Página de inicio » Editorial » El salvador tiene un gobierno aporofóbico 

El salvador tiene un gobierno aporofóbico 

Editorial

 De acuerdo con la Real Academia de la Lengua, el término aporofobia significa “rechazo a las personas pobres o desfavorecidas”, y esto es lo que se ha demostrado desde inicios de 2022, cuando fueron retirados de forma obligatoria los vendedores de las calles como la Darío y Arce, avenida España y Cuscatlán, entre otras.

El gobierno de Nayib Bukele, tanto por la alcaldía como por la Autoridad de Planificación del Centro Histórico (APLAN), bajo el argumento de la revitalización del del Centro Histórico, ordenó el desalojo de vendedores por cuenta propia, supuestamente de forma “voluntaria”. Sin embargo, en las reuniones con los pocos comerciantes convocados en secreto, pues no había presencia de la prensa, y a los vendedores les quitaban los celulares, los amenazaban con que, “si en el plazo que las autoridades les daban para desalojar los espacios públicos, calles y aceras no lo hacían, les aplicarían el Régimen de Excepción”.

Desde entonces, el régimen le ha servido a este gobierno para amedrentar a cualquier persona o grupo de personas. Basta que les digan o hacen esto o “el régimen”. Por eso es por lo que los desalojos, se hicieron sin mayor protesta de los vendedores, a pesar del gran golpe que les ocasionan a su economía familiar, economías de subsistencia.

Aunque la cifra no es oficial, se calcula que los vendedores ambulantes en todo el perímetro del centro histórico rondan en 20,000- veinte mil vendedores cuyo único delito es ser pobre, y que sus estructuras o champas, canastos, carretas o carretillas para la venta, contrasta, negativamente, con el toque estético que el Bukelismo le está dando al Centro de San Salvador, de ahí su persecución.

Por eso afirmamos que Nayib Bukele y todo su gobierno, incluidas sus alcaldías, son aporofóbicos.

El hecho más reciente ocurrió la semana pasada, cuando el 19 de agosto, la Alcaldía capitalina, ahora llamada San Salvador Centro, dio un ultimátum de 72 horas para que los comerciantes de los alrededores del Mercado Central desalojaran. Muchos, el mismo sábado, al cumplirse el plazo, desmontaron sus estructuras, mientras otros, solo esperan el milagro o la astucia de robarle al menos unas horas más y alargar las 72 horas oficiales.

En el aviso, de forma cínica, la Alcaldía dice “En cumplimiento de los acuerdos alcanzados, y con el objetivo de dar continuidad al proyecto de revitalización, notificamos que, a partir de la fecha del presente comunicado, se concede un plazo de 72 horas para el retiro voluntario de estructuras y mercancías que ocupan el espacio público en la zona del proyecto”.

La zona del proyecto se refiere a un perímetro comprendido entre la Calle Cementerio, la 7.ª Avenida Sur, la 9.ª Avenida Sur, el Pasaje Acosta, la 11.ª Avenida Sur, la 13.ª Avenida Sur, la 12.ª Calle Poniente y la avenida 29 de Agosto.

El aviso agrega: “Agradecemos su participación y disposición para colaborar en este proceso basado en una comunicación abierta y transparente. Tras haber sostenido múltiples asambleas con los comerciantes”.

Según las autoridades, es decir, la Alcaldía de San Salvador Centro y la Autoridad de Planificación del Centro Histórico (APLAN) la medida forma parte del plan de ordenamiento y revitalización del Centro Histórico de San Salvador, que contempla intervenciones en aproximadamente 80 manzanas.

La revitalización del Centro Histórico no debería ser sinónimo de desalojos, sino de ordenar, es decir, y no sacrificar salvadoreños pobres que se ganan el pan de cada día de forma honrada y sacrificada. Y es que estar de sol a sol en las calles o en las aceras, en espera de vender sus productos, es sacrificado.

Al gobierno, por supuesto, no le importan los pobres, al fin y al cabo, existe un 12% de la población con capacidad de no solo hacer turismo en el Centro Histórico de San Salvador, sino de consumir en los nuevos comercios instalados, con precios de restaurantes de primer mundo.

El antropólogo Marvin Aguilar sostiene que solo una minoría de la población (estimada tradicionalmente alrededor del 12%) tiene los ingresos suficientes para mantener un estilo de vida de alto consumo, lujos o acceso a bienes y servicios que están fuera del alcance de la mayoría

A Bukele solo le interesa que se venda café a cinco dólares la tasa para los turistas y que desaparezca el “café de a cora”, el que consumen los pobres, el pueblo.

Ver también

¡Por humanismo, sr. Bukele!

Compartir        Editorial A menos de tres semanas para que concluya el programa del Estatus de Protección …