Del libro “El Mundo de mi Jardín”
por Julio Enrique Ávila
Ahora soy jardinero. En la anochecida- cuando el crepúsculo se deshoja y en las vastas praderas de maizales, los árboles, aislados y sombríos, parecen monjes en penitencia- me encuentro encorvado todavía, auscultando los rosales.
En este mundo diminuto de mi jardín campestre, soy médico y sacerdote. Con amor voy palpando los miembros heridos o marchitos; voy sanando dolencias misteriosas, dolores perfumados.
Hay plantas pálidas, neurasténicas, consumidas por la melancolía. Sus ramas alargadas se han cargado de hojas amarillas, que se doblegan bajo una gota de rocío y tienen la incógnita inquietud de las ojeras. Esas melancólicas matas ojerosas quieren mucho mimo, mucha agua cristalina.
Hay otras que se han cargado de ramas, como malos instintos y no dan nunca flores. Tienen el alma enferma de vanidad y de egoísmo. A éstas, frívolas cortesanas, hay que flagelarlas y traerlas al arrepentimiento por la humillación; las afiladas podaderas han de cercenar la soberbia de sus ramas como si fueran los cabellos de seda de una novicia.
Hay otras que de tanto florecer se van quedando tísicas, extenuadas bajo su peso de rosas como un corazón fracasado bajo el peso de los sueños.
Cuando la brisa sacude sus ramos, increíbles de fragilidad, todas sus flores se deshojan y se sufre la obsesión de un suspiro en agonía… ¡A éstas, madres fecundas, hay que aliviarles sus miembros fatigados con el sostén amable de algún brazo; y hay que alimentarlas…! ¡Son las madres fecundas del jardín…!
Hay otras cuyo cuerpo es lacerado por parásitos terribles y se quedan desmedradas y desnudas. Son los Jobs de los rosales… ¡Para éstas no hay más que compasión…!
Hay otras a quienes una sombra funesta las envuelve, como una jettatura, y les roba la savia de la tierra y el sol y la lluvia. Estas son pordioseras de lo suyo… ¡Hay mendigos también entre las rosas…!
Y hay otras… y otras… como en la humana vida,,,
Nosotros que somos los tiranos, que robamos sus tesoros para ornar nuestros festines y sus perfumes para exultar nuestros sentidos, no queremos saber de esos dolores, ciegos siempre, eternamente ciegos…
Ahora que soy jardinero, he ahondado la misión del poeta. ¡La misión del poeta es ésa: ser jardinero!
¡Quién pudiera ser jardinero de la humanidad!
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