Editorial
El Estatus de Protección Temporal para El Salvador (TPS, por sus siglas en inglés) en Estados Unidos concluirá el próximo 9 de septiembre. Hasta ahora, el gobierno de Nayib Bukele ha guardado absoluto silencio sobre el tema.
El silencio del gobierno tiene dos lecturas. La más optimista es que Estados Unidos podría prorrogar por seis meses, a lo sumo, como una penalidad por no haberse anunciado su terminación 60 días antes de la fecha. Es decir, de acuerdo con las leyes estadounidenses, la terminación de un programa como el TPS debe anunciarse 60 días antes de su finalización. El TPS de los salvadoreños culmina el 9 de septiembre, por lo tanto, su no prórroga debió anunciar oficialmente el gobierno de Donald Trump el 9 de julio, y no lo hizo.
Si esto ocurriera, Bukele lo aprovecharía para su campaña electoral, como si se tratara de un logro suyo.
El otro escenario es que Bukele ya sabe que el programa no será continuado, y dado que se está en campaña electoral no tratará el tema, incluso, con los cientos de “tepesianos” encima por las deportaciones.
Existe un tercer escenario, que no tiene que ver con Bukele directamente, y es que ocurra un milagro y Estados Unidos anuncie que se prorroga el programa. Esto es más un acto de fe que gestiones políticas, dice el antropólogo Marvin Aguilar. El antropólogo es de la opinión que Bukele bien pudo haber aprovechado su popularidad e influencia política para hacer lobby en el Congreso de Estados Unidos, ante las dos fuerzas políticas, Demócratas y Conservadores, para buscar una salida definitiva a los cerca de 200 mil salvadoreños que se encuentran desde hace casi treinta años en Estados Unidos.
Bukele nunca iba a hacer esas acciones. En primer lugar, porque cuando gobernó el partido Demócrata se peleó con ellos y hasta levantó la bandera de la soberanía. Incluso, se metió en los asuntos internos de aquel país cuando llamó a los latinos, y salvadoreños, en particular, a no votar por la congresista Norma Torres, que por cierto ganó y fue un revés para Bukele.
En segundo lugar, porque Bukele ha vendido al mundo que es un país seguro y próspero, y que los índices macro y microeconómicos no son igual al de los países desarrollados, dice que El Salvador ya es un país de primer mundo.
O sea, si Bukele hubiera hecho lobby o gestiones políticas, el congreso de Estados Unidos habría buscado una salida definitiva a los beneficiarios del TPS. Sobre el TPS, obviamente, lo que impera es la incertidumbre, y el trabajo que unas 300 organizaciones pro migrantes puedan hacer por los compatriotas en diferentes instancias de Estados Unidos, incluyendo el congreso y el sistema judicial. Este último es más difícil por las resoluciones de la Corte Suprema que favorecen a Trump.
El otro tema es el de la Agricultura, al que el gobierno no le ha prestado atención, a pesar de lo estratégico que es para cualquier país del mundo que quiere salir de la pobreza, que comienza con el combate a la hambruna, y una vez superada, con el excedente se inicia la comercialización, y se va reactivando la economía.
A decir del antropólogo Aguilar, Bukele debió haber aprovechado las donaciones de República Popular China para reactivar o tecnificar el tejido productivo, el agrícola fundamentalmente. En vez de pedirle un estadio y el CIFCO a los chinos, Bukele debió haber pedido ayuda para reactivar la agricultura.
De acuerdo con Luis Treminio, de CAMPOS, El Salvador necesita alrededor de 2.4 millones de quintales de frijol, pero la producción del año pasado fue de 2.05 millones de quintales, por lo que hay déficit de 375 mil quintales, por poner un ejemplo de los granos básicos. A este déficit hay que agregarle los efectos del Niño en el presente año. Al parecer, la cosecha postrera será altamente deficitaria.
El impacto del Niño pudo menguarse usando los sistemas de riego, pero en El Salvador solo hay tres, y uno no funciona porque está dañado desde hace varios años, dice Treminio.
Bukele pudo haber pedido ayuda a la República de China para esos sistemas de riego, en vez de construir un estadio con mano de obra y china, y el CIFCO.
Bukele prefiere obras para la vista y no para comer, dice acertadamente Marvin Aguilar.
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