutos confundirán tu cara floral que tanto amo con el beso postergado del ausente que se muere por volver a su ombligo. En mi reloj de barro que registra, segundo a minuto, las calumnias de los perros sarnosos de la reacción galopante que cometen el delito del fraude material de la historia para reivindicar al victimario; en mi cielo atragantado de lunas taciturnas jamás es hora de almuerzo, porque los dueños del cuarzo se robaron mis minutos y sólo me dejaron los años y los siglos y la sangre derramada en la cuneta de la amnesia colectiva, y ellos –los patrones que hacen de la fe cristiana su sirvienta sin emolumentos ni rosarios eficaces- no saben del tiempo cotidiano de sentarse a la mesa con quienes amamos más allá del cuerpo sin que ellos sospechen que somos cómplices de la tarjeta de crédito, del usurero de la sociología y de la depredación del sueño futuro.

Estoy cansado e indignado; indignado y asqueado; asqueado y hastiado; hastiado e indignado, otra vez… se me nota en las indelebles y putas ojeras de mis dedos que, a más no haber, pasan todo el santo día tronándose de incertidumbre para hacer el milagro teológico de comer sin tener comida, y de apaciguar la sed con la arena que nos atora la respiración con sus manos tricolores y nos asesina el suspiro universitario que, apenas ayer, dejábamos escapar cuando veíamos la silueta serpenteante de la amada furtiva y cuando nos remirábamos, orgullosos y jadeantes, en las caritas perfectas de nuestra inmortalidad más cierta: los hijos.

¿Y entonces qué señor licenciado, máster y doctor emérito de la ignorancia camuflada con títulos sin neuronas ni compromisos sociales sólidos? ¿y entonces qué, señorita o señora sabelotodo que usa palabras que no entiende porque la fritada que carga en la cabeza le hace estorbo a las ideas y le resta espacio para acomodar los libros? ¿Tiramos a la basura, sin pena ni gloria, tantos fraudes cotidianos, robos diluvianos, pérdidas mágicas, manoseos trágicos, calumnias económicas, injurias ideológicas y masacres olvidadas en el mediodía del asfalto y decidimos, por decreto transitorio, que somos felices y democráticos sólo porque hoy, ya en el puesto, nos colocamos el látigo del capataz o porque hemos ganado la capacidad zoológica de rumiar mentiras y tragarnos enterita el hambre o porque, de jodidos que estamos, hemos ganado la habilidad cultural de cosernos el estómago o de vender al hermano para conservar el puestecito o para llegar a él; porque somos capaces de esconder -bajo la cama orinada que conjura los fantasmas de cuando niño- la capucha y la tortura oficial de la recién pasada dictadura militar porque ya estamos “curtidos” de tanto dolor; porque tenemos el cinismo de prometer lo que no podemos cumplir o de exigir las virtudes que no poseemos ni podemos enseñar? ¿Dejamos que los muertos sigan muertos para olvidarnos de sus promesas de utopía y de sus testamentos paupérrimos y de sus compromisos sociales inalienables? ¿Dejamos que los niños sigan muriendo aun antes de ser paridos en el monte, en medio de los maizales anémicos y las hemorragias hídricas profusas y malolientes? ¿Dejamos que los destinos sociales sigan siendo confeccionados por aquellos maquileros que caminan en dos patas sólo porque el instinto es invencible? ¿Acaso no es suficiente agonía ver que el pan caliente y la leche tibia sólo se regocija en la mesa ajena? ¿Acaso no es suficiente dolor ver cómo los hijos son devorados por la desesperanza o por la frontera remota? No más preguntas. ¿Para qué? Porque, si se fijan bien -en este mundo socrático que se ha apoderado de nuestras mentes, y donde los políticos son los que corrigen a los científicos- las preguntas rara vez andan en busca de respuestas; andan, más bien, en busca de alguien que cobije sus prejuicios.

Tengo sueño y frío; la madrugada se empecina en morderme la espalda y poner piedras en mi mirada telescópica. Estoy desnudo, tiritando, jadeando, desnudo y con las manos en plena actividad lúdica… rezando un padrenuestro por el alma de quienes en vida no estuvieron vivos y, por eso, no son de grata recordación para nadie. ¿Estoy cansado? Pero cómo estarlo cuando aún hay tantos pétalos que deshojar para sabernos queridos, aunque sea de mentiras; y hay tantas pequeñas cosas que hacer para dejar escrito, en la memoria de nuestras paredes, el nombre que nos acompañó aun antes de haber nacido, aun antes de haber destrozado el pezón que nos condujo por camino seguro sin importarle el ardor y el dolor. Aún hay miles y miles de minutos dormidos más acá de la almohada, más allá del sueño; hay tanta hambre, y tanta sed, y tanta nada, que no se puede estar cansado del todo.

Ultimadamente –como decía mi abuela, y después aprendió a repetir mi madre- el cansancio se espanta con sólo cambiar la pregunta más importante que la identidad histórica, nuestra identidad, tiene guardada en su matata vital: ya no se trata de averiguar ¿De qué lado estoy? ¿De qué lado estás? Porque esa pregunta, cuando se convierte en una premisa invariable para delimitar fronteras, nos hace vulnerables a las chequeras y a las ínfulas mezquinas de poder o de erudición; y nos hace definir nuestra existencia en función del espacio, y no de nosotros mismos; y hace que nuestros valores o principios dependan no de nosotros, sino de los otros. La pregunta fundamental, a partir de la cual se puede construir nuestra identidad, es: ¿Quién soy? ¿Quién eres? ¿Quiénes somos?

¿Y entonces… qué? ¿Tiramos todo a la basura sólo porque así lo quieres, o porque no sabes qué hacer con una herencia inconsulta, según tú?

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