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El encargo

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y coordinador

Suplemento Tres mil

 

Tony Alexaido estaba feliz. Después de tres meses repasando carreteras desde Colombia hasta México podía al fin ver a su familia. Se podía de memoria todo el verde y asfalto. No extrañaba las calles oscuras y los lamparazos nocturnos de los otros tráileres, menos el paisaje aunque bello, ya lo tenía aburrido. Prefería ve a su anciana morenita que ya le había perdido la memoria y esa foto mental que llevaba era difusa, gracias a Dios llevaba una foto de las de a deveras para no olvidar, suficiente para reconocerla. ¿Y la criatura? Esa sí, era un caso olvidarla a pesar de no haberla visto crecer, y sin embargo amarla, la conocía bien hasta con los ojos cerrados o abiertos. Ahí estaba viendo que el tiempo no es posible sostenerlo en la mano. Cuando se fue de paso en Tijuana estuvieron a punto de frenarle su regreso los uniformados. Le dolió tanto el pecho que no sabía si el dolor era de la camisa o del cuerpo. Lo que sí sabía era que debía pisar duro el acelerador y burlar a los de la DEA. Total para eso había nacido Tony Alexaido, para reírse de la autoridad, y tras mofarse publicarlo en Facebook tomándose una selfie con la mueca llamada sonrisa y con el puño cerrado con el pulgar arriba (un like). Tenía suerte.

Dejó la carga, se sacudió las manos, guardó la plata y de nuevo a la carretera a borrar los pasos y regresarse por donde vino. Así era su vida desde que compró el tráiler y le daba uso para el negocio que le prosperaba.

Apenas cargaba al niño cuando sonaron tres toques en la puerta, como si anunciaran la entrada al templo.

–Ya va –dijo la doña.

–Va –contestaron al otro lado.

Un “va” es suficiente para creer que todo está bien, pero al abrir la puerta… entró el tropel de tatuados, todos con letras y números en la piel como si se tratara de ganado que ha cambiado de dueños. La mujer vio volar la revista en la que revisaba los pies de una de las actrices gringas y que tanto ansiaba para ella. La revista cayó casualmente con la actriz sonriendo y mostrando sus pies desnudos, uno sobre el otro, sonriendo sin sonreír.

–¿Trajiste la plata?

–¿Cuál plata, vos?

–¿Te la querés llevar de chistoso, bato?

El más pequeño le asestó un golpe en el estómago que le hizo inclinar el metro ochenta que cargaba en la columna. La madre apenas intentó meterse al cuarto cuando uno la sentó en el sofá de una patada y le puso de gargantilla (bufanda) un machete que no la dejaba moverse. La vieja rompió a llorar y se le olvidó la revista.

–¿Va, entonces?

Ese segundo “va” ya no era como el primero. Era acusatorio, preámbulo de algo peor.

–¿Y qué quieren, pues?

El más delgado lo vio con ojos de maniquí, perdido y vacío. Y volvió a ver al pequeño que esta vez se sacaba de la bolsa un picahielos. Los ojos de Tony Alexaido se volvieron dos huevos.

–Revisalo primero.

De inmediato lo despojaron del conjunto de domingo, como si le arrancaran las cáscaras a un mango. Y ya pelón tomaron los pantalones y le revisaron las bolsas, a él le pusieron en cuatro patas, le abrieron las nalgas procurando el parto de billetes, pero nada. El Tony Alexaido no cargaba nada más que sudor y costra, además de algún recuerdo.

-Va, dale con el fierro. No quiere cooperar.

Este tercer “va” era el anuncio de ejecución, de una posible redención si había arrepentimiento, porque la muerte ya no era un presagio, sino el resumen del destino.

–¿La sonrisa del payaso primero?

–Tiratelo que ya no suda –dejó ir.

El pequeño contó 66 picahielazos antes de cambiar de puesto y volver a contar hasta que llegó a 82, mientras Tony Alexaido vaciaba la mirada, después de haberla perdido viendo al niño y las llaves del tráiler en el suelo, para terminar con la sonrisa de la artista.

–¡Quedamos, bato!

–Quedamos! –repitió el jefe.

Silencio. La casa igual que al principio, pero con el piso untado de sangre. La vieja ni se movió, parecía ausente. Salieron de la casa como si salían de un bar. Total es lo normal. En ese momento se distinguieron los carros de la DAN. Se les aparecieron de frente, policías y vacíos. Ya no había chance de correr. Los agentes estaban a sus espaldas, apuntando sus pistolas en sus pelonas cabezas tatuadas, en sus guiños de hampones.

–Vaya, después dicen que no sirve de nada seguirles el paso a estos bichos.

Los policías se carcajearon.

–Pobre maje, ese. Lo dejaron como colador.

–A ver cómo les va en el hoyo cuando sepan que la plata era del diputado

–Va –dijo uno.

Tras esa conclusión, volvieron a reír.

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