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“EL HABLA PUEDE ENCAUZARSE, MAS NO DETENERSE”

Eduardo Badía Serra,

Director de la Academia Salvadoreña de la Lengua

Don Alfredo Martínez Moreno, digno y excelente académico, en su precioso discurso “De Academias y académicos”, pronunciado el 19 de octubre de 1976, con motivo del centenario de la fundación de nuestra Academia, enfoca este asunto de la pureza de un idioma. Es importante el cómo Don Alfredo nos ilustra sobre las particulares y diferentes posiciones que la discusión sobre la pureza de una lengua, en este caso particular, el castellano, ha tenido a lo largo de la historia. Y cita nuestro distinguido académico, cosas muy importantes sobre ello.

Dice Don Alfredo en su discurso citado, que, por ejemplo, Don Juan Varela, aquél insigne escritor español de “Pepita Jiménez”, era un férreo defensor de la más alta pureza de nuestra lengua. “La lengua debe conservar su índole propia y castiza, y no desfigurarse con giros exóticos y ridículas novedades. Por el contrario, la Academia aplaude el neologismo en las voces, cuando las voces son de procedencia y formación legítimas, y expresan, en efecto, una idea nueva, un nuevo matiz o una nueva faz de una idea antigua”, decía Valera. Una idea nueva, un nuevo matiz, una nueva faz,…por supuesto que sí, que ello enriquece y da realce a una lengua, pero no repeticiones e inflados sonidos que lo que hacen es desfigurar el sentido de nuestras expresiones. Recordemos que una lengua expresa una cultura, una cosmovisión, el pensamiento de un pueblo, y será muy difícil, si es que no imposible, que términos de otra lengua, provenientes de otra cultura, de otra cosmovisión, de otra forma de pensamiento, puedan introducirse apropiadamente en su sentido original. Ahora estamos luchando contra el mundo de los “dale play”, “está high”, soy “free lance”, “estás cool”, “está proff”, y otras novedades para nada enaltecedoras de nuestro idioma. Un ejemplo lamentable es el extendido uso del llamado lenguaje de género, con sus “ellos y ellas”, “nosotras y nosotros”, y tantas fruslerías penosas.

Cita también Don Alfredo a nuestro Juan J. Cañas como otro denodado defensor de la pureza de la lengua castellana. Decía Juan J. Cañas que la Academia, refiriéndose a las academias de la lengua española,  “es el centinela colocado en la parte más culminante, para dar el ¡quién vive!, en su noble propósito de vigilar la pureza del idioma y de moderar los ímpetus, impaciencias y arrebatos de nuestra querida América, que, en su irreflexiva aunque justa avidez de progreso y libertad, todo lo atropella e intenta someterlo todo a su absoluto y democrático predominio, de lo cual resulta, que la primera y más indefensa de sus víctimas, es el lenguaje castellano…..”.

No son ligeras ni son superficiales estas defensas del idioma, viniendo de quien vienen y expresadas en la forma en que se expresan. Pero tampoco lo son las críticas a estas posiciones de defensa de tal pureza. Esta devoción desmedida por la pureza, va en detrimento a veces del progreso del léxico, opina el Doctor Martínez Moreno. Y vuelve con sus calificadas citas, como por ejemplo, la que hace del académico y filólogo nuestro Pedro Geoffroy Rivas: “Los modernos puristas del idioma, dice este, son, en realidad, personas apegadas todavía al afán medieval de filosofar acerca del habla, de descomponer la oración en partes……”. Se trataba, dice Geoffroy, de “…una pura sofistificación”, y continuaba: “Quienes luchan, inútilmente, por la ‘conservación del idioma’, olvidan que están frente a un fenómeno histórico, cambiante y multiforme, que sólo puede ser conservado cuando ha muerto”.

Un hombre tan especial, un gran filósofo, expresión de la más exquisita cultura, Julián Marías, “el joven Marías”, como le llamaba Ortega, también ha expuesto su posición. Para Marías, pensar que en España no hay otra lengua más que el español, es una idea monstruosa.

“El habla puede encauzarse, más no detenerse”, afirma Don Alfredo Martínez Moreno. Y remata con una expresión dura y concluyente: “Cuando en España, para impedir el auge de los movimientos separatistas, se puso freno a la enseñanza de las lenguas y dialectos regionales…..se cometió algo más que un crimen: un error, pues las lenguas y dialectos continúan floreciendo”. Termina Don Alfredo, y esto es, en mi concepto, fundamental: “Creemos que el esfuerzo laudable de mantener en lo posible la pureza del lenguaje, sin mengua de su progreso y claridad, no debe ser pretexto para aherrojar conciencias y negar el derecho humano tanto de la libertad de expresión como de la libertad de expresarse”.

Discusiones de este tipo de temas, sostenidas con tan grande calidad expresiva, con tan alta y calificada capacidad intelectual, y con tanta sinceridad del espíritu, valen la pena. Estos temas no deben analizarse y enfocarse con posiciones ligeras, en la mayoría de casos infundadas, y no siempre desprovistas de sesgos e intereses. Mantener la lengua bajo constante crítica, no sólo es conveniente sino saludable para las mismas. Mantiene su dinámica histórica, renueva su vigencia cultural, y la afirma en el alma de los pueblos. Pero hay que saber hacerlo, a riesgo de no provocar confusión y desmérito en la misma. La cultura es simplemente producto de la historia, y se expresa en su lengua. Los pueblos piensan, conforman su propia cosmovisión, construyen, digamos, su “circunstancia”, su “código simbólico”, y ello ayuda a evitar ser transculturados, más aún, aculturados, e incluso alienados, negados en su misma autenticidad. Aquellos que responden por nuestra educación, deberían considerar estos elementos, y ser prudentes cuando toman algunas decisiones producto de modas y rarezas que a la larga terminan afectando a nuestras generaciones futuras.

 

 

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