Por: Luis Rafael Moreira Flores
Durante siglos, la identidad centroamericana pretendió forjarse bajo el sesgo de una homogeneidad mestiza que, borró deliberadamente los matices de sus verdaderos orígenes. En El Salvador, un territorio donde las costumbres y manifestaciones culturales brotan tan diversas como las tonalidades de la piel de su gente, la huella de la matriz africana sufrió un prolongado silencio institucional. No obstante, el rescate de la memoria histórica no surge por decreto del poder; nace del impulso vivo de la sociedad civil, de la academia y del clamor popular que comprende que la emancipación jamás estará completa mientras persista el olvido.
La reconstrucción consciente de esta historia dio pasos fundamentales a partir de 2009, cuando diversas instituciones comenzaron a estudiar formalmente la presencia histórica afro en el país. Este impulso cobró fuerza en 2011, en el marco del Año Iberoamericano de los Afrodescendientes, espacio donde las ponencias académicas convergieron para dar origen al Comité de Afrodescendientes de El Salvador (AFROES). La misión primordial fue clara: posicionar a la tercera raíz en el lugar de dignidad que le corresponde dentro de la narrativa cultural salvadoreña. Lo que comenzó como un sueño de coordinación entre un reducido grupo de personas dispuestas a repensar la colectividad, evolucionó hacia la propuesta de un consejo unificador capaz de proyectar la herencia africana a lo largo y ancho del territorio.
Un hito imborrable de esta gesta comunitaria aconteció el 30 de agosto de 2014, con la inauguración del 1er Día de la Afrodescendencia Salvadoreña en el parque José Simeón Cañas de Zacatecoluca. En aquella jornada emblemática, se remarcó el valor patrimonial del monumento y la trascendencia histórica de Cañas en la abolición de la esclavitud en Centroamérica. Voces fundamentales de diversos sectores expusieron el afán de articularse con los movimientos afrocentroamericanos y visibilizar el rol protagónico de las juventudes y las mujeres a partir de las experiencias compartidas en los encuentros internacionales. El homenaje cobró vida simbólica mediante la ofrenda de flores y fuego depositada ante la estatua del hombre negro, acto sucedido por el posterior Foro sobre la Historia de la Afrodescendencia en la Casa de la Cultura local.
“La decisión de conmemorar el Día Popular de la Afrodescendencia Salvadoreña cada último sábado de agosto encierra una profunda carga política e histórica. Al situar esta celebración justo en las vísperas de las festividades de la independencia patria, el movimiento ciudadano dejó al descubierto una consigna irrefutable: no existe verdadera independencia sin el reconocimiento explícito de todas las raíces que nos conforman. Honrar la resistencia afrodescendiente antes de alzar la bandera nacional implica romper las cadenas invisibles de la desmemoria y proclamar que la libertad plena solo es alcanzable cuando se asume la diversidad originaria”
Esta búsqueda local dialoga de manera natural con los grandes hitos de la reivindicación racial en el plano internacional. En agosto de 1920, la Primera Convención Internacional de los Pueblos Negros del Mundo, liderada por Marcus Garvey en Nueva York, dio origen a la Declaración de los Derechos de los Pueblos Negros del Mundo. Su artículo 53 proclamaba el 31 de agosto como una jornada internacional para celebrar la identidad afro, una causa que tardó décadas en ser asumida por los organismos globales pero que recuperó una vigencia impostergable. La posterior proclamación del Día Internacional de los Afrodescendientes, impulsada en el marco del Decenio Internacional de los Afrodescendientes y bajo el liderazgo de figuras como la vicepresidenta costarricense Epsy Campbell, respondió a la urgencia global por hacer justicia a las luchas y resistencias de millones de personas en una época sacudida por el clamor de movimientos como Black Lives Matter.
Existe una perfecta sincronía temporal y conceptual entre la iniciativa salvadoreña y el concierto internacional. El florecimiento de la autodeterminación afrodescendiente en El Salvador en 2014 antecedió por apenas un año al inicio del Decenio Internacional proclama por la ONU. AFROES, al concebirse como un consejo articulador y descentralizado, comprendió que la visibilización de esta identidad no podía quedarse en el debate teórico, sino que debía permeabilizar las agendas populares más urgentes: las luchas sindicales, la defensa ambiental, el trabajo territorial, la equidad de género y la alianza fraterna con los pueblos originarios.
A través de alianzas estratégicas con organizaciones populares, AFROES ha logrado que la dimensión afrodescendiente se inserte en las banderas sociales del país. Esta articulación respalda causas estructurales como la ratificación del Convenio 169 de la OIT y el Acuerdo de Escazú, demostrando que la identidad no es un concepto estático del pasado, sino una herramienta de transformación para el presente.
Al cierre del mes de agosto, la coincidencia entre el Día Popular en El Salvador y el Día Internacional de los Afrodescendientes nos recuerda que la memoria histórica es un mapa en permanente construcción. La raíz genética y cultural de la afrodescendencia ya no pertenece a la penumbra de la historia oficial. Gracias al empuje incansable de la juventud, de las bases comunitarias y de la sociedad civil organizada, las cadenas del olvido se han roto definitivamente para dar paso a una nación verdaderamente plurimulticultural, consciente y orgullosa de su legado insustituible. Saludamos a las organizaciones que hasta esta fecha siguen conmemorando el Día Popular de la Afrodescendencia Salvadoreña y trabajando día a día por la visibilización de nuestra historia y herencia africana.
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