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El gerundio de aprender

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y Editor suplemento Tres mil

 

El escritor seguirá aprendiendo por siempre, es algo así como el gran juego de la vida. No sabes cómo, pero sigues avanzando hasta que mueres. El literato no lo sabe todo e incluso jamás llegará a saberlo. Pero, como bien dice Ezra Pound: “debe ser la persona más culta de su tiempo”.

Escribir no es un oficio de apariencias y estimulaciones absurdas de ego. Si no existe humildad, la marcha se estanca. Sobre todo porque no podemos perder el tiempo haciendo marketing o exhibiendo el rostro, nuestro tiempo lo tenemos que ocupar en escribir y leer. Escribir para producir obras que aporten y entretengan, y leer para aprender a hacerlo mejor cada día.

Yo continuo aprendiendo y reaprendiendo, con esos gerundios. Eso de aprender a desaprender lo aprendido no es juego de palabras, en ocasiones es determinante para mejorar. Solo que ahora no cuento con un maestro que me guíe o instruya como sucedía cuando comencé y mi abuela se comprometió a mostrarme las mieles de la preceptiva literaria.

Los libros y las personas se convirtieron en mis maestros, de igual forma  los autores Mario Vargas Llosa, Mempo Gardinelli, Gayol Fernández, Ernest Hemingway y muchos más, que han aportado mucho en mi formación como literato. Gracias a los libros que han publicado.

Las conversaciones con amigos que escribían y les gusta leer también han sido vitales, uno aprende de todos. E incluso la amistad que sostuve con Ricardo Lindo, Giovani Galeas y Carlos Santos me ayudó infinitamente a tomar rumbo. Aunque con el tiempo dejé de verlos, sin embargo las lecciones quedan como recordatorio que debo mejorar. Las breves platicas que tuve con Benjamín Prado y  la lectura de su libro Siete maneras de decir manzana me aclararon aún más el panorama. Los libros te cambian sin duda. Así como las lecturas que seguí teniendo, porque estoy convencido que como dice el Talmud: “quien no aumenta su conocimiento, lo disminuye”. Así que seguimos en el oficio.

En su momento Álvaro Darío Lara también fue un guía que me enseñó mucho a partir de su experiencia y sus recomendaciones de libros.  Buen número de sus ejemplares me los prestó para que viera que el mundo era más ancho de lo que pensaba. Gracias a él leí a Gerardo Diego y a todos los admirados de Lara que vivieron la Guerra Civil Española.

Y así cada uno de los miembros que han asistido a mi taller me han enseñado algo. Tanto de humanidad, de sus gustos, de sus vidas. Cada uno me ha dejado una huella.

Debo aclarar que no me considero un escritor consumado, creo que debo aprender mucho más y ser mucho más exigente con mi trabajo. En la juventud te enfrentas con un terrible enemigo y aliado: la vanidad. Si dejas que te influya de forma negativa seguro tendrás problemas; pero si dejas que lo haga para que tengas hambre de ser mejor, de crecer, de alcanzar metas, se convertirá en una aliada muy importante.

El escritor puede mostrar su obra, pero no debe olvidar que este se forja en silencio y con esfuerzo en la soledad. Ser escritor es cuestión de desarrollo, de evolución, de trabajo.

Seremos escritores completos hasta que muramos, mientras debemos seguir trabajando, enmendando y aprendiendo.

 

 

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