Por: Luis Rafael Moreira Flores
En el marco de la Cátedra Permanente de Estudios de la Realidad Nacional e Internacional, la reflexión analítica sobre la coyuntura política y social de El Salvador cobra una vigencia urgente. Bajo la perspectiva de Óscar Marroquín —cuya trayectoria y firme compromiso con el pensamiento crítico han marcado el ejercicio periodístico y de opinión en medios como el Diario Co Latino—, el análisis de las «Actuales relaciones de poder» exige desarmar los discursos oficiales para examinar las fuerzas reales que mueven las estructuras del país.
Para comprender el escenario contemporáneo no basta con observar el ejercicio formal del gobierno o los discursos de turno. Es necesario partir de un principio teórico y dialéctico fundamental: el poder no es una propiedad individual ni una sustancia estática; es una relación social dinámica. Como lo plantearan pensadores de la sociología política como Max Weber, el poder se define por la probabilidad de imponer la propia voluntad dentro de una relación social, incluso frente a la resistencia; mientras que sociólogos como Amitai Etzioni remarcan esa capacidad de vencer la oposición para generar transformaciones. Desde la visión expuesta en la Cátedra por Marroquín, esta máxima se sintetiza en una ley sociológica ineludible: donde hay poder, hay resistencia. No existe una relación de dominación entre un actor y un actor sin que el sujeto sometido genere una respuesta o tensión.
Los poderes fácticos y su carácter sistemático
Uno de los aportes centrales en la lectura de la realidad nacional radica en diferenciar la legitimidad formal de los llamados poderes fácticos. Un poder fáctico es aquel grupo o sector de interés que ostenta e impone una enorme influencia económica, política o social en la toma de decisiones del país, pero actuando al margen de las instituciones democráticas y sin haber sido electo mediante el voto popular. Entre estos actores encontramos a las cúpulas empresariales, la banca, la prensa hegemónica, la jerarquía eclesiástica y las cúpulas sindicales.
Dentro del contexto salvadoreño, la Asociación Nacional de la Empresa Privada (ANEP) —fundada en 1966— constituye el ejemplo clásico de un poder fáctico de tipo sistemático. Su influencia no ha sido fortuita ni coyuntural, sino una acción coordinada, estructurada y continua para salvaguardar los intereses del gran capital. La razón de la persistencia de estos grupos radica en la defensa de sus privilegios económicos y de su cuota histórica de mando. Frente a ello, las clases trabajadoras y populares se enfrentan a la premisa marxista tradicional: no tienen más que sus cadenas que perder, lo que motiva la vigencia de las organizaciones de base, los sindicatos y los movimientos sociales que históricamente han buscado disputar el espacio público.
La metamorfosis del poder
El análisis impulsado en la Cátedra invita a revisar cómo la reconfiguración económica e institucional refleja la evolución de estas relaciones de dominación. La transición de la moneda nacional, el Colón salvadoreño, hacia la adopción del dólar como divisa de curso legal, no fue un mero cambio financiero, sino una decisión política que reajustó la subordinación del país a las dinámicas del mercado global y a los intereses de la elite financiera. De igual forma, el tránsito histórico desde las dictaduras militares del siglo XX hacia los regímenes de gobierno del siglo XXI ilustra la manera en que los grupos dominantes cambian de forma para preservar el fondo del control social.
En la actualidad, el concepto de legitimidad —definido como el principio o justificación mediante la cual un régimen sustenta su «derecho a mandar»— pretende sostenerse mediante eventos electorales e intensas campañas de imagen. Sin embargo, como lo subraya la visión crítica de Óscar Marroquín, detrás de las narrativas de entendimiento entre el Ejecutivo y los sectores empresariales o académicos, las decisiones sustantivas del Estado siguen estando condicionadas por las presiones de los poderes fácticos y por la concentración vertical del mando.
La educación pública en la encrucijada
En el mapa de las tensiones sociales, el ámbito educativo representa un espacio estratégico de disputa ideológica. La educación pública en El Salvador, lejos de ser un aparato dócil, ha sido cuna de la conciencia social. La Universidad de El Salvador (UES), la emblemática «Minerva», representa la reserva moral y académica del pensamiento crítico, habiendo resistido históricamente a intervenciones, asfixia presupuestaria y persecución política.
Resulta profundamente revelador señalar cómo, del seno y de las tensiones dentro de la propia educación pública, surgieron profesionales e iniciativas que impulsaron la creación de la red de universidades privadas en el país. Hoy, la contradicción del sistema se manifiesta con fuerza: mientras el sector educativo privado se beneficia de becas y alianzas gubernamentales, la UES lucha por mantener su presupuesto, su autonomía y su función social al servicio de las mayorías. La UES encarna así la resistencia viva frente a un modelo que busca debilitar lo público.
Memoria histórica colectiva y la lucha de los TePeSianos
La resistencia que se analiza desde la Cátedra no se circunscribe únicamente al territorio geográfico nacional. En las columnas de análisis publicadas en el Diario Co Latino, Óscar Marroquín ha enfatizado la lucha continuada de los TePeSianos —salvadoreños amparados al Estatus de Protección Temporal en Estados Unidos—. La movilización organizada de los TePeSianos demuestra cómo la diáspora construye mecanismos de presión y resistencia transnacional para incidir en las políticas migratorias de ambas naciones.
Todas estas expresiones de lucha se alimentan de la memoria histórica colectiva. Esta memoria no es un concepto fosilizado en libros de historia; es una vivencia que se traslada y transmite oral y comunitariamente desde la experiencia directa de quienes han participado en las acciones territoriales, sindicales y populares.
De cara a los escenarios políticos e institucionales que se proyectan hacia el año 2027, la Cátedra Permanente de Estudios de la Realidad Nacional e Internacional deja una conclusión clara: mientras los poderes fácticos sigan operando sistemáticamente para mantener su hegemonía, la memoria colectiva y la organización social serán las herramientas imprescindibles para sostener que el poder no es absoluto y que la resistencia popular sigue siendo el motor de la historia.
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